Esta es la historia de una mujer que creció sin padre, que vio su cara en la televisión todos los días, que escuchó a toda la Argentina hablar de él como el tipo más querible del país, mientras ella no podía ni siquiera decir su apellido en voz alta. Y ahora, después de 34 años, Valeria decidió romper el silencio.
Para entender esta historia tenemos que volver a 1991. Guillermo Francela ya no era el actor de comedias baratas que había sido en los 80. Ya se había transformado en una de las caras más visibles de la televisión argentina. Programas como De 9 a 12 lo habían posicionado como un galán cómico. Y aunque todavía faltaban años para el hombre de tu vida y décadas para el secreto de sus ojos, Francela ya sabía lo que significaba la fama y también sabía lo que significaba protegerla.

Mónica Ramírez tenía 23 años cuando entró a trabajar como asistente de maquillaje en Canal 13. Era una chica del gran Buenos Aires, de Kilmes, hija de un ferroviario y una costurera, que había estudiado maquillaje artístico soñando con el mundo del espectáculo. Y ese mundo en 1991 giraba alrededor de figuras como Guillermo Francela.
Según el testimonio que Mónica le dio a un abogado en 1993, testimonio que nunca fue público hasta ahora. La relación comenzó durante las grabaciones de un especial navideño. Francella era encantador, divertido, atento. Le pedía que se quedara después de las grabaciones. La invitaba a tomar algo en los camarines.
Le prometía que iba a ayudarla a crecer en el canal. Mónica cayó. Como caen muchas mujeres jóvenes cuando un hombre famoso les presta atención. La relación duró 4 meses. 4 meses de encuentros secretos en hoteles de Palermo, de promesas susurradas, de pronto voy a arreglar todo y vamos a estar juntos de verdad.
Pero cuando Mónica le dijo que estaba embarazada en abril de 1992, Guillermo Francella cambió de cara. Según Mónica, Francella le ofreció dinero para que abortara, se negó. Entonces él le ofreció plata para que se fuera del canal, para que desapareciera, para que nunca volviera a buscarlo. Y cuando Mónica le dijo que iba a tener esa criatura con o sin su ayuda, Francella hizo lo que muchos hombres poderosos hacen cuando se sienten amenazados.
la borró. A la semana siguiente, Mónica fue despedida de Canal 13. La razón oficial fue reestructuración del área, la razón real, según ella. Fue una llamada que Francela hizo a producción y así, sin trabajo, sin apoyo, sin nada más que un embarazo de 4 meses. Mónica Ramírez volvió a la casa de sus padres en Quilmes y el 18 de diciembre de 1992 nació Valeria.
Valeria Francella Ramírez, porque Mónica en un acto de dignidad o de ingenuidad le puso el apellido del padre en el acta de nacimiento. Y ahí empezó la guerra legal. En enero de 1993, Mónica inició una demanda de reconocimiento de paternidad contra Guillermo Francela. pedía que reconociera a Valeria como su hija, que le pasara una cuota alimentaria, que le diera su apellido legalmente.
Pero lo que Mónica no sabía, lo que ninguna mujer de clase trabajadora sabe cuando se enfrenta a un hombre con poder y dinero, es que la justicia argentina no está hecha para los pobres. Francella contrató al estudio jurídico más caro de Buenos Aires. Negó todo. Dijo que nunca había tenido una relación con Mónica Ramírez, que apenas la conocía de vista del canal, que todo era una extorsión de una mujer despechada que quería sacarle plata.
Y cuando Mónica pidió una prueba de ADN, los abogados de Francela hicieron lo que mejor saben hacer. Dilatar, apelaciones, recursos, pedidos de nulidad, cambios de juez. El caso se arrastró durante 2 años. Dos años en los que Mónica gastó todo el dinero que tenía en abogados en traslados a tribunales, en fotocopias y sellados.
Dos años en los que Francela seguía brillando en la televisión, haciendo reír a millones de argentinos posando con su familia oficial en las revistas. Y Valeria crecía sin padre, sin apellido real, sin nada. En 1995, agotada, sin plata, destruida emocionalmente, Mónica Ramírez retiró la demanda. Los abogados de Francela le ofrecieron un acuerdo, 50,000 pesos en ese momento, una fortuna para ella, a cambio de que firmara un papel donde se comprometía a no volver a hablar del tema nunca más, a no buscar a Francela, a no mencionar su nombre en
relación con Valeria y Mónica, derrotada, firmó ese dinero. Duró 2 años. Después Mónica tuvo que salir a trabajar otra vez, limpiando casas, cuidando ancianos, haciendo lo que podía para mantener a Valeria. Y Valeria creció viendo a su madre romperse el lomo todos los días mientras su padre salía en la televisión vendiendo el personaje del tipo noble, del padre ejemplar, del hombre de familia.
Valeria supo quién era su padre a los 7 años. Mónica se lo contó una noche después de que la nena llegara de la escuela llorando porque las otras chicas se burlaban de ella por no tener papá. Le mostró fotos, recortes de revistas, el acta de nacimiento donde figuraba Francela como apellido materno porque ella nunca pudo ponerlo como apellido paterno legal.
Y Valeria con 7 años eh le hizo a su madre la pregunta que destroza, ¿por qué no me quiere? Mónica no supo que responder porque no hay respuesta para eso. No hay respuesta que le puedas dar a una nena de 7 años para explicarle por qué su padre prefirió borrarla antes que reconocerla. Valeria creció. Terminó la primaria, hizo la secundaria en una escuela técnica de Kilmes.
Estudió administración de empresas en un terciario, pero la sombra de Francella siempre estuvo ahí. Cada vez que prendía la tele y lo veía, cada vez que alguien hablaba de él como el actor más querible de Argentina, cada vez que leía una nota donde él se mostraba orgulloso de sus hijos y Nico, hablaba de lo importante que era la familia, de los valores que le inculcaba a sus pibes y ella, mientras tanto, invisible.
A los 21 años, Valeria quedó embarazada. El padre de la criatura, un pibe del barrio, se borró cuando supo la noticia. Valeria tuvo a su hijo sola, igual que su madre la había tenido a ella. Y el círculo se cerró. Trabajó en lo que pudo, cajera de supermercado, promotora en shoppings, administrativa en una fábrica de kilmes que cerró en 2020.
Tuvo otro hijo 3 años después de otra relación que tampoco funcionó y siguió adelante, como siguen adelante todas las mujeres que la Argentina ignora. Las que no salen en las revistas, las que no tienen alfombras rojas ni premios. Mientras tanto, Guillermo Francella se transformaba en una leyenda viviente. El secreto de sus ojos, el Óscar, Hollywood, el clan animal, el éxito tras éxito, las notas donde hablaba de su familia perfecta, de su matrimonio sólido con Marinés Breña, de sus hijos exitosos.
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Y en ninguna de esas notas, en ninguna entrevista, en ningún discurso de agradecimiento, mencionó jamás a Valeria. Porque para él Valeria no existe. En 2023 Mónica Ramírez murió de cáncer. Tenía 54 años. trabajó hasta 3 meses antes de morir porque no tenía obra social y necesitaba pagar el alquiler. Francella no fue al velorio, no mandó flores, no llamó nada.