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La Mesera Se Casó Con Su Jefe Millonario, Lo Asesinó Y Casi Se Salió Con La Suya

 No era un hombre que pasara desapercibido en ningún lugar. Cuando entraba a un sitio, la gente lo notaba, no por elegancia, por presencia, por volumen, por la carcajada que soltaba sin aviso y que llenaba cualquier cuarto. En Guadalajara lo conocían bien, no como empresario exitoso, aunque lo era, lo conocían por el logo de sus restaurantes.

 Un hombrecito gordo con sombrero levantando un taco con la mano derecha sonriendo. Ese hombrecito, Ernesto, había diseñado el logo él mismo cuando abrió su primer local en 1991 en un espacio de 8 m² en el mercado de Mexicalingo. Era una broma que se hacía a sí mismo. 32 años después esa broma tenía 16 locales en Jalisco, tres en Ayarit y dos más en proceso de apertura.

 La cadena se llamaba El Gordito Alegre. facturaba más de 80 millones de pesos al año. Ernesto Vargas había construido todo eso desde cero, sin herencias, sin socios con dinero, sin contactos en el gobierno, solo trabajo, deuda, riesgo y una capacidad para levantarse después de cada golpe que las personas que lo conocían de cerca describían siempre de la misma manera.

 era imposible hundirlo hasta que no lo fue. Su primera esposa Rosario, madre de su hijo Mauricio, se había divorciado de él en 2003 cuando el negocio todavía era pequeño y el dinero todavía era escaso. Su segunda esposa, Carmela, fue la mujer con quien Ernesto construyó la versión grande de su vida. Viajaron juntos, compraron la casa en Zapopan con jardín y alberca. tuvieron los mejores años.

Carmela murió de cáncer de páncreas en octubre de 2018. Desde entonces, Ernesto vivía solo en esa casa de 400 m² con dos empleadas domésticas, un jardinero y un perro labrador llamado Gordo, que pesaba casi tanto como su dueño. Las personas que trabajaban con él decían que después de la muerte de Carmela algo cambió.

Seguía siendo el mismo en los negocios. puntual, exigente, con memoria perfecta para los números, pero fuera de la oficina se había vuelto más quieto, más fácil de contentarse con poco, más agradecido con cualquier gesto de atención. Eso en esta historia importa. Su hijo Mauricio tenía 38 años en 2023. vivía en la ciudad de México, donde trabajaba como consultor financiero independiente.

 Aunque sus ingresos reales eran difíciles de rastrear. Las personas que lo conocían lo describían como inteligente, frío y con una relación complicada con el dinero de su padre. Lo necesitaba, pero detestaba pedirlo. Ernesto le había prestado dinero varias veces a lo largo de los años, grandes cantidades, algunas devueltas, otras no.

 Entre ellos había una distancia que no era solo geográfica. Lo que Mauricio sí sabía con precisión era el valor del patrimonio de su padre, los restaurantes, la casa, los ahorros y sobre todo la póliza de seguro de vida que Ernesto había contratado en 2019, un año después de la muerta de Carmela, por 150 millones de pesos.

 En ese documento, el beneficiario designado era Mauricio Vargas, hijo único. Herederon, pero en algún momento de 2022, Mauricio supo que eso podía cambiar. Ernesto había empezado a mencionar en conversaciones con personas cercanas que se sentía solo, que la casa era demasiado grande para uno, que a su edad, con su salud, necesitaba compañía.

No lo decía con tristeza, lo decía como quien enuncia un hecho. Mauricio escuchó esas conversaciones, las y empezó a calcular. Fue Mauricio quien en enero de 2023 le recomendó a su padre que contratara personal nuevo para el restaurante de Chapultepec, que era el que Ernesto visitaba con más frecuencia. Fue Mauricio quien habló con el encargado de recursos humanos de ese local y fue Mauricio quien a través de un contacto que los investigadores identificaron meses después se aseguró de que entre los nuevos empleados

hubiera una persona. Esa persona era Valeria Luna. Valeria tenía 24 años. Había trabajado como mesera en tres restaurantes diferentes en los últimos dos años. no tenía antecedentes penales. En su historial no había nada que llamara la atención. Era, en todos los sentidos visibles, una joven trabajadora de Guadalajara tratando de salir adelante.

 Lo que no era visible era su relación con Mauricio Vargas, que llevaba al menos 8 meses antes de que ella pisara por primera vez el restaurante de Chapultepec. Durante la investigación, los peritos recuperaron una grabación de la Cámara de Seguridad de un centro comercial en Guadalajara con fecha del 15 de noviembre de 2022. En las imágenes se ve a Mauricio Vargas y a Valeria Luna sentados juntos en una mesa de la cafetería de local.

Permanecen en ese lugar durante 40 minutos. Hablan. Tres meses después, Valeria Luna comenzaría a trabajar en el restaurante del padre de Mauricio. El 14 de marzo de 2023, Valeria Luna atendió la mesa de Ernesto Vargas por primera vez. Tres meses después, Ernesto le propuso matrimonio. 4 meses después de eso, firmaron el acta en el Registro Civil de Guadalajara con dos testigos y sin ceremonia religiosa.

 Ernesto quería algo íntimo. Valeria estuvo de acuerdo en todo. La boda fue el 4 de agosto de 2023. Ernesto Vargas murió el 19 de marzo de 7 meses y 15 días después de casarse. Quienes conocieron a Valeria Luna durante esos 7 meses describían siempre lo mismo. Una mujer atenta, cariños, presente, la clase de persona que recuerda cómo te gusta el café, que llama para preguntar cómo te fue el día, que aparece exactamente cuando la necesitas. Con Ernesto era igual.

 O mejor, desde el primer mes de matrimonio, Valeria insistió en cocinar ella misma para su esposo. No era un capricho, lo explicaba con argumentos concretos. Ernesto tenía presión alta, colesterol elevado, problemas cardíacos documentados desde 2020. Los médicos le habían recomendado dieta controlada. La comida de restaurante, aunque fuera la de sus propios locales, no era adecuada para alguien con su condición.

 Valeria dijo que él ya se encargaría, que lo haría bien, que era lo menos que Ernesto aceptó encantado. Lo primero que hizo Valeria al mudarse a la casa de Zapopan fue despedir al cocinero que trabajaba ahí desde 2019. le dio una liquidación generosa pagada con dinero de Ernesto y explicó a las empleadas domésticas que a partir de ese momento ella supervisaría personalmente la alimentación del Señor.

Nadie cuestionó nada. Era la esposa, era su derecho. Las empleadas domésticas declararon después ante los investigadores que Valeria cocinaba casi todos los días, que preparaba los platos favoritos de Ernesto con dedicación que él comía con apetito y agradecía cada comida. Que en ningún momento hubo nada que pareciera fuera de lugar en esa cocina.

 Nada, excepto una cosa que en ese momento nadie relacionó con nada. El jardín de la casa de Zapopan tenía, entre otros arbustos decorativos, tres plantas de Adelfa, Nerium o Leander, una especie común en los jardines de Jalisco, apreciada por sus flores rosadas y su resistencia al calor. También una de las plantas más tóxicas del mundo.

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