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Lola Beltrán: Lo Que Le Hizo Su Propio Sobrino a Su Hija Mientras Ella Triunfaba en París

 que pasó cuando ella estaba en el escenario y su hija estaba sola, lo que pasó en las paredes que para el mundo entero parecían el santuario de una reina de la música y por dentro guardaban un horror que la propia Lola jamás llegó a sospechar. Vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron. Primero, ¿quién era ese primo? ¿Quién era ese hombre que Lola trataba como a un hijo que llevaba sus giras, que tenía las llaves de la casa, que estaba siempre cerca? Vas a entender por qué Lola confíó tanto en él. Segundo, lo que pasaba dentro de la

casa de Coyoacán mientras Lola triunfaba en el Olimpia de París y en el Palacio de Bellas Artes. Vas a entender cómo es posible que la mujer más famosa de la canción ranchera mexicana no supiera lo que su sobrino le estaba haciendo a su única hija. Tercero, ¿por qué María Elena cayó durante más de 30 años? ¿Por qué se mordió la lengua cada vez que iba a su madre? a la habitación a peinarla.

¿Por qué se aguantó cuando lloraba sola en el baño? ¿Por qué se hizo grande sin decir una palabra? Y cuarto, las otras víctimas que aparecieron después. Porque cuando María Elena habló, se abrió una caja que muchas personas en el medio del espectáculo mexicano preferían dejar cerrada.

 apareció una actriz famosísima, cuyo nombre tú reconoces inmediatamente. Apareció el hijo adoptado de Lola. Apareció una amenaza de muerte por la herencia y apareció una pregunta que todavía hoy no tiene respuesta. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes quiero que cierres los ojos un momento. Quiero que recuerdes, porque esta historia empieza mucho antes de Coyoacán.

 empieza en un pueblito de Sinaloa que se llama El Rosario, allá por 1932, cuando nació una niña a la que sus padres le pusieron María Lucila Beltrán Ruiz. Su mamá cantaba en la cocina, su papá administraba una mina y la niña pasaba las mañanas en una escuelita de monjas carmelitas. Tenía una voz que cuando se ponía a cantar en el coro de la iglesia, las viejitas del pueblo lloraban.

 No sabían por qué lloraban, pero algo en esa voz de niña les llegaba a un lugar del alma donde antes solo había llegado la oración. Esa niña crecería para ser Lola Beltrán, Lola la Grande, la reina de la canción ranchera mexicana. La voz más profunda y más sentida que ha tenido este país en toda su historia. Tú te acuerdas, mi gente, de la primera vez que escuchaste a Lola.

 A lo mejor estabas en la cocina de tu mamá con el radio prendido y de pronto sonó cucurrucucu paloma y tu mamá se quedó quieta con las manos llenas de masa. A lo mejor era en el coche de tu papá viniendo de la escuela y tu papá subió el volumen y le dijo a tu mamá, “Óyela, óyela. ¿Cómo canta esa mujer? A lo mejor fue en una fiesta de 15 años o en una boda o en una velada de Navidad cuando una tía se levantaba a cantar Paloma Negra con los ojos cerrados y el corazón roto. Lola Beltrán fue eso.

 Fue el fondo musical de tu vida. Fue la voz que estuvo cuando tu madre se casó, cuando se divorció, cuando enterró a alguien, cuando cumplió 50 años. Lola Beltrán fue la mujer que cantó tu historia antes de que tú la vivieras. Era una mujer alta, de hombros anchos, con una presencia que llenaba un salón antes incluso de cantar.

 Tenía una voz de contralto rarísima, esas voces graves de mujer que pueden subir hasta los agudos sin perder el peso. Le decían Lola a la grande, no nada más por la voz. Le decían así porque cuando entraba a un foro, todo el mundo se volteaba. Porque cuando se sentaba en un café, los meseros olvidaban a quién estaban atendiendo, porque cuando se subía a un escenario era como si entrara una emperatriz y se ganó esa corona a pulso.

 Llegó a la ciudad de México con su mamá, dicen las crónicas, en un viaje a la Basílica de Guadalupe. Se hospedaron en un hotelito cerca de la estación de Radio Oxidobu. En los años 50, Lola se acercó a las puertas de la estación a buscar trabajo. La conoció Miguel Acébes Mejía, que era ya entonces una estrella, y la recomendó al director artístico de la estación, un señor que se llamaba Amado C. Guzmán.

 ¿Y sabes qué le dijo ese señor a la Lola? Le dijo que no le interesaba su voz, que no la veía cantando, pero que necesitaba una secretaria y le ofreció trabajo de mecanógrafa. Lola aceptó, cobraba un sueldo mínimo, escribía a máquina los guiones de los programas que se transmitían por la equ, esación que en aquellos años era la voz de América Latina desde México.

 Trabajaba todo el día y por las noches se quedaba escuchando a las cantantes desde la cabina de control, aprendiéndose las canciones, esperando una oportunidad. Y la oportunidad llegó cuando la cantante principal del programa Así es mi tierra, una mujer apodada a la torca se enfermó y tuvo que cancelar las grabaciones. Lola hizo audición, la escuchó el músico Tata Nacho, director del programa, y se quedó callado.

 Y cuando Lola terminó de cantar, Tata Nacho dijo nada más una frase. Dijo, “Esta muchacha tiene la voz que andábamos buscando.” A partir de ahí, todo cambió. Lola grabó su primer disco con la disquera Pirl 1954. Era una canción de José Alfredo Jiménez que se llamaba Cuando el destino fue un éxito inmediato y de ahí no paró. Grabó con RCA, grabó con gas, le decían la reina. Cantó por todo el mundo.

 París, Madrid, Buenos Aires, Tokio, Moscú, Nueva York. Cantó en el Palacio de Bellas Artes. Fue la primera mujer de música ranchera que pisó ese escenario que antes solo había sido para la ópera. Cantó en el Carnegijol. Cantó en el Olimpia de París, ese teatro donde había cantado Edit Piaf, a la que Lola admiraba tanto que se le quebraba la voz al decir su nombre.

Yo te quiero contar algo que se contaba en los pasillos de la Chihuebliu, mi gente. Algo que las viejitas que trabajaban en aquella estación recordaron muchos años después. Decían que cuando Lola empezó, los productores la veían rarísima. Decían que Lola no era como las otras cantantes. Las otras cantantes llegaban arregladas como si fueran al baile, con pestañas postizas, con joyas con perfume.

 Lola llegaba sencilla, con su rebozo en los hombros, con el pelo recogido en chongo, con una libretita en la mano donde traía anotadas las canciones que se iba aprendiendo. Y decían que cuando Lola se ponía a cantar, los técnicos de la cabina se quedaban en silencio. Se les caía la cuchara del café, se les olvidaba que estaban grabando.

Porque esa voz, esa voz de contralto que subía y bajaba como si tuviera vida propia, esa voz no era de este mundo. Esa voz se sentía como si tu mamá te estuviera cantando una canción cuando eras niño. Esa voz te traía a la memoria a los muertos. Esa voz te recordaba al primer hombre que te rompió el corazón.

Esa voz te ponía a llorar antes de que entendieras la letra. En aquella época, mi gente, los grandes compositores mexicanos empezaron a buscarla. José Alfredo Jiménez quería de intérprete para sus canciones. Cu Sánchez le mandaba canciones inéditas. Tomás Méndez, el compositor de Cucurrucucu Paloma, dijo una vez en una entrevista que él había escrito la canción pensando que iba a ser para un mariachi de hombres y que la primera vez que escuchó a Lola interpretarla se quedó callado un minuto entero y después le dijo, “Esta

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