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La Orquesta Preguntó: “Alguien sabe cantar?” Cuando el Cantante Faltó — Pedro Infante Hizo Esto

Era algo más difícil de inventariar y más difícil de perder. Era el resultado de años haciendo lo mismo sin que nadie estuviera  mirando. Había aprendido a cantar en Guamuchil de la manera en que se aprenden las cosas en los pueblos pequeños, sin  maestro formal y sin método, escuchando a quien cantaba cerca y repitiendo  hasta que el sonido que salía se parecía al sonido que había entrado.

Había aprendido carpintería  del mismo modo, con las manos y con la repetición, y había ejercido ese oficio durante años con la misma seriedad con que haría cualquier  otra cosa, porque había entendido desde temprano que la seriedad no es una cualidad que se activa cuando llega la oportunidad grande, sino un hábito que se forma mucho antes de que la oportunidad tenga cara.

Cuando llegó a la Ciudad de México, había trabajado como carpintero para pagar el cuarto, para pagar la comida, para sostener el tiempo que necesitaba para cantar en los lugares que lo dejaran cantar. Había tocado en fondas, en fiestas de barrio, en estaciones de radio de señal corta donde el micrófono era viejo y el público era incierto y nadie garantizaba que alguien estuviera escuchando del otro lado.

 Había cantado igual en todos esos lugares con la misma entrega, porque había algo en  Pedro que no distinguía entre el público grande y el público pequeño de la manera en que distinguen quienes cantan para el aplauso y no para la canción. La ciudad de México de mediados de los 40 era un organismo vivo  que respiraba a un ritmo que los recién llegados tardaban en aprender.

 No era hostil de la manera obvia en que son hostiles las ciudades que rechazan.  Era hostil de la manera más difícil, la indiferencia. ¿Qué es la forma en que una ciudad grande le dice a alguien pequeño que su llegada no ha cambiado nada y que si quiere cambiar algo tendrá que hacerlo él solo sin que nadie reorganice el mundo para facilitárselo? Pedro había llegado con esa indiferencia encima desde el primer día y había elegido responderle de la única manera que tiene sentido responderle a la indiferencia con trabajo constante y sin

drama. había golpeado puertas en XCW, la estación de radio más importante del país, con la persistencia de quién sabe que el no de hoy no es el no de siempre si uno sigue apareciendo con algo real. había cantado en audiciones donde los productores lo escuchaban con la atención dividida  de quien está haciendo tres cosas al mismo tiempo y donde el resultado era siempre la misma variación del mismo mensaje, que tenía algo, pero que ese algo todavía no era suficiente para lo que ellos necesitaban en ese momento. había aprendido a

escuchar esa frase sin que lo detuviera porque había entendido que suficiente es una palabra relativa que cambia de significado dependiendo del momento en que se pronuncia y que la forma de volver  suficiente lo que todavía no lo es no es esperar, sino seguir construyendo. En el salón, el patio había llegado esa noche no como artista contratado, sino como acompañante de un músico conocido que le había dicho que fuera, que nunca  se sabía, que en esos lugares a veces ocurrían cosas.

Pedro había aprendido a atender  ese tipo de invitaciones con la atención específica de quien sabe que las oportunidades rara vez avisan con anticipación. El gerente del patio era un hombre de apellido castellanos que había visto pasar suficientes noches complicadas como para reconocer cuando una noche complicada tenía solución y cuando no la tenía. Esta noche tenía solución.

 El problema era encontrarla antes de que el salón empezara a descomponerse. Se acercó a los músicos y les preguntó en voz baja si alguno de ellos podía cubrir la voz. El pianista negó con la cabeza. El trompetista señaló su instrumento con la expresión de quien dice que la respuesta está en la pregunta.

 El contrabajista dijo que cantaba, pero que cantaba mal, con la honestidad específica de quien prefiere reconocer sus límites antes  de que los descubran otros. Castellanos respiró, miró el salón que empezaba a tener el murmullo inquieto de quien espera algo que no llega. Y entonces uno de los músicos, un guitarrista que había visto a Pedro en la mesa lateral, se volvió hacia Castellanos y le dijo que había un muchacho en la mesa del fondo que cantaba.

 Castellanos miró en la dirección que le indicaban y vio a Pedro que en ese momento terminaba su vaso de agua sin saber todavía que alguien lo estaba evaluando desde el escenario. Castellanos caminó hacia la mesa con el paso directo de  quien no tiene tiempo para rodeos y le preguntó sin preámbulo si sabía cantar.

 Pedro lo miró por un segundo con esa pausa que no era duda sino algo más parecido al reconocimiento de lo que estaba ocurriendo y respondió que sí. Castellanos le preguntó que sabía cantar y Pedro respondió lo que el músico del yumurí había escuchado años antes de otro hombre en otra ciudad que dependía de lo que la orquesta supiera tocar.

Castellanos asintió con la cabeza una sola vez con el gesto de quien acaba de resolver un problema y le indicó que subiera. Pedro se levantó de la mesa con el movimiento tranquilo  de quien no quiere que el momento parezca más grande de lo que es, aunque por dentro el momento era exactamente tan grande como parecía.

Caminó hacia el escenario cruzando el salón de la misma manera  en que había cruzado fondas y patios y estudios de radio en los años anteriores, sin apresurarse, sin detenerse, con el paso de quién sabe a dónde va, aunque no sepa exactamente qué va a encontrar cuando llegue.

 Los músicos lo recibieron con la mirada evaluadora de los profesionales que están a punto de trabajar con alguien que no conocen y que necesitan saber en los primeros compases si ese alguien va a ayudarlos o a complicarles la noche. El guitarrista, que lo había señalado, se acercó y le preguntó en voz baja por qué canción quería empezar.

 Pedro mencionó un título. El guitarrista asintió, se volvió hacia los demás músicos, intercambió dos palabras y la orquesta se acomodó con la velocidad eficiente de quienes han  hecho esto suficientes veces como para no necesitar un ensayo cuando el tiempo no alcanza para uno. Pedro se quedó de pie en el centro del escenario con el salón  delante, con las mesas llenas de personas que no sabían su nombre, que no habían venido a verlo a él, que tenían sus propias conversaciones y sus propias razones para estar ahí esa noche

y que en cuestión de minutos iban a dejar de pensar en cualquier  otra cosa. Había algo en la postura de Pedro en ese escenario que los músicos que estuvieron presentes esa noche describirían después de la misma manera, que no había en ese hombre ninguna  señal de quien está improvisando, ninguna tensión de quien está fuera de lugar.

 Había, en cambio, la quietud específica de quien lleva años preparándose para un momento que no sabía que iba a tener exactamente esa forma. La orquesta tocó los primeros compases y Pedro entró con la voz sin anunciar nada, sin el gesto de quien pide atención, simplemente cantando. De la manera en que cantan las personas para quienes cantar no es una actuación, sino una forma de estar en el mundo.

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