Ahora se enfrentan a un cliente masivo que desaparece. Los contratos se están cancelando. Los gasoductos construidos para llevar el gas hacia el sur corren el riesgo de convertirse en monumentos de acero a una mala apuesta estratégica. Y esto no es un efecto secundario, es una parte calculada del plan. Al golpear el bolsillo de uno de los sectores que más apoya políticamente a Trump, México está enviando un mensaje claro.
La presión tiene un costo y ese costo lo van a pagar en casa. Las empresas estadounidenses con plantas en México que dependían del gas tejano ahora tienen que renegociar sus contratos de suministro con la CFE y con Pemex. El poder de negociación cambió de manos. Ahora es México quien pone las condiciones, pero aquí viene la conexión que nadie te ha explicado y que es la verdadera genialidad de todo este movimiento.
Las dos dimensiones del plan, la construcción interna y la estrategia geopolítica externa, no son dos planes separados, son las dos caras de la misma moneda. Son la espada y el escudo de una nueva doctrina de soberanía mexicana. El gran plan nunca fue simplemente sustituir una fuente de energía por otra. El gran plan es utilizar la transición energética como motor para la refundación completa de la relación con Estados Unidos.
Cada panel solar instalado en Sonora, cada turbina eólica girando en Oaxaca, cada kilómetro de gasoducto puesto en Veracruz no era solo una obra de infraestructura, era un ladrillo en el muro de la independencia. Era un paso calculado para quitarle poder y capacidad de chantaje a Washington. Sin gasoductos propios, sin mayor producción nacional, sin fuentes de energía renovable, cualquier desafío a Estados Unidos habría sido una brabuconada sin respaldo.
La política exterior de Shainbum habría tenido las manos atadas, pero al construir primero la fortaleza energética, al asegurar la retaguardia, ahora puede pararse en el escenario mundial y negociar de igual a igual, sin miedo a que le cierren el grifo. El mensaje es clarísimo. Podemos ser socios, podemos ser vecinos, podemos ser amigos, pero lo que no volveremos a hacer es el patio trasero energético de nadie.
Y hay un elemento adicional que convierte esta estrategia en algo todavía más poderoso. Los compromisos del acuerdo de París sobre cambio climático, que muchos veían como una carga, fueron reconvertidos en un arma estratégica. Al acelerar la transición a renovables, México no solo cumple sus metas ambientales, sino que se gana el favor de la Unión Europea y se posiciona como líder climático en el mundo en desarrollo, aislando todavía más la postura de Trump a favor de los combustibles fósiles.
Cada movimiento está conectado. Cada decisión tiene un doble o triple propósito. El efecto dominó ya comenzó a sentirse más allá de nuestras fronteras. Esto no es un asunto exclusivo entre México y Estados Unidos. Las ondas de choque están recorriendo el planeta. En Estados Unidos el impacto en Texas es inmediato y severo.
Estamos hablando de una posible recesión en el sector energético del Estado con miles de empleos en riesgo. Eso crea una presión política interna brutal para Trump. Gobernadores, senadores y congresistas de los Estadosores de gas van a empezar a exigirle a la Casa Blanca que baje el tono y repare la relación con México, porque su hostilidad les está costando miles de millones de dólares.
La política de mano dura de Trump hacia México se convirtió de repente en un veneno para su propia base económica. En América Latina el efecto es igual de profundo. La acción de México es una señal, un faro para todas las naciones de la región que han vivido bajo la sombra de la presión estadounidense. Desde Centroamérica hasta la Patagonia, los líderes están observando atentamente.
El mensaje es claro. Es posible decir que no. Es posible construir tu propia infraestructura, asegurar tu propia energía y negociar desde una posición de fuerza. México acaba de demostrar que la dependencia no es un destino, sino una elección y que esa elección se puede cambiar.
Lo que estamos presenciando es un punto de inflexión histórico, no es exageración ni retórica. México acaba de alterar la correlación de fuerzas con la potencia más grande del mundo, usando como arma algo que nadie esperaba, paneles solares, turbinas eólicas y gasoductos propios. le quitó a Trump su principal herramienta de presión y lo hizo de una manera que beneficia al país en múltiples dimensiones al mismo tiempo.
Genera empleos, reduce la contaminación, fortalece la industria nacional y coloca a México como un actor relevante en la geopolítica global. La pregunta ahora es, ¿qué va a hacer Trump? ¿Va a escalar el conflicto y arriesgarse a una guerra comercial total con su segundo socio más importante? O va a aceptar que las reglas del juego cambiaron y que México ya no es el vecino dócil que puede presionar a voluntad.
Sea cual sea su respuesta, una cosa es segura. El México que existía antes de esta jugada ya no existe y eso lo cambia todo. Ahora dime tú qué piensas. ¿Crees que Shinbom está tomando el camino correcto al confrontar directamente la política energética de Trump? ¿O crees que esta independencia energética acelerada tiene riesgos que no estamos viendo? Déjamelo en los comentarios porque este debate es fundamental y quiero escuchar tu perspectiva.
Comparte este video porque esta información no va a salir en los medios que dependen de la publicidad de las empresas energéticas. Y prepárate porque en el próximo video vamos a revelar los nombres de las empresas estadounidenses que ya están perdiendo millones por esta jugada y lo que están haciendo desesperadamente para intentar revertirla.
No te lo vas a querer perder, pero espera porque hay algo que todavía no te he contado y que es quizás lo más importante de todo lo que está ocurriendo en este momento. Lo que acabamos de analizar es la jugada visible, la que ya se anunció, la que los medios están empezando a cubrir, aunque sea de manera superficial. Pero detrás de esta jugada visible hay una serie de movimientos que se han estado ejecutando en silencio durante meses y que revelan una estrategia mucho más profunda de lo que cualquiera se imagina. Porque Shainbom no solo está
peleando contra la dependencia del gastexano, está reconfigurando toda la arquitectura económica de México para el próximo medio siglo. Y cuando entiendas las piezas que faltan, vas a ver el tablero completo de una manera totalmente diferente. Vamos con lo primero que casi nadie está mencionando. La diversificación de proveedores internacionales.
Mientras toda la atención mediática se concentra en la construcción de infraestructura interna y en la expansión de la producción nacional de gas, el gobierno de Shinbaum ha estado negociando acuerdos energéticos bilaterales con países que hasta hace poco no figuraban en el radar de la política exterior mexicana. Hablamos de Qatar, de Argelia, de Trinidad y Tobago, de Noruega e incluso de Australia.
Estos acuerdos no son para reemplazar la dependencia de Estados Unidos con otra dependencia. Son para crear lo que los estrategas llaman una canasta diversificada de suministro. Si tienes cinco proveedores diferentes, ninguno de ellos tiene poder sobre ti. Si dependes de uno solo, estás a su merced. Es la diferencia entre tener opciones y estar atrapado.
Los acuerdos con Qatar son particularmente significativos y te voy a explicar por qué. Qatar es el mayor exportador de gas natural licuado del mundo. Su producción es tan masiva que puede ofrecer precios competitivos, incluso considerando el costo del transporte marítimo hasta las costas mexicanas. El gobierno de Shanbown firmó un memorándum de entendimiento con Qatar Energy hace apenas 4 meses.
Un documento que pasó prácticamente desapercibido en la prensa mexicana, pero que en los círculos energéticos internacionales causó un terremoto. El acuerdo contempla la construcción de una terminal de regasificación en el puerto de Dos Bocas. Sí, el mismo Dos Bocas donde se construyó la refinería durante el gobierno anterior.
Esa terminal permitiría recibir barcos cargados de gas natural licuado proveniente del Golfo Pérsico y convertirlo nuevamente en gas para alimentar la red nacional. Piénsalo un momento. México tendría gas propio del sureste, gas distribuido por su nueva red de gasoductos, energía solar de Sonora, energía eólica de lismo, energía hidroeléctrica modernizada y además la capacidad de importar gas desde el otro lado del mundo sin pasar por territorio estadounidense.
Es una redundancia estratégica total. Es como tener cinco puertas de salida en caso de incendio en lugar de una sola. Trump puede cerrar la puerta que controla, pero las otras cuatro siguen abiertas. Y hay algo más que hace esta diversificación todavía más inteligente desde el punto de vista geopolítico. Cada uno de estos acuerdos viene acompañado de cláusulas de cooperación tecnológica y de inversión recíproca.
Qatar no solo vendería gas a México, invertiría en proyectos de infraestructura energética dentro del territorio mexicano. Noruega compartiría tecnología de almacenamiento de energía y gestión de redes eléctricas inteligentes. Australia transferiría conocimiento sobre la explotación eficiente de recursos minerales necesarios para la manufactura de paneles solares y baterías de litio.
Esto significa que cada acuerdo energético es simultáneamente un acuerdo de desarrollo tecnológico y de inversión extranjera. directa que no pasa por Washington. México está tejiendo una red de alianzas económicas globales que reduce su dependencia no solo del gas estadounidense, sino del ecosistema económico estadounidense en general.
Es una desamericanización estratégica de la política exterior mexicana que tiene implicaciones monumentales. Ahora bien, hay un aspecto de esta historia que los analistas más serios están observando con una mezcla de admiración y preocupación y es el papel de China en toda esta ecuación. Porque no nos engañemos, cuando hablamos de geopolítica energética en 2026, es imposible dejar a China fuera de la conversación.
Y aquí es donde la estrategia de Shin Baum se vuelve verdaderamente arriesgada y verdaderamente fascinante al mismo tiempo. China es hoy el mayor fabricante mundial de paneles solares, de turbinas eólicas, de baterías de litio y de prácticamente toda la tecnología necesaria para la transición energética. Cuando México decide acelerar su transición hacia energías renovables, inevitablemente una parte significativa de la tecnología y los equipos necesarios provienen de empresas chinas.
Los paneles solares que se están instalando en el complejo de Sonora tienen componentes fabricados en Shangai. Las turbinas del ismo de Tehuantepec fueron diseñadas en conjunto por ingenieros mexicanos y técnicos de Huang Joe. Esto no es un accidente, es parte de una tendencia global donde la transición verde está redibujando las alianzas comerciales del planeta.
Para Trump esto es una provocación directa. Su administración ha mantenido una guerra comercial feroz contra China y ha presionado a todos sus aliados y socios comerciales para que reduzcan su dependencia tecnológica de Pekín. Que México, su vecino inmediato y segundo socio comercial, esté profundizando lazos económicos con China, precisamente a través de la transición energética es algo que en Washington consideran inaceptable.
Pero Shinbaum ha manejado esta tensión con una habilidad diplomática que merece reconocimiento. En sus declaraciones públicas siempre enmarca la relación con China en términos estrictamente comerciales y tecnológicos, nunca en términos de alianza política o militar. Compra tecnología china de la misma manera que compra tecnología alemana o japonesa o coreana.
México no está eligiendo un bando en la rivalidad entre Estados Unidos y China. México está eligiendo su propio camino, uno donde compra lo mejor disponible en el mercado global sin importar la bandera del fabricante. Es una posición de pragmatismo soberano que enfurece a Washington, pero que es muy difícil de atacar sin parecer un matón que quiere dictarle a su vecino con quién puede y con quién no puede hacer negocios.
Y esto me lleva a otro punto fundamental que casi nadie está discutiendo. El impacto de esta estrategia en el tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. El TEMEC. Este tratado comercial que sustituyó al viejo Telcláusulas específicas sobre energía y sobre resolución de disputas comerciales. La pregunta que se están haciendo ahora mismo los abogados comerciales en las tres capitales es si la estrategia de soberanía energética de México viola alguna de estas cláusulas o si, por el contrario, está perfectamente dentro del marco legal del tratado. La
respuesta corta es que Shane Baum y su equipo jurídico hicieron la tarea. La respuesta larga es más interesante. El TMEC incluye lo que se conoce como excepciones de seguridad nacional, cláusulas que permiten a cualquiera de los tres países tomar medidas que normalmente violarían el espíritu del libre comercio si esas medidas están justificadas por razones de seguridad nacional.
Y ahí está la genialidad jurídica del planteamiento de Shane Baum. Toda la estrategia de soberanía energética ha sido enmarcada desde el primer día, no como una política comercial proteccionista, sino como una medida de seguridad nacional. Cuando tu vecino más poderoso usa la energía como arma de presión política, cuando te amenaza con cerrar gasoductos para forzarte a cambiar tus políticas migratorias, cuando manipula los precios del gas para debilitar tu industria, entonces asegurar tu propio suministro energético no es proteccionismo, es
legítima defensa. Ese es el argumento legal y político que sostiene toda la estrategia y es un argumento que cualquier tribunal internacional tendría muy difícil rechazar, especialmente cuando existe evidencia documentada de las amenazas energéticas de la administración Trump. Esto pone a Estados Unidos en una posición extremadamente incómoda.
Si lleva el caso al panel de resolución de disputas del TMEC, tendría que argumentar que México no tiene derecho a proteger su seguridad energética. tendría que defender públicamente que un país debe mantenerse deliberadamente dependiente de su vecino en materia de energía. Ese argumento es tan absurdo que ningún abogado serio querría presentarlo ante un tribunal internacional.
Y Trump lo sabe. Por eso, hasta ahora la respuesta de Washington ha sido más retórica que legal. más amenazas en redes sociales que acciones concretas en tribunales comerciales. Ahora vamos a hablar de algo que me parece crucial y que tiene que ver con el impacto interno de esta estrategia en la economía mexicana. Porque todo lo que hemos discutido hasta ahora se ha centrado en la dimensión geopolítica, en la relación con Estados Unidos, en el tablero internacional.
Pero, ¿qué pasa dentro de México? ¿Cómo afecta esto a la gente común, al trabajador, al empresario, al consumidor? Empecemos por el empleo. La construcción del cinturón de soberanía energética ha generado directamente más de 150,000 empleos en el sector de la construcción, pero eso es solo la punta del iceberg.
Cuando consideras los empleos indirectos, los proveedores de materiales, los servicios de alimentación y hospedaje para los trabajadores, el transporte, la logística, la manufactura de componentes, estamos hablando de un efecto multiplicador que, según estimaciones de la Secretaría de Economía, ha generado entre 500,000 y 700,000 empleos en total.
En un país donde el empleo formal sigue siendo un desafío, esto no es menor. Son familias enteras que ahora tienen un ingreso estable gracias a esta estrategia. Pero el impacto en el empleo va más allá de la construcción. La operación y mantenimiento de toda esta nueva infraestructura va a requerir una fuerza laboral técnica especializada durante décadas.
Estamos hablando de ingenieros eléctricos, técnicos en energía solar, especialistas en turbinas eólicas, operadores de gasoductos, analistas de redes eléctricas inteligentes. El gobierno lanzó en paralelo un programa masivo de capacitación técnica a través del sistema de universidades tecnológicas y politécnicas del país, formando a miles de jóvenes en las habilidades que esta nueva economía energética demanda.
Es una apuesta por el capital humano mexicano que podría transformar comunidades enteras. En Sonora, por ejemplo, pueblos que antes vivían exclusivamente de la agricultura de subsistencia, ahora tienen a sus jóvenes trabajando como técnicos de mantenimiento en el complejo solar, ganando salarios tres o cuatro veces superiores a lo que obtendrían en el campo.
En Oaxaca, comunidades indígenas que fueron consultadas e incluidas en el proyecto del parque eólico ahora reciben regalías por el uso de sus tierras y tienen acceso a electricidad confiable por primera vez en su historia. No idealemos el proceso porque ha habido conflictos, ha habido resistencias, ha habido errores en la implementación, pero la tendencia general es innegable.
Esta infraestructura está distribuyendo oportunidades económicas en regiones que históricamente fueron abandonadas por el modelo neoliberal. Ahora hablemos del impacto en los precios de la energía para la industria mexicana, porque esto es lo que determina si México se vuelve más o menos competitivo globalmente.
Uno de los argumentos que la oposición ha esgrimido contra esta estrategia es que la autosuficiencia energética es más cara que simplemente importar gas barato de Texas. Y en el corto plazo, seamos honestos, tenían razón. Los primeros meses de transición implicaron costos elevados, construir gasoductos, instalar paneles solares, modernizar plantas hidroeléctricas.
Todo eso cuesta dinero, mucho dinero. Y ese costo inicialmente se reflejó en tarifas energéticas que no bajaron tan rápido como el gobierno prometía. Sin embargo, y aquí es donde la visión de largo plazo demuestra su valor, los números están empezando a cambiar dramáticamente. La energía solar y eólica tiene una característica económica que la hace fundamentalmente diferente al gas natural.
Una vez que instalas el panel solar o la turbina eólica, el combustible es gratis, el sol no te cobra, el viento no te manda factura. Los costos de operación y mantenimiento son una fracción de lo que cuesta comprar gas mes tras mes, año tras año. A medida que estos proyectos renovables alcanzan su capacidad máxima, el costo promedio de generación eléctrica en México está bajando y va a seguir bajando.
Las proyecciones de la Comisión Federal de Electricidad indican que para 2028 el costo de la electricidad para la industria mexicana será entre un 15 y un 20% menor que el actual. Eso convertiría a México en uno de los países con energía industrial más competitiva de toda América y eso tiene un efecto cascada en la atracción de inversión manufacturera.
Las empresas globales que están buscando dónde instalar sus fábricas no solo miran los salarios y la ubicación geográfica, miran el costo de la energía. Si México puede ofrecer energía limpia, confiable y barata, se convierte en un imán para la manufactura avanzada, especialmente en el contexto del near shoring, donde las empresas están buscando alternativas a China.
Y esto nos lleva a otra dimensión que pocas veces se discute, pero que es absolutamente central. El litio. México tiene una de las reservas de litio más grandes del mundo, particularmente en Sonora. El litio es el mineral esencial para las baterías que alimentan los vehículos eléctricos, los sistemas de almacenamiento de energía y prácticamente toda la revolución tecnológica del siglo XXI.
Durante el gobierno anterior se declaró al litio como recurso estratégico de la nación y se creó una empresa estatal para su explotación. Bajo la administración de Shainba esa empresa ha sido fortalecida y se han firmado acuerdos de cooperación tecnológica con empresas de Corea del Sur y Alemania. para desarrollar la capacidad de procesamiento del litio dentro de México.
La conexión con la estrategia energética es directa. Si México genera energía renovable masiva y además controla reservas significativas de litio, puede posicionarse como un actor central en la cadena de valor de las baterías y los vehículos eléctricos. No solo extraer el mineral y venderlo como materia prima, que es lo que históricamente han hecho los países latinoamericanos con sus recursos naturales, sino procesarlo, transformarlo y exportarlo como producto de alto valor agregado.
Eso cambiaría fundamentalmente la posición de México en la economía global. Pasaría de ser un país que exporta mano de obra barata y materias primas a ser un país que exporta tecnología energética y componentes avanzados. Trump entiende perfectamente esto y por eso su reacción ha sido tan viseral. No se trata solo de que México deje de comprar gaste sano.
Se trata de que México está construyendo las bases para competir con Estados Unidos en los sectores industriales del futuro. La soberanía energética es solo el primer paso de una estrategia de desarrollo industrial que podría convertir a México en una potencia manufacturera de primer nivel en las próximas dos décadas.
Pero seamos rigurosos y hablemos también de los riesgos, porque esta estrategia no está exenta de peligros y sería irresponsable no mencionarlos. El primer riesgo es financiero. 70,000 millones de dólares es una cantidad enorme de dinero. La reingeniería financiera de Pemex y la CFE para canalizar estos recursos ha implicado decisiones contables y fiscales que algunos economistas consideran arriesgadas.
Si la producción de gas no alcanza las metas proyectadas, si los costos de construcción se disparan, si hay retrasos significativos en alguno de los proyectos clave, la deuda acumulada podría convertirse en una carga pesada para las finanzas públicas. El gobierno apuesta a que los ahorros generados por dejar de importar gas compensarán con creces la inversión, pero es una apuesta y como toda apuesta tiene un margen de error.
El segundo riesgo es técnico. Aumentar la producción de gas en un 60% en un año es un logro extraordinario, pero también genera preguntas sobre la sostenibilidad de ese ritmo de extracción. Los yacimientos de gas no son infinitos. Si se explotan demasiado rápido sin una gestión adecuada de las reservas, la producción podría caer abruptamente en unos años, dejando a México en una posición similar o peor a la actual.
El gobierno asegura que la estrategia contempla tasas de extracción sostenibles y que la transición a renovables reducirá progresivamente la necesidad de gas. Pero los expertos independientes piden ver los datos técnicos detallados antes de dar por buena esa proyección. El tercer riesgo es geopolítico. Provocar a Estados Unidos nunca es gratis.
Trump es un líder impredecible que ha demostrado disposición a tomar decisiones radicales cuando se siente desafiado. La respuesta podría venir no por el lado energético donde México ya se ha blindado, sino por otros flancos. aranceles masivos a las exportaciones mexicanas no energéticas, restricciones a las remesas que envían los trabajadores mexicanos desde Estados Unidos, endurecimiento extremo de la política migratoria o incluso presiones para que las agencias calificadoras degraden la deuda soberana de México.
El escudo energético protege contra el chantaje del gas, pero no contra todas las formas posibles de presión económica. Y hay un cuarto riesgo que es más sutil, pero igualmente importante, el riesgo político interno. Una estrategia de esta magnitud requiere continuidad, requiere que el próximo gobierno y el siguiente mantengan el rumbo, sigan invirtiendo en la infraestructura, sigan operando las plantas y los gasoductos con eficiencia.
Si en 6 años llega un gobierno de signo contrario que decide privatizar estos activos, renegociar los contratos con Qatar o reorientar la política energética hacia la dependencia del gas estadounidense, todo este esfuerzo podría deshacerse. La soberanía energética no se construye en un sexenio, se construye en una generación y México tiene un historial complicado de continuidad en sus políticas públicas.
Dicho todo esto y habiendo reconocido los riesgos con honestidad, la evaluación general de lo que está haciendo Shainbaum en materia energética es extraordinaria, no porque sea perfecta, no porque no tenga flancos débiles, sino porque representa un cambio de paradigma en la manera en que México se relaciona con el mundo y consigo mismo.
Durante décadas nos acostumbramos a pensar que la dependencia de Estados Unidos era inevitable, que era el precio de la geografía, que simplemente no había alternativa. Esta estrategia demuestra que sí la hay, que la alternativa existe, que se puede construir, que requiere visión, inversión y voluntad política, pero que es posible.
Y quizás eso es lo más poderoso de todo. No los gasoductos, no los paneles solares, no las turbinas eólicas. Lo más poderoso es la idea de que México puede ser dueño de su propio destino energético, que no estamos condenados a ser el patio trasero de nadie, que podemos mirar a nuestro vecino del norte a los ojos y negociar como iguales.
Esa idea, una vez que se instala en la conciencia de un pueblo, es imposible de revertir. Puedes destruir un gasoducto, puedes desmantelar un parque solar, pero no puedes destruir la convicción de que mereces ser libre. Hay un dato histórico que me parece fundamental para poner en perspectiva lo que estamos viviendo.
En 1938, el presidente Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo mexicano en un acto de soberanía que definió la identidad del país durante el resto del siglo XX. Fue un movimiento audaz, arriesgado, que enfureció a las potencias extranjeras y que muchos consideraron suicida económicamente. La historia demostró que fue una de las decisiones más trascendentales en la vida de la nación.
Lo que Shinbaum está haciendo hoy tiene ecos directos de aquel momento histórico. No es una nacionalización en el sentido tradicional, es algo diferente. Es la construcción de una infraestructura soberana que hace irrelevante la dependencia externa. Pero el espíritu es el mismo. Es un acto de afirmación nacional frente a la presión extranjera.
Y así como la expropiación petrolera definió al México del siglo XX, la soberanía energética podría definir al México del siglo XXI. Los próximos meses van a ser decisivos. La respuesta de Trump, las negociaciones comerciales pendientes, la evolución de los precios internacionales de la energía, el avance de los proyectos de infraestructura.
Todo esto va a determinar si la apuesta de Shane Bombida como un éxito histórico o si enfrenta obstáculos que la ralenticen. Lo que es indudable es que el movimiento ya se hizo, las cartas ya están sobre la mesa y el tablero geopolítico de Norteamérica ya cambió de manera irreversible. México acaba de demostrarle al mundo que un país del sur global puede desafiar la hegemonía energética de la potencia más grande del planeta y salir fortalecido.
Que la transición verde no es un lujo de países ricos, sino una herramienta de liberación para los países en desarrollo. Que la soberanía no se declara con discursos, sino que se construye con infraestructura, con inversión, con trabajo y con una visión estratégica de largo plazo. Esto es lo que está pasando en México hoy.
Esto es lo que los medios tradicionales no te están contando con la profundidad que merece y esto es lo que va a determinar el futuro de nuestro país y de toda la región durante las próximas décadas. Ahora, más que nunca necesito que me digas qué piensas. ¿Crees que esta estrategia de soberanía energética es sostenible a largo plazo o crees que los riesgos financieros y geopolíticos son demasiado grandes? ¿Crees que México realmente puede competir en la carrera global por las energías del futuro? ¿O crees que estamos sobreestimando
nuestras capacidades? Este es un debate que nos concierne a todos porque se trata de nuestro futuro, del futuro de nuestros hijos y del lugar que México va a ocupar en el mundo. Déjame tu opinión en los comentarios. Comparte este video con quien necesite entender lo que realmente está pasando y suscríbete porque esto apenas comienza.
En el próximo video vamos a entrar de lleno en los contratos específicos que se firmaron con Qatar y con Noruega. Vamos a revisar las cláusulas, los montos, los plazos y los beneficios concretos que México va a obtener. También vamos a hablar de la reacción de las empresas tejanas que ya están presionando a sus congresistas para que frenen a Trump antes de que pierdan todo el mercado mexicano.
Es información que no vas a encontrar en ningún otro lado y que necesitas conocer para entender hacia dónde va este país. Nos vemos en el próximo