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Lo que la Princesa Diana le dijo a José Mujica sobre ser uno mismo — su gesto lo dijo todo

 Dicen que necesitan un médico de confianza para una evaluación discreta. La sala de espera se quedó en silencio. Incluso los niños dejaron de jugar. Mujika alzó la vista del viejo ejemplar de National Geographic que tenía en las manos, la princesa Diana. El nombre resonaba incluso en Uruguay, ese pequeño país que ella probablemente apenas ubicaba en el mapa.

Durante las semanas siguientes, Montevideo comenzó a prepararse para algo que nadie había anticipado. Diana Spencer, la princesa de Gales, que había cautivado al mundo con su labor humanitaria, llegaría a Uruguay como parte de una gira discreta por Sudamérica para visitar organizaciones que trabajaban con niños en situación de vulnerabilidad.

Tras su separación del príncipe Carlos, Diana había redefinido su rol, alejándose de los protocolos rígidos de la corona para acercarse a las causas que realmente le importaban. La noticia corrió como pólvora entre los círculos políticos. El gobierno uruguayo se movió con rapidez para organizar las recepciones formales, pero Diana había sido clara.

 Quería menos protocolo y más contacto real con la gente. Quería ver los programas sociales, los refugios, las escuelas en los barrios más humildes. No le interesaban los palacios ni las cenas de gala. Quería tocar la realidad. En el palacio legislativo, durante una sesión ordinaria, el tema surgió inevitablemente. Los diputados discutían quién debería acompañar a la princesa en sus visitas.

Algunos proponían al ministro de Relaciones Exteriores, otros sugerían formar una comitiva con representantes de todos los partidos. Mujica escuchaba desde su banca, sin decir nada, con esa expresión contemplativa que lo caracterizaba. Y vos, Pepe, ¿qué pensás de todo este circo?, le preguntó un colega del Frente Amplio.

 Mujica se encogió de hombros. Mirá, si la señora quiere venir a ver cómo vive la gente de verdad, que venga no más, pero que no le muestren solo lo lindo. Que vea las cañerías rotas, los techos que gotean. Las madres que no llegan a fin de mes. Eso es Uruguay también. Eso es cualquier país si lo mirás de cerca.

 Sus palabras resonaron en el recinto. No era la primera vez que Mujica desafiaba las convenciones. Su experiencia en la cárcel lo había despojado de cualquier pretensión. sabía lo que era perder todo, incluso la dignidad, y luego tener que reconstruirse desde cero. No le impresionaban los títulos ni los linajes, le importaban las personas, sus luchas, sus pequeñas victorias cotidianas.

 El día de la llegada de Diana amaneció nublado, pero sin lluvia. En el aeropuerto internacional de Carrasco, un grupo reducido esperaba. La princesa descendió del avión con esa elegancia que la caracterizaba, pero había algo diferente en ella. Los que la vieron de cerca notaron una cierta vulnerabilidad en sus ojos, una melancolía que no aparecía en las fotografías de las revistas.

Vestía un traje sencillo color crema, sin joyas ostentosas. Su famoso cabello rubio se movía con la brisa del río de la plata. Las primeras visitas transcurrieron según lo planeado. Diana visitó un hospital pediátrico donde sostuvo en brazos a niños enfermos con una ternura que conmovió a las enfermeras. Recorrió un comedor comunitario en el cerro, donde compartió mate con las mujeres que cocinaban para cientos de familias cada día.

 En cada lugar, Diana se arrodillaba para estar a la altura de los niños. Les preguntaba sus nombres, escuchaba sus historias con una atención que parecía genuina, pero fue en la tercera jornada cuando algo inesperado ocurrió. Diana había expresado su deseo de conocer experiencias de reinserción social, de ver cómo personas que habían enfrentado la adversidad extrema podían reconstruir sus vidas.

 Alguien en la embajada británica, quizás con más perspicacia de la esperada, mencionó el nombre de José Mujica, un exguerrillero que había pasado 14 años preso, dos de ellos en el fondo de un pozo y que ahora servía en el Congreso. Un hombre que vivía en una chakra modesta, donaba gran parte de su salario y conducía un Volkswagen escarabajo del 87.

 ¿Sería apropiado?, preguntaron los asesores británicos. “Creo que la princesa querría conocerlo”, respondió uno de los funcionarios uruguayos que había hecho su tarea. Y así fue como una tarde de abril un convoy discreto salió de Montevideo rumbo a Rincón del Cerro. No eran las limusinas blindadas habituales de la realeza, sino vehículos comunes que se mezclaban con el tráfico cotidiano.

Diana había insistido, no quería llamar la atención, no quería que la gente sintiera que estaba en un escenario montado. El camino de tierra que llevaba a la chakra de Mujica estaba lleno de baches que el último invierno había abierto. Los árboles a ambos lados formaban un túnel verde que olía a eucalipto y tierra húmeda.

 A lo lejos se escuchaba el ladrido de un perro. No había lujos allí, solo la sencillez de quien había elegido vivir de acuerdo a sus convicciones. Cuando los vehículos se detuvieron frente a la casa, Mujica estaba en el jardín podando unos rosales que Lucía cultivaba con dedicación. El jardín no era sofisticado, no tenía el diseño de un paisajista profesional.

Era el jardín de alguien que trabajaba la tierra con sus propias manos, que entendía el lenguaje de las plantas, no por libros, sino por experiencia. Cada rosal había sido plantado con paciencia, regado con constancia, podado con cuidado, no por estética, sino porque Lucía amaba ver cómo algo pequeño y frágil podía crecer hasta dar flores hermosas.

 Mujica llevaba botas de goma embarradas, pantalones de trabajo remendados en las rodillas y una camisa a cuadros que había visto mejores días. sus manos, esas manos que habían empuñado armas, que habían sido esposadas, que habían cavado la tierra durante años de trabajo en la chakra, sostenían las tijeras de podar con la delicadeza de quien conoce el valor de cuidar algo vivo.

 Al ver el convoy, no corrió a cambiarse de ropa. No intentó ocultar el barro en sus botas o el sudor en su frente. dejó las tijeras de podar sobre una mesa de madera gastada por el sol y la lluvia y se limpió las manos en el pantalón. No había nerviosismo en sus movimientos, solo la calma de quien había aprendido en 14 años de prisión a no impresionarse por las apariencias.

Había visto guardias vestidos con uniformes impecables cometer actos de crueldad inimaginable. Había conocido prisioneros en Arapos que poseían una dignidad que ninguna ropa fina podía otorgar. Diana descendió del vehículo por un momento, antes de que sus miradas se encontraran, ella observó el lugar. La casa modesta con su techo de chapa, el jardín simple, pero bien cuidado, las gallinas picoteando en un corral cercano, un gato dormitando en el porche.

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