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NADIE HABLA DE ESTO: Eunice Jocelyn desapareció ANTES que Edith Guadalupe en CDMX

 En ese restaurante de la colonia Polanco, Euní se ahorraba dinero, acumulaba experiencia y esperaba el momento oportuno para dar el siguiente paso en su vida. Nunca imaginó que ese mismo lugar sería el escenario del enganche que cambiaría su destino. Un día, según relató su padre Héctor a medios de comunicación, llegaron al Hotters unas personas que decían trabajar con diputados.

 No llegaron con documentos ni con credenciales verificables. Llegaron con sonrisas, con historias atractivas, con la facilidad de quien sabe exactamente cómo ganarse la confianza de personas jóvenes que buscan oportunidades. Se hicieron amigos de varias chicas que trabajaban en el restaurante. Entre ellos venía una mujer que se presentaba como diputada y que, según la familia, usaba el nombre de Irma Ester Serrano Méndez.

 También aparecieron dos hombres identificados por la familia como Horacio y Raúl. Juntos estos personajes tejieron una promesa que para Eunise debió sonar como la oportunidad que había estado  esperando. Un puesto en la Cámara de Diputados, un sueldo de 30,000 pesos mensuales, más del doble del salario promedio de un trabajador en México en aquel momento y viajes por toda la República.

 No se trataba de cualquier empleo, se trataba de un salto de vida, del tipo de oferta que cambia las trayectorias y abre puertas que parecían cerradas. Eumer renunció al Hoters, firmó un contrato con esos hombres y con esa firma comenzó una desaparición que no ocurrió de golpe ni de manera violenta y repentina, sino en cámara lenta, frente a los ojos de su familia, que la vio alejarse progresivamente, sin entender del todo lo que estaba sucediendo, hasta que ya era demasiado tarde para detenerlo.

 Desde noviembre de 2021, Eunise dejó de vivir con sus padres en Ecatepec. se mudó a un departamento en la alcaldía Miguel Hidalgo en la colonia Anahuac y explicó que el cambio de domicilio era parte de las exigencias de su nuevo trabajo. Paulatinamente fue cancelando sus salidas con amigos. Dejó de verse con su novio.

 Sus perfiles en redes sociales desaparecieron sin explicación. Las llamadas a su familia se fueron espaciando y cuando llegaban provenían de números telefónicos distintos cada vez varios de ellos con Lada de Morelos. Según las investigaciones posteriores de la Fiscalía capitalina, Eunice llegó a comunicarse usando al menos seis números telefónicos diferentes durante ese periodo.

 Para quienes conocen el modus operandi de las redes de trata de personas, ese patrón resulta inmediatamente reconocible. El aislamiento progresivo de la víctima respecto a su red de apoyo familiar y social, el control de sus comunicaciones, el traslado a un domicilio desconocido para sus seres queridos. Todo ocurre de forma gradual, con justificaciones que parecen razonables en el momento, pero que en retrospectiva revelan la mecánica de un control que se va cerrando como un cerco invisible hasta que la persona ya no puede salir por sus propios medios.

¿Y qué de la dimensional Pecapilla esa pretendida a contratarse contra el equipajio de la serpiente del padre Eco eternamente en ningustiado pericrético? Sinófica inoperativo de esos tratamientos, el 27 de enero de 2022 fue la última vez que Héctor Montaño y el hermano de Uníe pudieron verla físicamente.

 Fue un encuentro breve en el edificio de la colonia Anahwak, donde ella decía vivir. La vieron unos minutos. No fue una despedida dramática ni un momento que en ese instante se percibiera como definitivo. Fue una visita cotidiana que resultó ser la última. Hubo una llamada que lo cambió todo. En algún momento posterior a esa visita, la madre de Eunise recibió una llamada de su hija que quedó grabada en su memoria para siempre.

 Eunise habló en tono agitado con urgencia, como alguien que tiene poco tiempo y necesita comunicar algo importante sin que nadie más la escuche. Le dijo a su madre, “Mamá, yo sé que tú eres muy inteligente y que si algo me pasa, me vas a buscar.” Cuando la madre le preguntó con angustia por qué le decía eso, Eunise respondió que no podía hablar mucho, que luego la llamaría y colgó.

 Esa fue la última conversación real que la familia tuvo con ella. Los padres actuaron de inmediato, presentaron la denuncia de desaparición ante la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. La policía de investigación logró establecer contacto con Eunice y le pidió que se presentara personalmente ante las autoridades para confirmar su estado y demostrar que estaba bien.

Nunca lo hizo. Ante esa negativa, las autoridades le solicitaron al menos una fotografía como prueba de que se encontraba con vida. Días después, desde un número desconocido que no era el de Unise, llegó una imagen. La joven sosteniendo una hoja de papel escrita a mano en la que afirmaba que su ausencia era voluntaria y que se encontraba bien.

Para la fiscalía, esa fotografía pudo haber representado una justificación. Para reducir la urgencia del caso, para la familia no lo era. La madre de UNISE lo expresó con una claridad que no dejaba lugar a dudas. No podía saber si su hija había mandado esa foto por su propia voluntad o si lo había hecho bajo coacción, bajo amenaza, o simplemente porque alguien se lo ordenó con una pistola apuntándole.

 Una hoja con texto escrito sostenida frente a una cámara no prueba libertad. Prueba únicamente que alguien estuvo disponible para tomar la foto en ese momento. La imagen, sin embargo, resultó útil por razones distintas a las que quienes la enviaron probablemente esperaban. Gracias al análisis policial de los elementos visuales de la fotografía, las autoridades lograron identificar el lugar donde aparentemente había sido tomada, una zona hotelera en Tepotsotlán, en el estado de Morelos.

 La familia acudió a buscarla, no la encontraron. El expediente que la Fiscalía capitalina fue construyendo en torno a la desaparición de UNICE Joseline Montaño Hover acumuló al cabo de casi un año de investigación cerca de 200 páginas de diligencias, testimonios y evidencias documentadas. Una carpeta gruesa que representaba horas de trabajo ministerial, pero que para la familia no se traducía en resultados concretos.

 Las investigaciones crecían en volumen documental, pero el paradero de UNE seguía siendo una incógnita sin respuesta. Los sospechosos que la familia señaló desde el principio fueron Moracio y Raúl, los dos hombres que reclutaron a Eunice en el Hotters con la promesa del trabajo en la Cámara de Diputados.

 Horacio se presentó ante el Ministerio Público para rendir su declaración. En ese momento, las autoridades concluyeron que no existían elementos suficientes para imputarle cargos formales. Raúl, por su parte, simplemente desapareció del mapa. No se volvió a saber nada de él. En el contexto de la investigación formal, los asesores jurídicos de la familia impulsaron una reclasificación jurídica del caso que consideraban fundamental para darle mayor alcance a la investigación.

 No querían que UNICE siguiera siendo buscada únicamente bajo la categoría de desaparición voluntaria. Una tipificación que en la práctica puede reducir la urgencia y las herramientas disponibles para la investigación. Querían que el expediente fuera reorientado hacia el delito de trata de personas con base en los elementos que el propio expediente ya documentaba.

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