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Le dejaron el pantano que todos temían — cuando el río se desbordó, fue el único lugar seguro…

Capítulo 2: La Vida en el Tremedal

Dejadme seros sincero: los primeros meses fueron un puto infierno. No hay otra forma de describirlo. Si alguna vez habéis pisado un humedal puro y duro, sabréis de lo que hablo. El olor a vegetación en descomposición te golpea como un muro físico. Cada paso que dabas era una apuesta: o encontrabas tierra firme o te hundías hasta la rodilla en un fango negro que te chupaba la bota.

Construí mi cabaña en la única elevación real del terreno, un viejo montículo rocoso en el centro del pantano al que llamaban “La Chepa”. Desde allí, veía a lo lejos las grúas de mi hermano Carlos levantando chalets adosados a cincuenta metros del lecho del río. El pueblo estaba eufórico. “¡Progreso!”, gritaban. “¡San Juan se moderniza!”.

Yo, mientras tanto, luchaba contra la humedad que se metía en los huesos. Pero entonces, algo cambió. Empecé a observar. No a mirar por encima, sino a observar de verdad.

Os cuento una cosa que he aprendido por las malas, y que cualquiera que haya trabajado la tierra os confirmará: la naturaleza no hace nada por accidente. Lo que nosotros llamamos “suciedad” o “barro inútil”, es en realidad una máquina perfecta. El pantano no era un pozo ciego. Era una esponja gigante. Un pulmón acuático.

Empecé a notar cómo, durante las pequeñas tormentas de otoño, el agua que caía en picado por la montaña no llegaba de golpe al valle. El Tremedal la frenaba. Las raíces profundas de los sauces llorones, los cañaverales tupidos y el musgo espeso absorbían toneladas de agua. La filtraban, la calmaban, la retenían. Me di cuenta de que mi terreno era el verdadero escudo del pueblo, y ellos, en su infinita ignorancia, lo odiaban.

Personalmente, llegué a amar aquel lugar. ¿Era duro? Sí. ¿Acababa con las manos llenas de cortes y picaduras? También. Pero había una honestidad brutal en el pantano. No había falsas sonrisas como las de mis hermanos. Si dabas un paso en falso, te caías. Punto. Era la vida reducida a sus reglas más básicas. Empecé a cultivar arroz de secano en los bordes, a recolectar arcilla para vender, y a criar patos. Me adapté. Me convertí en el loco del pantano. Cuando iba a la plaza del pueblo a comprar provisiones, la gente se apartaba. Las madres cogían a sus hijos de la mano.

“Ahí va Elías”, susurraban. “Huele a podredumbre. Qué lástima, con lo listos que salieron sus hermanos”.

Me hervía la sangre, no os voy a mentir. Hay veces que la injusticia te aprieta la garganta hasta dejarte sin aire. Quería gritarles: ¡Vuestros preciosos chalets están construidos en una zona inundable! ¡El río se va a tragar vuestras hipotecas a treinta años! Pero, ¿quién escucha a un hombre con botas de goma llenas de barro y las uñas negras? Nadie. Así que me callaba. Y seguía trabajando.

Capítulo 3: La Ceguera de la Ambición

Pasaron cuatro años. El proyecto de Carlos fue un éxito rotundo. Construyó cincuenta casas a la orilla del río. Las vendió todas a precios desorbitados. Familias jóvenes de la ciudad vinieron buscando “el encanto rural”, atraídas por grandes ventanales con vistas a la corriente del agua. Roberto, por su parte, abrió un concesionario inmenso justo en la llanura contigua.

Yo los miraba desde La Chepa. A veces, por las noches, me sentaba en el porche con una taza de café hirviendo, escuchando el canto de las ranas y viendo las luces de la nueva urbanización brillar como luciérnagas arrogantes.

Un día, bajé al ayuntamiento por un trámite de la contribución. Me crucé con Carlos en los pasillos. Llevaba un traje de lino beige impecable.

—¡Hombre, el ermitaño! —exclamó en voz alta, asegurándose de que la secretaria y un par de concejales le oyeran—. ¿Qué pasa, Elías? ¿Se te han amotinado los sapos?

Las risas resonaron en el pasillo. Yo le miré fijamente. No sentí vergüenza, solo una profunda y oscura lástima.

—El río bajaba turbio hoy, Carlos —le dije, bajando la voz, intentando que me escuchara como a un hermano, no como a un rival—. Y las cigüeñas han hecho los nidos dos metros más altos que el año pasado en los fresnos viejos. Los animales lo saben.

Carlos resopló, mirándome como si me hubiera vuelto completamente loco. —¿Las cigüeñas? Por Dios, Elías, estás perdiendo la cabeza en ese barrizal. Hemos puesto muros de contención de hormigón armado de dos metros de grosor. Este no es el siglo XIX. Controlamos el río.

—Nadie controla un río, Carlos. Solo le pedimos permiso para vivir a su lado hasta que cambia de opinión.

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