Posted in

Pedro Infante no podía cantar como antes — lo que hizo esa noche de junio lo convirtió en leyenda

 Nadie sabía que Pedro Infante había aceptado cantar esta noche solo porque el director de la estación le había suplicado durante una hora por teléfono. Nadie sabía que Pedro había pasado las últimas tres semanas en su casa sin poder dormir más de dos horas seguidas, porque cada vez que cerraba los ojos veía el panel del avión desintegrándose  y sentía el olor a combustible quemado.

 Pedro llevaba traje oscuro, sencillo y camisa blanca, sin el traje de charro que solía usar, sin decoraciones. Caminó despacio hacia el camerino improvisado que era en realidad una pequeña oficina al lado del estudio. Cada paso le recordaba que su cuerpo todavía no estaba completamente recuperado, los músculos del cuello le dolían. Allí habían tenido que operar.

Allí colocaron la placa de metal en su cráneo. Los médicos le habían dicho que tal vez nunca volvería a cantar como antes, que el trauma del impacto podría haber dañado algo en su garganta o este tal vez en su capacidad para controlar la respiración. Habían usado palabras técnicas que Pedro no entendía completamente,  pero el significado esencial era claro.

 Tal vez tu carrera terminó en ese campo donde el avión se estrelló. En el camerino había un espejo manchado y una silla desvencijada. Pedro se sentó y miró su reflejo. La cicatriz en su 100 todavía estaba roja y hinchada. El cabello no crecía bien donde habían cortado para la cirugía. Se veía mayor que sus 31 años.

Cansado, roto, se tocó la cicatriz con los dedos, sintió el metal debajo de la piel, una placa permanente que le recordaría cada día que había estado a segundos de morir, que seis personas habían muerto en accidentes similares ese mismo año, que la línea entre estar vivo y estar muerto era tan delgada como una hoja de papel.

 Alguien tocó la puerta del camerino. Era don Clemente Aguirre, el director musical de la estación. Un hombre mayor de 60 años con bigote blanco y expresión perpetuamente  preocupada, entró sin esperar respuesta y cerró la puerta detrás de él. Pedro, hijo, ¿cómo te sientes?, preguntó  con voz cargada de genuina preocupación.

 Don Clemente había sido quien llamó todos los días durante la recuperación de Pedro. ylamaba para preguntar cómo  estaba, nunca presionando para que volviera al trabajo, solo asegurándose de que siguiera vivo. Pedro intentó sonreír, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. No lo sé, don Clemente, honestamente, no sé si puedo hacer esto.

 Su voz sonaba extraña, incluso para él mismo, más grave, más áspera, como si las cuerdas vocales hubieran envejecido 20 años en tres semanas. Don Clemente se acercó y puso su mano en el hombro de Pedro. Nadie te está pidiendo que cantes como si nada hubiera pasado. La gente que está ahí afuera vino a verte porque te quieren, porque están agradecidos de que sigas vivo.

 Si tu voz es diferente, no importa. Lo que importa es que estás aquí. Pedro asintió sin convicción. Había pasado toda su vida adulta siendo Pedro Infante, el cantante, el actor, el ídolo, la persona que hacía que las mujeres lloraran con sus boleros y que los hombres quisieran ser su amigo, pero ahora no sabía quién era.

 El accidente había quebrado algo dentro de él que no era físico, una confianza que siempre había dado por sentada, la certeza de que podía hacer cualquier cosa que se propusiera. La certeza había muerto en el avión junto con la versión antigua de sí mismo. Don Clemente salió del camerino y Pedro se quedó solo nuevamente.

 Podía escuchar el murmullo de la audiencia del otro lado de la pared. Risas ocasionales, el llanto de un bebé, el sonido de sillas arrastrándose. vida normal,  gente normal viviendo sus vidas normales, sin saber que la persona que estaba a punto de escuchar no se sentía capaz de cumplir con las expectativas. Pedro respiró profundo, intentando controlar el pánico que crecía en su pecho.

 Recordó las palabras de su madre cuando era niño en Guamuchil. Cuando tienes miedo, mi hijo, lo que haces es seguir adelante de todas formas. El miedo no desaparece, pero tú puedes ser más grande que  él. se puso de pie con las piernas temblando ligeramente, caminó hacia la puerta, la abrió. El pasillo que llevaba al estudio estaba oscuro, excepto por una luz.

 Al final, Pedro caminó hacia esa luz como si caminara hacia su propio juicio. Cuando llegó al borde del escenario, vio que todas las sillas estaban ocupadas, 80 personas esperándolo.  En la última fila, a una mujer mayor lloraba calladamente. En la tercera fila, a un hombre con overall manchado de grasa mecánica miraba hacia el escenario con expresión de anticipación casi reverente.

 niños sentados en el regazo de sus padres, todos esperando, todos confiando en que Pedro Infante les daría lo que siempre les había dado belleza en forma de música. Pedro subió el escenario despacio, sus manos temblaban, tomó el micrófono y sintió el metal frío contra su palma. El técnico de sonido levantó el pulgar indicando que estaban listos para transmitir en toda la República Mexicana.

 Miles de personas estaban junto a sus radios esperando escuchar la voz que había estado ausente durante tres semanas. Pedro abrió la boca para hablar, pero no salió  ningún sonido. Su garganta se cerró. El pánico explotó en su pecho como fuego. No podía respirar, no podía pensar, solo podía sentir el terror absoluto de estar frente a toda esta gente y no poder darles lo que necesitaban.

 El silencio se extendió por segundos que se sintieron como horas. La audiencia comenzó a murmurar inquieta. Don Clemente estaba en el lado del escenario con expresión preocupada, preguntándose si había sido un error traer a Pedro de vuelta tan pronto. Y  entonces Pedro vio algo que lo cambió todo. En el rincón más lejano del estudio, cerca de la puerta de salida, había una mujer de unos 40 años con vestido raído y reboso desgastado. Estaba sentada.

  Estaba de pie porque no había más sillas. Su rostro estaba marcado por años de trabajo duro y preocupación. Sostenía un pedazo de papel arrugado en sus manos y tenía lágrimas corriendo por sus mejillas. No lágrimas de emoción por ver a Pedro infante, lágrimas de desesperación real. Pedro la miró directamente y algo dentro de él se calmó.

 recordó porque había comenzado a cantar en primer lugar, no por la fama, no por el dinero, porque la música tenía poder para tocar corazones, para hacer que la gente que sufría se sintiera menos sola. Esta mujer necesitaba algo y Pedro decidió en ese momento que haría lo que pudiera por ayudar, incluso si su voz estaba rota, incluso si nunca volvía a cantar como antes, tenía que intentarlo porque para eso había sobrevivido al accidente.

Read More