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Le dijo a Jorge Negrete “Si sabes cantar Cielito Lindo, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

 Uno de ellos era Jorge Negrete. No llevaba traje de charro, llevaba un saco oscuro y el cabello peinado hacia atrás con la precisión de quién sabe que va a ser reconocido aunque no quiera hacerlo. Había llegado con su manager, un productor de la XCW y un amigo de Guadalajara, cuyo nombre nadie en esa historia necesita recordar.

Habían elegido el Folí precisamente porque no era el tipo de lugar donde uno esperaría encontrar a Jorge Negrete. Eso era lo que buscaban una noche sin protocolo, sin fotógrafos, sin el peso de ser el charro cantor de México en cada movimiento. Refugio les había puesto la mesa sin hacer comentarios. sabía quién era Negrete.

 Todo México sabía quién era Negrete. Pero Refugio era de los que entendían que hay momentos en que la gente necesita que no la reconozcan y que reconocer eso es más fino que cualquier otra cosa. Así que sirvió los tragos y se fue. En la mesa del fondo, separada de las demás por una columna de concreto que nadie se había molestado en disimular, había un hombre solo.

 Tenía 22 años, aunque aparentaba menos. Llevaba un saco que le quedaba grande en los hombros. de esos que se heredan o se compran en el mercado de la lagomilla sin probárselos. Tenía una cerveza sin abrir delante y los ojos puestos en el escenario con una concentración que no era la de alguien que espera entretenerse, sino la de alguien que está a punto de hacer algo y todavía está calculando si puede. Se llamaba Ernesto.

 Ernesto Villarreal. Había llegado a la ciudad de México desde Monterrey hacía 7 meses con una maleta de cartón, una dirección escrita en un papel y la certeza profunda e inexplicable como son las certezas de los 22 años, de que su voz valía algo. Todavía no había podido demostrarle eso a nadie más que a sí mismo.

 Ernesto había cantado en Monterrey desde los 15 años. Primero en las posadas del barrio, luego en los bailes de 15 años de las colonias populares, luego en una radiodifusora local que transmitía los domingos por la mañana y pagaba con un desayuno y el agradecimiento de locutor. No era una carrera, era una dirección. Una dirección que su padre, hombre de taller mecánico y pocas palabras, miraba con la desconfianza tranquila de quien ha visto muchas direcciones terminar en callejón.

Su madre era distinta. Su madre lo había escuchado cantar desde niño con esa atención particular de las madres que saben antes que nadie cuando algo en un hijo no es un pasatiempo, sino una vocación. Le había dicho que fuera. Le había doblado la ropa con cuidado, le había cosido el del saco que le quedaba grande y le había puesto en la mano el papel con la dirección de una prima lejana en la colonia Guerrero que podría alojarle las primeras semanas.

Ernesto llevaba 7 meses en la ciudad y las primeras semanas se habían convertido en 7 meses sin que nadie le explicara exactamente cómo había pasado eso. Había tocado puertas en la XCW. Le habían dicho que volviera. Había vuelto. Le habían dicho que dejara sus datos. Había dejado sus datos. Había cantado en dos bodas en Tlalpan, en un bautizo en Tacubaya, en una quermes en la colonia Santa María la Rivera, donde el micrófono no funcionaba y él había cantado sin el porque no había venido hasta la ciudad de México

para quedarse callado. Había aprendido en esos 7 meses algo que nadie le había enseñado en Monterrey, que la ciudad no te abre las puertas porque llegues con ganas. Las abre cuando llegas con ganas y con suerte y en el momento exacto y a veces ni así. Esa noche en el Folis no era un plan.

 Era un lunes y había pasado frente al letrero de neón parpade y había entrado porque adentro había luz y calor y porque llevaba la tarde entera caminando sin rumbo fijo pensando en si su padre tenía razón. Se había sentado en la mesa del fondo, había pedido una cerveza que no había abierto y había mirado el escenario con esa mezcla de deseo y miedo que produce las cosas que uno quiere demasiado.

 No sabía quién estaba sentado en la mesa más cercana al escenario. No había mirado hacia allá. tenía los ojos puestos en el escenario y solo en el escenario. El primero en subir esa noche fue un hombre de mediana edad con bigote y voz de barítono que cantó un bals con una seriedad que rozaba lo solemne.

 Lo cantó bien con esa solidez de quien ha cantado mucho sin nunca haber llegado a ningún lado en particular, pero ha encontrado en el camino una dignidad propia. Los aplausos fueron genuinos. El segundo fue una mujer joven que cantó una canción de Agustín Lara con una voz que era más valentía que técnica, pero que tenía algo, ese algo que no se estudia, que produce que la gente deje de hablar y escuche, aunque no sepa por qué.

 refugio desde la barra asintió en silencio, que era su manera de aplaudir. Ernesto los escuchó a los dos sin moverse. Los escuchó con esa atención suya que venía de años de aprender a oír no solo la voz, sino todo lo que rodea a la voz, la postura, la respiración, la manera en que alguien decide dónde poner el peso de una frase. Aprendía mirando.

Siempre había aprendido mirando. Cuando la mujer bajó del escenario, refugio anunció desde la barra que había espacio para otro voluntario. Ernesto miró la cerveza sin abrir, luego miró el escenario, luego se levantó, cruzó el Fol hacia el escenario con ese paso de los que no quieren que se note que les tiemblan las rodillas.

 Era un paso medido, ni muy lento ni muy rápido. El paso de alguien que ha decidido algo y ahora solo tiene que ejecutar la decisión antes de que el miedo encuentre un argumento convincente. Subió los dos escalones que separaban el piso del escenario, tomó el micrófono con la mano derecha y se paró bajo la única luz que iluminaba ese espacio.

 Un reflector de lata que alguien había instalado en el techo con una inclinación que no era exactamente profesional, pero cumplía su función. Desde arriba el folí se veía distinto. Se veían las mesas, los manteles de ule, los vasos, las caras levantadas hacia él con esa expresión neutral público que todavía no sabe que va a recibir y espera antes de decidir qué cara poner.

Ernesto vio todo eso en un segundo, luego dejó de ver el público y empezó a cantar. Cantó Serenata Huasteca. No era la canción más obvia para un lunes por la noche en el centro de la capital, pero era la canción que Ernesto conocía mejor. la que había cantado cientos de veces desde los 15 años.

 La que vivía en su voz de una manera que las otras canciones todavía no vivían. La cantó desde el principio, sin adornos innecesarios, sin los recursos de demostración que usan los cantantes que tienen más técnica que convicción. La cantó como la había cantado siempre, como si la canción fuera suya, como si hubiera crecido en el mismo lugar donde esa canción había crecido.

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