Pero nada de eso aparecía en la televisión. Nada de eso se discutía en los programas deportivos. Nada de eso manchaba la imagen de un deporte que necesitaba verse limpio para seguir generando miles de millones en publicidad. derechos de transmisión y patrocinios. Y en el centro de esa operación de limpieza, brillando a 9,000 km de distancia con la camiseta más blanca del fútbol mundial, estaba Hugo Sánchez, no como cómplice.
Escudo porque mientras los cárteles se infiltraban en las divisiones inferiores del fútbol mexicano, mientras el dinero sucio compraba franquicias y pagaba nóminas en efectivo, México le decía al mundo, “Miren a Hugo, miren al pentapichichi, miren al hombre más limpio, más profesional, más exitoso que nuestro fútbol ha producido.
Eso es México, eso somos nosotros, Hugo en el Bernabéu. Era la prueba de que México podía competir con los mejores sin trampas. Era el argumento perfecto contra cualquier acusación internacional. Era la cortina de seda que cubría el escaparate mientras en la trastienda se contaban billetes que olían a algo que no era sudor.

Y lo más perturbador es que Hugo probablemente no sabía o no quería saber o no podía saber porque estaba en Madrid viviendo su sueño, marcando goles, ganando títulos, construyendo la carrera más gloriosa de la historia del fútbol mexicano. Pero su gloria tenía un uso que él no había autorizado y ese uso era más oscuro de lo que cualquier chilena podía iluminar.
Porque la relación entre el fútbol y el crimen organizado en México no empezó ayer. Tiene raíces que se hunden en los años 80 y 90. En la misma época en que Hugo conquistaba Europa, en la misma época en que Salinas negociaba el NAFTA, en la misma época en que Televisa vendía la imagen de un México moderno y próspero, debajo de esa superficie reluciente se movía un río de dinero que nadie quería rastrear.
Y Hugo, sin quererlo, era la cara más brillante de esa superficie, el diamante en el escaparate de una joyería cuya trastienda nadie inspeccionaba. La pregunta que surge es inibetible. ¿Fue casualidad que Hugo permaneciera en Europa durante toda esa década o había alguien que prefería mantenerlo lejos de una realidad que podía manchar su imagen? Y si esa imagen manchada dejaba de servir como escudo, Hugo Sánchez pasó 11 años en España y durante esos 11 años Mexica le ofreció volver más de una vez.
Pero Hugo siempre dijo que no. La explicación oficial fue siempre la misma. Hugo estaba en su mejor momento. Ed Bernabéu era su casa. No tenía sentido volver a una liga inferior cuando estaba en la cima del mundo. Y todo eso era cierto. Pero hay una pregunta que nadie se hizo en público y que ahora merece ser formulada.
Y si alguien prefería que Hugo se quedara en Europa, no hablamos de una orden directa, no hablamos de un documento firmado ni de una llamada telefónica grabada. hablamos de algo más sutil, de una conveniencia compartida, de un arreglo no escrito donde todas las partes se beneficiaban del mismo resultado, Hugo, lejos de México.
Para Hugo, quedarse en Europa significaba competir al más alto nivel. significaba goles, títulos, reconocimiento mundial. significaba vivir la vida que cualquier futbolista del planeta habría soñado. Para el gobierno, Hugo en el Bernabéu significaba tener un embajador permanente, un rostro limpio que representara a México en el escenario más visible del deporte europeo.
Un hombre cuya sola presencia en una cancha de primer mundo desmentía cualquier acusación sobre la naturaleza del fútbol mexicano. Y para los que se beneficiaban de la falta de regulación en el fútbol nacional, Hugo en Europa significaba que el nombre más grande del fútbol mexicano estaba lejos.
No investigando, no preguntando, no levantando piedras que era mejor dejar donde estaban, porque Hugo Sánchez era muchas cosas, pero sobre todo era curioso, inteligente, observador, un hombre que leía los juegos de poder con la misma precisión con la que leía las defensas rivales. Si Hugo hubiera estado en el fútbol mexicano durante los años 80 y 90, si hubiera visto de cerca lo que pasaba en los vestuarios de ciertos equipos, si hubiera notado los pagos en efectivo, las camionetas blindadas, los directivos que aparecían y desaparecían como
fantasmas, habría hablado. Hugo siempre hablaba y eso era exactamente lo que no podía pasar. Hugo en México era un problema, un hombre con la autoridad moral de 208 goles y la incapacidad congénita de cerrar la boca frente a una injusticia. Un hombre que ya había denunciado el pacto de caballeros, que ya había peleado contra Televisa, que ya había exigido derechos para los jugadores.
Imagina a ese hombre descubriendo que algunos de los clubes donde jugaban sus compatriotas estaban financiados con dinero que venía de lugares que nadie quería nombrar. habría sido una bomba nuclear y los que vivían del silencio no podían permitirse esa explosión. Así que Hugo se quedó en Europa, no porque nadie lo quisiera en México, porque todos lo querían lejos de México por razones diferentes, pero con el mismo resultado, Hugo era el diamante más brillante del fútbol mexicano.
Y como todo diamante valioso era más útil en el escaparate que en el taller donde se cortaban las piedras. Porque si Hugo hubiera mirado demasiado de cerca, habría visto que algunas de esas piedras estaban manchadas. Y un diamante manchado pierde todo su valor, así que lo mantuvieron limpio, a 9,000 km de la suciedad, brillando para el mundo, mientras detrás de su brillo, el negocio más oscuro del fútbol mexicano seguía funcionando sin que nadie preguntara de dónde venía el dinero.
Y cuando Hugo finalmente volvió a México en 1992, ¿a dónde fue? al América, no a un equipo de segunda división en una ciudad que nadie podía ubicar en el mapa. No a un club cuyo dueño pagaba en camionetas, al América, el equipo de Televisa, el equipo más controlado, más visible, más institucional del fútbol mexicano. El equipo donde era imposible que Hugo viera algo que no debía ver.
Casualidad, tal vez, diseño, tal vez, pero el resultado fue el mismo. Hugo volvió limpio, jugó limpio, se fue limpio. Y México pudo seguir diciéndole al mundo que su fútbol era tan transparente como el pentapichichi. La pregunta es, ¿cuántas cosas dejaron de investigarse mientras Hugo brillaba? Y la respuesta está en los expedientes que la DEA nunca pudo cerrar.
Lo que pasaba en el fútbol mexicano mientras Hugo estaba en Europa no era un secreto, era un secreto a voces. La oleada de narcofútbol que había sacudido a Colombia en los años 80 con Pablo Escobar financiando equipos y mandando asesinar árbitros no se detuvo en la frontera colombiana. se extendió, como todo en el mundo del crimen organizado, buscó nuevos mercados, nuevos territorios, nuevas industrias donde el efectivo pudiera circular sin dejar huella.
El fútbol mexicano era el candidato perfecto, un deporte que movía miles de millones de pesos al año con una regulación financiera que brillaba por su ausencia, con transferencias de jugadores que se pagaban en condiciones opacas, con clubes cuyas cuentas nunca eran auditadas con rigor y con una federación que respondía a los dueños de los clubes, que a su vez respondían a intereses que nadie quería investigar.