Nino Bravo llegaba a Colombia en el Ecuador de una gira latinoamericana que había comenzado en Buenos Aires en septiembre y que lo había llevado a través de Argentina, Chile, Perú y Venezuela antes de aterrizar en Cali 23 de octubre, donde actuó en el hotel intercontinental con un lleno que el periódico El País de Cali describió al día siguiente en media página. Era su primera vez en Colombia.
era en casi todos los países que visitaba en aquella gira su primera vez. Y había algo en esa primera vez que producía en el público latinoamericano una reacción que Nino Bravo no había anticipado del todo y que le costaba describir con precisión cuando se lo preguntaban en las entrevistas. No lo trataban como a un artista que llegaba, lo trataban como a alguien que por fin había llegado, como si lo conocieran de antes de conocerlo, como si la voz hubiera viajado sola delante del cuerpo durante meses y hubiera

creado en cada ciudad una forma de espera que tenía la temperatura de lo personal. Tenía 27 años. Llevaba en el bolsillo una foto de su esposa Amparo y otra de su madre Consuelo, que había metido juntas en el mismo sobre de papel de carta antes de salir de Valencia a finales de agosto. dormía mal en los hoteles, no por el colchón ni por el ruido de la ciudad extraña, sino por ese silencio específico de las habitaciones de hotel a medianoche, que no se parece al silencio de ninguna casa conocida y que produce en quien lo habita una forma de
soledad que no tiene que ver con estar solo, sino con estar lejos. Tres veces a la semana llamaba a Valencia desde las centralitas de los hoteles con la voz bajita porque ya era tarde allá y porque las llamadas internacionales se pagaban por minuto y los minutos se acumulaban en las facturas que el representante revisaba con un cuidado que Nino entendía, pero que no siempre le sentaba bien.
lo que más le costaba de aquella gira y que no había contado a nadie porque no había encontrado las palabras adecuadas y porque además no era el tipo de hombre que catalogaba sus propias dificultades en voz alta. Era el esfuerzo de estar siempre completo frente al público, no la voz que llegaba sola, que siempre había llegado sola desde los 14 años en aquella roca al amanecer.
el esfuerzo de llevar dentro algo que no podía nombrarse bien y al mismo tiempo proyectar hacia afuera la totalidad de lo que la gente había venido a buscar. Esa noche del martes 27 de octubre, antes de salir al salón Monserrate, se quedó 5 minutos de pie frente al espejo del baño de la habitación 118 del hotel Tekendama, sin hacer nada específico, solo miró, luego cogió la chaqueta del traje y salió.
Lo que estaba esperándolo en el salón Monserrate esa noche no era nada de lo que los 400 asistentes ni ninguna de las personas de su equipo habrían podido anticipar. Se llamaba Elena. Elena Pardo Restrepo, 48 años. Nacida en Manizales en 1923 en una casa de Bahareque con techo de zinc en el barrio Chipre, donde los cerros cafeteros llegaban hasta el borde mismo del tejado, y el olor a humedad y aguadua era el olor del mundo, el único que existía, el que ella seguiría buscando inconscientemente en todos los lugares donde vivió después. Su padre,
don Ernesto, era contador en una empresa de exportación de café que tenía sus oficinas en la calle Real de Manizales, en un edificio de dos plantas con balcones de madera labrada, desde los que se veía en los días despejados la silueta del nevado del Ruiz. Era un hombre serio de lunes a viernes y completamente diferente los domingos cuando sacaba del armario del dormitorio una guitarra pequeña de cuerdas de tripa y tocaba balses y pasillos en el corredor de la casa, mientras su esposa Lucía y Elena y los dos hermanos menores
escuchaban desde las sillas de mimbre que se ponían en fila contra la pared del corredor como si fuera un concierto privado para el que había que guardar silencio y tener los pies quietos. Elena aprendió a escuchar música de esa manera, quieta, con los pies en el suelo, con la columna derecha, con los ojos en su padre y el oído en otra parte, en esa zona donde la música entra y hace algo que no se puede describir sin usar palabras que pertenecen a otras disciplinas.
La sensación de que el tiempo cambia de textura, de que el mundo que hay fuera del corredor sigue existiendo, pero momentáneamente no importa. Se casó con 31 años. Tarde para los estándares de Manizales de 1954 con un hombre llamado Jorge Mejía, que trabajaba en el banco y que tocaba el piano de oído los sábados por la mañana en la sala de su apartamento de Bogotá, donde vivían desde que se casaron, en el barrio de la Candelaria, en un piso del segundo piso de un edificio republicano de la calle, 10 con fachada de ladrillo amarillo y ventanas de madera verde
oscuro que siempre necesitaban pintura y que nunca la recibían porque había cosas más urgentes. Tuvieron dos hijos. Jorge Alberto, que estudió ingeniería en la Universidad Nacional y trabajaba en Medellín. Patricia, que vivía con su marido en Cali y tenía una hija de 4 años a quien Elena llamaba los domingos por la misma razón que su padre había sacado la guitarra los domingos para que el tiempo del domingo tuviera una textura diferente al tiempo del resto de la semana.
Jorge Mejía había muerto 18 meses antes, en la primavera de 1970, de un infarto mientras subía las escaleras del banco con los documentos del cierre mensual bajo el brazo. Tenía 52 años. El médico dijo que el corazón había estado dando señales que nadie había leído. Jorge nunca se había quejado de nada y esa ausencia de queja que durante 25 años Elena había interpretado como salud era en realidad la forma específica en que Jorge Mejía expresaba todas las cosas que no sabía cómo decir de otro modo.
Desde la muerte de Jorge, Elena vivía sola en el piso de la Candelaria. Los hijos llamaban, la visitaban en vacaciones, pero había una diferencia entre las visitas y la presencia, y Elena la conocía con una precisión que solo da el tiempo. Había escuchado a Nino Bravo por primera vez en una emisora de radio en agosto de 1971. No recordaba el nombre del programa ni el nombre de la emisora.
Recordaba que estaba pelando arbejas en la cocina cuando empezó la canción y que paró a mitad de la arbeja con las dos mitades en las manos y que no terminó de pelarla hasta que la canción terminó. La canción era Puerta de Amor. La voz era de una extensión que Elena no había escuchado en la radio antes.
Una extensión que le recordó sin poder explicar por qué, los domingos del corredor de Chipre y la guitarra de cuerdas de tripa de su padre. compró las entradas para tres noches del Tequendama en la taquilla del hotel el mismo día que las pusieron a la venta. No le dijo a nadie, fue sola las tres noches. Pegado text.
El objeto que llevaba consigo la tercera noche, ese martes 27 de octubre era una fotografía de su padre. Una fotografía de 10 por 15 cm en blanco y negro, impresa en papel grueso con los bordes ligeramente ondulados por el tiempo. Don Ernesto aparecía en la fotografía sentado en una silla del corredor de Chipre con la guitarra sobre las rodillas y los ojos, no hacia la cámara, sino hacia un punto fuera del encuadre, como si en el momento del disparo hubiera algo al otro lado de la terraza que merecía más atención que el fotógrafo.
Elena llevaba esa fotografía en el bolso desde el día en que Jorge murió. No de forma consciente al principio. La había sacado de un sobre de recuerdos la noche del entierro mientras esperaba a que los hijos llegaran desde Medellín y Cali y la había puesto sobre la mesa del comedor sin ningún propósito específico y luego no la había vuelto a guardar.
La fotografía había pasado del comedor al bolso con la misma naturalidad con que pasan al bolso las cosas que no podemos dejar en ningún lugar fijo porque necesitan estar cerca. La razón por la que Elena Pardo giró esa fotografía boca abajo sobre el mantel salón Monserrate esa noche del 27 de octubre de 1971 era algo que ella no habría sabido explicar si alguien se lo hubiera preguntado, pero que Nino Bravo desde el otro lado del salón leyó en un segundo.