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Pedro Infante Fue al Funeral de Jorge Negrete pero Lo Que Hizo Tres Días Después Nadie Lo Vio

 Quienes estuvieron ahí esa mañana recuerdan que Pedro tenía el rostro de los hombres que han decidido no mostrar lo que sienten, porque si lo muestran algo se rompe dentro de ellos que ya no van a poder recomponer. La mandíbula apretada, los ojos que miraban un punto fijo en el aire, las manos quietas a los lados con esa quietud que no es tranquilidad, sino contención.

 Conocía ese rostro desde hacía años. Lo había visto en el espejo la mañana que supo que Blanca Estela Pavón había muerto en otro avionazo 4 años atrás. Era el mismo gesto, la misma manera de pararse frente al dolor cuando el dolor es demasiado grande para moverse con normalidad alrededor de él. Pero lo que Pedro no sabía todavía, lo que no iba a entender hasta tres días después, era que ese día no iba a poder despedirse de Jorge.

 No de verdad, no de la manera que importaba. El velorio en la anda fue de esos que se salen de control antes de que nadie pueda hacer nada para evitarlo. Miles de personas empujando hacia el féretro desde las primeras horas de la mañana. El olor a flores era tan denso que mareaba. mujeres que se desmayaban y tenían que ser sacadas en brazos, mientras otras ocupaban su lugar inmediatamente, como si el espacio junto a Jorge Negrete fuera algo por lo que valía la pena empujar y caer.

 Hombres que lloraban sin pudor en medio de la calle, cosa que en el México de aquellos años no era común, cosa que hablaba de la dimensión exacta de lo que se había perdido. Los granaderos hacían lo que podían para mantener algún orden, pero el orden era una idea abstracta esa mañana. Pedro cargó el ataúd junto a otros hombres que querían a Jorge y lo hizo con esa fuerza suya que no era la fuerza del que presume, sino la del que aguanta.

 Sus manos sobre la madera oscura, sus pasos lentos y seguros por el pasillo entre la multitud que se apretujaba en los lados y que al verlo habría un pasillo instintivo, porque incluso en el dolor más descontrolado, la gente reconocía a Pedro Infante y algo en ellos cambiaba cuando lo tenían cerca.

 Y luego vinieron las calles. El trayecto desde el centro hasta el panteón jardín fue una procesión que no tenía precedentes.  300,000 personas, dijeron los periódicos al día siguiente. 300,000  personas siguiendo una carroza por las calles de una ciudad que aún no terminaba de creer lo que estaba pasando.

 El sonido era un murmullo continuo y enorme, como el sonido del mar, pero más triste, interrumpido por momentos de llanto que subían y bajaban como olas. Pedro iba cerca del féretro, pero cerca era un concepto relativo esa mañana.  La multitud empujaba y se cerraba y se abría y volvía empujarse. Y en algún momento del trayecto, Pedro se encontró rodeado de gente que no conocía, cuerpos que no eran los suyos.

  El calor de diciembre mezclado con el calor de 300,000 personas que también amaban a Jorge Negrete y que también necesitaban estar cerca aunque no supieran bien qué hacer con esa necesidad. En el panteón jardín fue peor. La muchedumbre arrasó con las flores de las otras tumbas sin darse cuenta, empujada por la fuerza de su propio dolor, casi 200 personas resultaron lesionadas.

El sacerdote que arrojó agua bendita sobre el ataúd tuvo que hacerlo con rapidez porque la presión humana no daba tiempo para la liturgia. Pedro estuvo ahí,  estuvo en ese lugar en ese momento, pero Jorge Negrete fue bajado a la tierra entre el caos y el ruido y el llanto colectivo de un país entero.

 Y Pedro  no pudo quedarse quieto junto a la tumba ni un minuto. La gente no lo permitía. El mundo no lo permitía. Alguien siempre necesitaba algo de él. Alguien siempre lo jalaba hacia otro lado. Y la tumba de Jorge quedaba atrás entre la multitud. Y Pedro se alejaba de ella sin haber podido hacer lo que había ido a hacer.

 Esa tarde Pedro regresó a su casa. No habló con nadie esa noche. Los que lo conocían bien sabían que había momentos en que Pedro necesitaba el silencio de la misma manera en que otros necesitan el aire. Con urgencia, con algo parecido al pánico, si no lo encontraban. Esta era una de esas noches. Dejó el sombrero en la entrada. se sentó en algún lugar de la casa que no era la sala ni el comedor, sino ese sitio intermedio donde uno se queda cuando no sabe qué hacer con el propio cuerpo.

 Pensó en Jorge, no en Jorge muerto, sino en Jorge  vivo. En la primera vez que se habían visto años atrás, cuando Pedro era todavía el muchacho de Huamuchil que llegaba a Ciudad de México con una voz y unas ganas y muy pocas  certezas. Jorge Negrete era entonces la figura más grande del cine mexicano, el charro cantor que llenaba teatros y cuya fotografía aparecía en las portadas de las revistas como si siempre hubiera estado ahí y siempre fuera a estar.

Pedro lo admiraba con esa admiración que tienen los hombres que han crecido escuchando a alguien y que cuando lo conocen en persona no saben bien cómo comportarse porque la distancia entre el mito y el hombre de carne y hueso los descoloca. Jorge no le había facilitado las cosas al principio.

 Era un hombre de carácter difícil, de esos que ponen a prueba a los demás antes de concederle su confianza. Y Pedro tuvo que ganarse su respeto de la única manera en que Pedro sabía ganarse las cosas, trabajando y siendo quien era sin pretender otra cosa. Con el tiempo llegó el respeto mutuo y luego algo más difícil de nombrar que el respeto.

 No eran amigos de los que se llaman todos los días ni de los que se cuentan sus problemas. eran algo diferente. Dos hombres que se reconocían en el otro, algo que no encontraban en ningún otro lugar, algo que tenía que ver con lo que significa cargar el peso de ser el ídolo de un país entero y seguir siendo uno mismo debajo de ese peso.

 En 1952 los pusieron juntos en una película, Dos tipos de cuidado. La industria lo presentó como un duelo, como si dos hombres con esa cantidad de talento y esa cantidad de nombre propio no pudieran compartir un escenario sin que uno intentara destruir al otro. Los periodistas buscaban la pelea, los productores insinuaban la tensión  y Pedro y Jorge les dieron exactamente lo contrario, porque sobre el set de grabación y luego sobre el escenario del teatro lírico, donde se presentaron juntos ante un público que no cabía en el local, ni en la calle ni

en las tres calles siguientes,  descubrieron algo que ninguno de los dos había esperado encontrar, que cantar junto al otro era distinto que  cantar solo, que había una frecuencia entre las dos voces que no existía cuando cantaban. por separado, algo que se creaba solo en  el espacio entre los dos y que desaparecía en el momento en que uno de ellos se alejaba del micrófono.

  El público lo sintió desde la primera noche. Las crónicas de los periódicos de entonces decían que mientras Jorge crecía en simpatía y en cercanía con la gente, Pedro crecía en voz y en seriedad artística, como si el contacto con el otro los estuviera transformando a los dos en tiempo real, como si cada uno le estuviera dando al otro algo que le faltaba sin saber que le faltaba.

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