Y Frankie Gámes se quedó sin el grupo que él mismo había fundado, que el mismo había armado, al que el mismo había enseñado a tocar. Una ruptura que en el papel parecía resoluble y que en la práctica resultó ser el principio del fin. La primera caída pierde su nombre y su legado. Cuando Franky salió de Los Hapson, perdió más de lo que creía.
Los apson continuaron, buscaron nuevos vocalistas y siguieron grabando. Pusieron a diferentes cantantes a interpretar las canciones que Frankie había creado con estilos que imitaban el suyo. El propio Franky desde la distancia lo analizó así. Quizá fueron buenos cantantes, pero los pusieron a imitarme y eso fue su error, pues no les dieron oportunidad de sacar su propio estilo.
Eso los acabó. Ninguno de esos nuevos vocalistas logró el éxito arrollador que había tenido el grupo cuando Frankie cantaba. Pero losson siguieron siendo los apson y Frankie fue quedando como un exintegrante. Lo que duele en particular es que Frankie tampoco podía llevarse consigo las canciones que había hecho famosas con el grupo.
Esos temas pertenecían a los apson como entidad, a los contratos con la disquera Pirlis, no a él individualmente. Si salía a tocar en solitario o con otra banda, no podía presentarse como el hombre que cantó popelle y fue en un café con la misma naturalidad con que lo había hecho adentro del grupo.
El repertorio que lo había hecho famoso estaba atado al nombre del que había salido y construir un nuevo repertorio desde cero con el mismo impacto no es algo que le funcione a cualquiera. El golpe doble es el que duele más. Frankie perdió su lugar en el grupo y las canciones que había creado y grabado con los apson quedaron asociadas al nombre del grupo, no al suyo.
El público que escuchaba Por eso estamos como estamos o fue en un café en la radio pensaba en los apson, no en Franky Games. Era como si todo lo que había construido siguiera existiendo, pero sin el adentro. Una sensación que cualquier músico que haya pasado por algo similar conoce bien. Ver que tu legado sigue siendo explotado por otros mientras tú tienes que empezar desde cero.
La segunda cima, Frankie y los matadores. Pero Frankie Gámez quedó quieto. En 1966 viajó a Nogales, Sonora, a hacer una presentación como solista en el Starl del Hotel Alambra. Ahí estaba tocando un grupo llamado Los Arcs, formado por músicos nogalenses que ya tenían historial en la escena regional. Franky los escuchó esa noche. La combinación funcionó y los convenció de irse de gira con el recorriendo el Pacífico Mexicano hasta llegar al Distrito Federal.
Llegaron a Pirl, hicieron un demo y los contrataron de inmediato. El nombre del nuevo grupo quedó como Frankie y los matadores. Esta vez el nombre llevaba el suyo adelante y el éxito regresó. Con los matadores, Frankie grabó otras 90 canciones entre 1967 y 1973. La canción que los hizo famosos a nivel nacional fue Conozco a los dos, un clásico que sigue siendo reconocido hasta hoy por las generaciones que vivieron esa época.
También me estás cotorreando y a Ribeders y María formaron parte del repertorio que los mantuvo en la escena durante esos 6 años. Frankie Games había demostrado que podía reconstruirse solo, sin el nombre de los apson, con su voz y su talento como única carta, y lo había logrado. La segunda cima era real. cuando la industria te da la espalda.
Pero los años 70 trajeron un cambio en el panorama musical mexicano que afectó a toda la generación de Franky Games. El rock fronterizo que había dominado la década anterior fue perdiendo espacio frente a nuevas tendencias. Las disqueras empezaron a apostar por otros sonidos, por artistas más jóvenes, por géneros diferentes.
Para 1973, Franky y los matadores se habían disuelto y Frankie Gamees entró en la etapa que para muchos músicos de esa generación significó el comienzo del olvido, la vida del músico itinerante, giras pequeñas, presentaciones en eventos locales, tocadas en ferias y centros nocturnos de ciudades fronterizas.
Sin el respaldo de una disquera grande, sin el nombre de los apson detrás, sin el impulso de Frankie y los matadores en su momento de pico, Frankie Games fue quedando cada vez más lejos del centro de la industria. No desapareció de golpe. Fue un proceso lento, gradual, como le pasa a casi todos los que la industria decide que ya no son útiles.
Un día eres la voz que todos quieren en su escenario. El siguiente ya nadie te llama. Y para finales de los años 80, Franky Gáes era un hombre que las nuevas generaciones no conocían. Es el patrón clásico del músico que construyó algo grande, pero que no supo o no pudo construir la estructura que le permitiera sobrevivir cuando el éxito se enfriara.
La industria no protege a sus figuras, no tiene memoria institucional para los que ya no venden discos. Frankie había dado todo durante casi 20 años de carrera activa. Había puesto sobre la mesa 180 grabaciones y cuando la marea bajó no había nadie del lado de la industria que extendiera la mano.
Solo quedaban las presentaciones que pudiera conseguir solo, de ciudad en ciudad, con lo que hubiera. Y así llegó a los años 90. Músico itinerante, tocando donde lo llamaban, viviendo entre la frontera y las ciudades del sur de Arizona, donde todavía había gente que recordaba su nombre. El evento trágico, la acusación que cambió todo.
En los años 90, Franky Gámes vivía entre México y el sur de los Estados Unidos como muchos músicos fronterizos. Su esposa Norma Oseguera estaba a su lado. Hacía presentaciones con su banda en ciudades como Tucon, Arizona, donde había una comunidad mexicana que todavía recordaba su nombre. Y fue en ese contexto, en esa dinmica de músico en gira hospedado en casas de fans que en 1992 y 1993 se produjeron los hechos que lo destrozaron.
Una familia de Tucson, fantica del grupo desde los años 60, invitó a Frankie y a sus músicos a quedarse en su casa durante una estancia en la ciudad. Allí surgió la acusación, una denuncia por abuso sexual que puso a Franky Gámes en el centro de un proceso judicial que él siempre, hasta el día de hoy, ha negado de manera absoluta y contundente.
“Quiero decirles que he sido inocente desde el principio”, declaró Franky ante el juez. No lo dijo en privado ni en susurros, lo dijo frente al tribunal. El primer juicio terminó con un jurado que no pudo llegar a un veredicto. Empate. Eso significa que la prueba no era suficientemente contundente para que 12 personas se pusieran de acuerdo.
Frankie quedó en libertad bajo una fianza de $25,000 que su familia pagó. Pero lo que siguió fue un error que cambió el rumbo de todo. Y aquí vale la pena detenerse, porque lo que muchos de sus seguidores y personas que lo conocieron de cerca señalan es que Frankie Gámes era un hombre inocente que fue víctima de una acusación fabricada y que la propia defensa presentó en el juicio evidencia de que la acusación tenía motivaciones, que no tenían nada que ver con la justicia.
Luis López, guitarrista de la banda que estuvo en esa casa y fue testigo de lo que pasaba, declaró en el proceso que la madre del supuesto agraviado quería ser manager de la banda y exigía parte de las regalías de una grabación. López fue más lejos, declaró que esa misma mujer lo amenazó a él directamente, diciéndole que si no cooperaba con la acusación lo denunciaría también a él.
“Fue todo por dinero”, dijo López frente al juez. El jurado dividido del primer juicio refleja exactamente esa duda. La prueba no era una pared sólida. Con el primer juicio terminado en empate y a la espera del segundo proceso, Franky Gá tomó la decisión que selló su destino. Se fue. Se trasladó a Hermosillo, Sonora, sin autorización judicial, incumpliendo las condiciones de su libertad condicional y dejando atrás la fianza de $25,000 que su familia había pagado para sacarlo.
El sistema judicial estadounidense leyó ese movimiento de una sola manera, fuga. Y desde ese momento, Franky Gámes pasó a ser un prófugo de la justicia americana. Su abogada de ese momento intentó argumentar después que Frankie no comprendía bien el sistema judicial americano, que no entendía que debía regresar para el segundo juicio, pero esa defensa fue destruida cuando la fiscal llamó a declarar a la propia defensora pública que lo había representado en ambos juicios, Carol Bittels, quien testificó bajo juramento
que Franky estaba presente en la sala cuando se fijó la fecha del segundo juicio, qué si sabía qué si entendía, que tomó la decisión de irse a sabiendas de lo que implicaba y el juez pues lo tomó en cuenta de la manera más dura posible. En julio de 1994, con Franky en México y sin comparecer se celebró el segundo juicio.
Fue condenado en ausencia. Ya no hacía falta que estuviera presente. La condena era un hecho. Solo faltaba que alguien lo trajera de vuelta para ejecutarla. La caída definitiva. Lo que ocurrió después fue histórico en el peor sentido posible para Frankie Gámes. La madre del supuesto agraviado emprendió una campaña incansable para que México entregara a Franky a las autoridades estadounidenses.
Repartió volantes, contactó políticos, presionó a funcionarios de ambos lados de la frontera y en un movimiento que en ese momento fue considerado sin precedentes, las autoridades mexicanas cooperaron. Frankie Gámes fue arrestado en México y extraditado a Arizona. El Tucson Citizen, el periódico local, documentó que Franky Gámes fue uno de los primeros ciudadanos mexicanos extraditados de México a los Estados Unidos para enfrentar cargos criminales.
Uno de los primeros, un caso histórico. La noche que lo arrestaron, Frankie Gámes era un músico que intentaba seguir con su vida en México, que tocaba donde podía, que trataba de reconstruir algo después de años de desgaste. Una noche común. Y de esa noche común salió esposado rumbo a Tucon para enfrentar una condena que ya estaba dictada.
El día de su sentencia entró a la sala del tribunal vistiendo un mono naranja de prisión. Levantó las manos esposadas, extendió dos dedos en dirección a su familia y sus amigos que estaban en las butacas y antes de que el juez leyera la sentencia pidió hablar. Yo quiero decirles que he sido inocente desde el principio.
El golpe final, 92 años de prisión. El 29 de mayo de 1996, el juez Howard Antman del Tribunal Superior del Condado de Pima en Tucon, Arizona, condenó a Francisco Gámez García a 92 años de prisión. Esta noche se encuentra encarcelado en Tucón después de ser sentenciado a más de 90 años en prisión. La pena máxima posible por los cargos.
Al dictar la sentencia, el juez Antman no dejó lugar a interpretaciones. Dijo que Frankie Gámes había demostrado un desprecio abierto por el sistema de justicia y por el bienestar de su propia familia al incumplir la fianza y huir. Se rió del sistema de justicia, dijo el juez textualmente.
Franky Gáes tenía 50 años el día de su sentencia, 92 años. A los 50, una sentencia de vida. Su abogada Laurie Penison anunció que apelaría a la condena. Su esposa Norma y su hermana hablaron en su favor durante el proceso de sentencia pidiendo la pena mínima de 72 años. Nada alcanzó. El juez aplicó el máximo y Frankie Gáes, la voz de los apson, el fundador del rock fronterizo mexicano, el hombre que había grabado 180 canciones, fue trasladado a la prisión estatal de Arizona para cumplir una condena que matemáticamente nunca va a terminar en libertad. Hay
algo que en este canal no podemos ignorar. Son muchos en redes y comunidades de fans de su música quienes mantienen que Frankie Gámes es inocente, que la acusación fue fabricada, que las motivaciones de quien denunció eran económicas y no de justicia, que el guitarrista Luis López dijo la verdad cuando declaró que todo fue por dinero y por amenazas, que el primer juicio terminó en empate porque la evidencia no era concluyente y que la huida, el error más grande de su vida, fue el acto de un hombre asustado que no entendía que esa
decisión lo iba a destruir. No el acto de un culpable que sabía que había algo que esconder. Frankie Gámes juró su inocencia el día de su sentencia y sigue jurándola hoy. El olvido y el borrado. La industria lo elimina. Desde 1996 el nombre de Frankie Gámes desapareció del relato oficial de la música mexicana.
No aparece en los documentales sobre el rock nacional de los años 60. No forma parte de las discografías que las plataformas digitales asocian con los apson. Los críticos y académicos que escriben sobre el rock fronterizo mexicano lo mencionan de pasada, si acaso, como el vocalista original que salió del grupo en 1967 sin agregar nada más.
La industria lo borró con una eficiencia que solo logra cuando quiere. Hay una crueldad en esta forma de olvido. No es que Frankie Gámes haya sido olvidado porque su música haya dejado de sonar. Su música sigue sonando. El grito de upudu, que retumba en los estadios de béisbol del Pacífico Mexicano cada temporada es un fragmento de lo que él grabó con los apson.
Las generaciones que bailan esas canciones en las fiestas no saben quién las cantó. La voz que escuchan no tiene nombre para ellos. El nombre se eliminó del relato, pero el sonido quedó. Es el tipo de borrado más perverso, aquel en que el trabajo existe y el trabajador no. Los apson siguen existiendo.
Pancho Durazo y José Luis Lichi García lideran una versión del grupo que hace presentaciones en México y el sur de Estados Unidos con mucho éxito. Las canciones que Franky cantó, los temas que convirtió en éxitos con su voz siguen sonando. El legado de Frankie Gáes existe. Frankie Gáes no existe. Esa es la paradoja más cruel de toda esta historia.
De pionero a desaparecido, de fundador a exintegrante que nadie nombra. La industria del espectáculo mexicano tiene una historia larga de hacer exactamente esto, consumir el talento de sus figuras y cuando la figura ya no le es útil o cómoda, actuar como si nunca hubiera existido. Con Frankie Gáes lo hicieron con una minuciosidad particular y nadie del medio musical mexicano, ninguna asociación, ninguna disquera, ninguna figura pública de la industria ha dicho una sola palabra pública en defensa de quien fue uno de los fundadores de su propia historia. Presente final, el
golpe más duro. Hoy en 2025, Frankie Gámes tiene 76 años y lleva casi 30 años preso en Arizona. 30 años. El hombre que entró a esa prisión a los 50 no es el mismo que existe hoy. 30 años de encierro, sin los recursos médicos adecuados, con la salud deteriorada y con la movilidad reducida que trae el paso del tiempo en esas condiciones, han cobrado lo que tienen que cobrar.
Las personas que han mantenido contacto con él confirman que su estado físico es delicado. Su único contacto real con el mundo exterior es su esposa Normauera, que no lo abandonó ni cuando todo se derrumbó, y un puñado de personas cercanas entre las que se cuenta su amigo José Luis López Romero. No hay visitas de la industria, no hay declaraciones de sus excompañeros de los apson apoyo, no hay homenajes, no hay documentales, no hay nadie del mundo del espectáculo mexicano que haya levantado la voz por él. No tiene recursos para
una defensa legal que pudiera revisar su caso. No tiene el respaldo de ninguna organización de la industria musical mexicana. No tiene quien hable por él en los medios. Tiene una dirección postal en la unidad vaca y de la prisión estatal de Arizona y la certeza de que, salvo un milagro legal, va a morir allí adentro.
Para ponerlo en dimensión, cuando Franky Gáes entró a prisión en 1996, Arturo Durazo, el guitarrista que fundó Los apson junto a él, ya había muerto de cáncer en 1984 a los 38 años. Francisco Durazo, el baterista, murió en 2012 a los 70 años en agua prieta por complicaciones cardíacas. De los integrantes originales de los apson que grabaron, hoy solo quedan vivos Franie, Gilberto Maldonado y Raúl Cota.
Frankie en prisión. Los otros dos libres. Esa es la imagen que lo resume todo. Eso es lo que queda del hombre que tocó guitarra a los 8 años en Acosari de García, que a los 15 perfeccionaba el requinto eléctrico en agua prieta, que armó desde cero los apson y los llevó desde una fiesta de 15 años hasta los escenarios nacionales, que grabó 180 canciones en 14 años y que hoy tiene su música sonando en estadios, mientras él no puede levantarse de una cama vigilada, de escenario a celda, de aplausos a silencio. Esa es la imagen final de
Frankie Gámez. Hay algo que vale la pena quedarse pensando cuando se termina de conocer esta historia. Frankie Gámes no desapareció del mapa porque le faltara talento. Desapareció por una combinación de decisiones propias y de un sistema que lo aplastó cuando ya no tenía los recursos para defenderse.
La decisión de irse de los apson, que a los 40 años de distancia luce como el error más costoso de su carrera, nació de algo tan humano como querer que su nombre estuviera donde él creía que merecía estar. Y la huida después del primer juicio que le costó la diferencia entre una condena mínima y la máxima posible, nació del miedo de un hombre que, según él mismo, estaba siendo destruido por una mentira.
Y la pregunta, que muchos de quienes lo conocieron siguen haciéndose es la misma que se hacía el día en que el jurado no pudo ponerse de acuerdo y si era inocente, el primer juicio terminó en empate. 12 personas que oyeron toda la evidencia no pudieron votar de manera unánime por la culpabilidad. Eso no es menor.
Luis López, músico de la banda que estuvo presente en esa casa y conocía la situación desde adentro, declaró que la acusación estaba motivada por dinero y por amenazas, que la mujer que denunció quería ser manager de la banda quería regalías y cuando no consiguió lo que buscaba, usó la denuncia como arma y que a él mismo lo amenazó con acusarlo si no cooperaba.
Eso está en el registro del juicio. No es una versión inventada. Frankie Gámes siempre mantuvo su inocencia. la mantiene hoy y decenas de personas que lo conocieron durante su carrera, que tocaron con él, que compartieron escenarios y giras, dicen lo mismo, que el hombre que conocieron no era el que pintaba la acusación.
Y la pregunta que va más allá de Frankie Gámes es sobre lo que hace un sistema de justicia con un hombre que no tiene dinero para pagar una defensa legal decente, que no entiende completamente el idioma del proceso judicial, que comete el error más grande de su vida huyendo, sin entender que esa huida iba a pesar más en la sentencia que la propia evidencia del caso.
El juez dijo que Franky se había reído del sistema de justicia. Pero, ¿y si no fue una risa de culpable, sino el pánico de un inocente sin recursos que vio que el sistema se cerraba sobre él y no encontró otra salida que correr, esas preguntas no tienen respuesta definitiva, pero sí tienen peso y ese peso lo carga Frankie Gáes cada día en esa prisión de Arizona.
Lo que sí es indiscutible es esto. La industria musical mexicana no movió un dedo por él. El país que bailó con sus canciones, que lo llevó de pueblo en pueblo en la caravana Corona, que lo puso en los primeros lugares de la radio durante años, lo dejó solo cuando más lo necesitaba.
Y eso, independientemente de lo que haya pasado en Tucon en 1992 y 1993, es una historia que vale la pena contar, porque el éxito no garantiza protección y ser pionero de algo no te inmuniza contra el olvido. Espero que esta historia te haya llegado tan profundo como a mí me llegó prepararla para ti, porque Frankie Gámes no es solo un músico que terminó en prisión, es el reflejo de algo que pasa con más personas de las que uno imagina en el mundo del espectáculo.
Figuras que construyeron algo enorme, que lo dieron todo y que cuando el sistema decidió que ya no eran convenientes, simplemente las borró. Y esas historias merecen ser contadas. Dime en los comentarios, ¿crees que fue un hombre culpable o un hombre al que el sistema destruyó? Cuéntame, quiero leer tu opinión. Y si te gustan estas historias de los grandes del espectáculo mexicano, las que nadie más se atreve a contar con esta profundidad, suscríbete y activa la campanita, porque lo que viene está de no creerse. Hay muchas más. historias
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