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Nino Bravo Escuchó a un Emigrante Español CANTAR”LIBRE” en una Fábrica de Venezuela|Lo Que Hizo…

El petróleo había convertido a Caracas en una ciudad que crecía hacia arriba y hacia los lados al mismo tiempo, con rascacielos nuevos al lado de barrios viejos, con autopistas anchas y modernas cortando el paisaje montañoso que rodeaba la capital. Era un lugar donde quien llegaba con ganas de trabajar podía encontrar su sitio, donde los salarios eran mejores que en la España gris y apretada de aquellos años, donde el clima y la luz y la gente abierta hacían más llevadera la distancia y por eso habían llegado decenas de miles de españoles, gallegos,

valencianos, andaluces, asturianos, hombres que habían dejado sus pueblos y sus familias con una sola idea en la cabeza, ganar lo suficiente para volver algún día con algo bajo el brazo, para construir la casa que no podían construir allí, para dar a sus hijos lo que ellos no habían tenido. Muchos de ellos trabajaban en fábricas,  en construcción, en talleres mecánicos, en almacenes, con las manos, con el cuerpo, con esa resistencia particular de la gente que ha aprendido desde pequeña que las cosas buenas no llegan

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solas, sino que hay que ir a buscarlas aunque cueste.  Y llevaban la música consigo, como se lleva siempre lo que une a uno con lo que ha dejado. en las rabius pequeñas que ponían encima de los bancos de trabajo, en las canciones que tarareaban sin darse cuenta mientras la jornada avanzaba, en las voces que sonaban en los pisos compartidos por las noches, cuando el trabajo terminaba y quedaba ese hueco silencioso que tiene la noche cuando uno está lejos de casa.

Nino Bravo sonaba en Venezuela desde 1970. Te quiero, te quiero. Había llegado a las radios venezolanas con esa naturalidad con que llegan las canciones que están hechas de algo verdadero, sin aviso, sin campaña, simplemente apareciendo un día en el dial y quedándose porque la gente no quería que se fuera.

Pero para los emigrantes españoles, Nino no era algo más que una canción popular. Era una voz que venía del mismo lado del mundo que ellos, que hablaba su mismo idioma, no solo el idioma de las palabras, sino el idioma de las cosas que se sienten y no se dicen. Cuando Nino cantaba en la radio de una fábrica de Caracas, en esos talleres donde trabajaban hombres que llevaban años sin ver a su madre o sin pisar el suelo de su pueblo, ocurría algo.

La gente paraba solo un momento, solo lo que duraba la canción. Y en ese momento dejaban de estar en Venezuela y volvían a estar en algún lugar dentro de ellos mismos, que era difícil de nombrar, pero que todos reconocían. Uno de esos hombres que escuchaban a Nino en la radio de su taller llevaba 15 años sin volver a España y llevaba algo guardado dentro que ninguna canción había podido tocar todavía hasta que llegó libre.

Nino llegó a Venezuela por segunda vez el 3 de noviembre de 1971. Había terminado la parte argentina de su gira. había sobrevivido al episodio de Colombia que le había costado una multa y tr días retenido en Bogotá y llegaba a Caracas con la agenda llena de compromisos televisivos y la energía intacta de un hombre de 27 años que todavía no sabe que el tiempo es finito.

Actuó en sábado espectacular, grabó en martes monumental, firmó autógrafos, dio entrevistas, sonrió para las cámaras con esa sonrisa suya que no era una máscara, sino una disposición genuina hacia el mundo. Porque Nino actuaba siendo simpático, era simpático. Había una diferencia que la gente percibía, aunque no pudiera explicarla, pero entre un compromiso y otro había algo que no estaba en ninguna agenda, algo que esperaba en una nave industrial a 20 met de una carretera, algo que Nino no podía saber todavía que estaba esperando. Pero

entre un compromiso y otro, entre una grabación y la siguiente, había huecos, horas sueltas en las que el representante ordenaba la agenda y Nino se quedaba con tiempo propio. Y Nino, cuando tenía tiempo propio en ciudades nuevas, no se quedaba en el hotel. Salía, caminaba, miraba. Tenía esa curiosidad natural de los que han crecido en un barrio y saben que la vida real no está en los sitios donde te esperan, sino en los sitios donde nadie sabe que vas a aparecer.

Fue en uno de esos huecos, una tarde de calor denso y cielo blanco de Caracas, cuando el coche en que viajaba hacia el siguiente compromiso tomó una avenida industrial en las afueras de la ciudad y entonces  llegó la voz. La nave industrial estaba a unos 20 m de la carretera, una construcción larga y baja con las paredes de bloques grises  y el techo de zín que reverberaba el calor del sol venezolano.

Las ventanas laterales estaban abiertas de par en par y por esas ventanas salía el ruido sordo de las máquinas. mezclado con el olor a aceite y a metal caliente. Y entre ese ruido flotando por encima de él con una naturalidad que parecía imposible, había una voz, una voz de hombre ronca por el cansancio del día, o quizás simplemente ronca de siempre, de esas voces que llevan el trabajo encima.

Una voz que no tenía la perfección de un cantante, pero que tenía algo que muchas voces perfectas no tienen, ¿verdad?  Una verdad que se escuchaba en cada nota, aunque la nota no fuera la exacta. Cantaba libre. Libre como el sol cuando amanece. Yo soy libre como el mar. Nino abrió la puerta del coche antes de que el motor se hubiera apagado del todo.

El representante dijo su nombre desde adentro con ese tono de quien ya sabe que no sirve de nada, pero lo intenta igual. Nino se volvió. Caminó los 20 m que separaban la carretera de la entrada de la nave con esa pisada suya, firme y sin prisa, con las manos en los bolsillos, con los ojos puestos en las ventanas abiertas de donde salía la voz.

Se detuvo en la puerta. Era una puerta grande de metal entornada. Por la rendija se veía el interior de la nave filas de mesas de trabajo con piezas metálicas encima, máquinas grandes conas y engranajes, el suelo de cemento manchado de aceite. Había unos 12 hombres trabajando, algunos con mono azul, algunos con camiseta, todos con las manos ocupadas y la frente húmida.

Y al  fondo, de espaldas a la puerta, había un hombre solo en su mesa. Era el que cantaba. Y fue entonces, en ese instante en que Mino lo vio de espaldas, cuando algo en su interior se detuvo de una manera que no tenía explicación racional, pero que era completamente real, porque había algo en ese hombre, en la postura de sus hombros, en la manera en que movía las manos sobre las piezas mientras cantaba, que le dijo a Nino algo antes de saber nada, algo que no necesitaba palabras para entenderse. Y lo que ocurrió a

continuación cuando ese hombre se volvió y los dos se miraron por primera vez es la parte de esta historia que nadie que la ha escuchado ha podido olvidar. El hombre se llamaba Manuel. Manuel Herrera, 43 años, originario de un pueblo de Jaén en Andalucía, del que había salido 15 años antes, con una maleta de cartón atada con una cuerda y la dirección de un primo lejano en Caracas, escrita en un papel doblado dentro del bolsillo.

había llegado a Venezuela en 1956 con 28 años, con la misma cara de determinación asustada que ponen los hombres cuando toman una decisión grande y no están del todo seguros de haberla tomado bien, pero ya no hay vuelta atrás. Encontró trabajo, primero en construcción, después en un taller de mecánica, después en esa fábrica de piezas metálicas en las afueras de Caracas, donde llevaba ya 6 años.

Había prosperado a su manera la manera modesta y sólida de los que no buscan hacerse ricos, sino construir algo que dure. Tenía un piso pequeño en un barrio de clase trabajadora de la ciudad. Mandaba dinero a España todos los meses. Había podido pagar los estudios de sus dos sobrinos en Jaén, pero España no la había vuelto a ver.

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