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La CANCIÓN que CONVIRTIÓ a SERRAT en LEYENDA (y lo cambió todo)

 Pidió cantar  en catalán. No como negociación, como condición. El régimen franquista llevaba casi tres décadas  suprimiendo las lenguas regionales de España como parte de un proyecto de homogeneización cultural  que era también un proyecto de control político. Que el representante de España en el Festival Europeo de mayor audiencia cantara en catalán era una contradicción que el régimen no podía tolerar públicamente.

 La respuesta fue rápida  y sin matices. Serrat cantaría en castellano o no cantaría. Serrat eligió no cantar y pagó el precio que el régimen tenía preparado para los que elegían no cantar.  Lo que acabas de escuchar es el tipo de música que el régimen franquista decidió que no podía existir  en sus medios.

 No por lo que suena, sino por quién la hacía. El veto fue total en su diseño, radio y televisión. En España en 1968, esos dos medios  eran prácticamente la única manera de que un artista llegara a audiencias masivas. Sin radio y sin televisión, un artista podía existir en los discos y en los conciertos, pero no podía crecer. No podía llegar a alguien que no lo buscara deliberadamente.

El régimen entendía ese mecanismo mejor que nadie. No era necesario encarcelar a Cerrat. Era suficiente con borrarlo del sonido ambiente. Sin radio no había rotación. Sin televisión no había imagen. Con el tiempo, sin imagen y sin rotación, un artista dejaba de ser una amenaza porque dejaba de ser visible. Esa era la lógica del veto y durante un tiempo funcionó en los términos en que estaba diseñada para funcionar.

 Pero para entender por qué el régimen le tenía tanto miedo a un  hombre que cantaba con una guitarra, hay que ir al principio a un barrio de Barcelona, donde el mar era parte del paisaje cotidiano y donde nadie todavía sabía lo que ese marba iba a significar años después. Todo pasa y  todo queda, pero lo nuestro.

Juan Manuel Serrat nació en 1944 en el barrio del Poble Sec  de Barcelona. Es un barrio al pie del Mon Yui, que en los años 40 y 50 era un lugar de obreros y artesanos con una vida de comunidad específica y densa. No era un ambiente de privilegio  cultural, era un ambiente de cultura real, de la que se construye en las plazas y en las calles, porque no hay instituciones que la organicen de otra manera.

El mar estaba a poca distancia, no como destino de vacaciones, como parte del paisaje cotidiano de alguien que creció en una ciudad costera sin que nadie le explicara que el mar era algo especial. Eso es importante para entender lo que viene después. Cuando algo está siempre ahí, no lo nombras, no lo describes, no te produce nostalgia, porque la nostalgia requiere ausencia y el mar nunca estuvo ausente de la infancia y la juventud de Serrat.

 Lo que el régimen intentó hacer cuando lo vetó fue crear esa ausencia de otra manera. No quitarle el mar, sino quitarle los medios. Borrar la voz que podía nombrar lo que el pueblo sentía, pero no tenía manera de articular. Eso era lo que el franquismo entendía  que Serrat representaba, no una canción, una lengua y en esa lengua una identidad que el régimen necesitaba que no existiera.

 Ella pondrá dos piedras de futuro. Lo que acabas de escuchar es lo que el régimen decidió  que no podía sonar en sus medios, no porque la música fuera subversiva en términos técnicos, sino porque la persona que la hacía representaba algo que el régimen  necesitaba mantener invisible.

 Un hombre que cantaba en catalán con naturalidad, que hablaba de una tierra y de una cultura  con la autoridad de alguien que pertenece a ella, era en sí mismo un argumento contra la narrativa de la homogeneidad española. que el franquismo había construido durante décadas. Serrat tenía el mar, tenía la lengua, tenía la carrera.

 Lo que no tenía todavía era la distancia necesaria para ver todo eso desde afuera y esa distancia iba a llegar de la manera menos esperada. 1969, Serrat estaba de gira por México, no por la costa, por el interior. Ciudades y paisajes de meseta donde el mar no estaba en ninguna dirección. Para alguien que había crecido en Barcelona, esa ausencia no era abstracta, era física.

 Era el tipo de ausencia que se siente en el cuerpo, de una manera que la presencia nunca produce, porque la presencia no requiere que la notes. Solo la ausencia te obliga a darte cuenta de lo que siempre estuvo ahí. Fue en ese viaje, en ese interior sin costa donde Serrat empezó a escribir lo que se convertiría en Mediterráneo.

 No buscaba escribir una canción política, no buscaba responderle al  régimen. Buscaba algo más simple y más difícil de nombrar. El olor específico de una tarde en la costa, el sonido de las olas sobre las rocas, la textura del calor mediterráneo, que es distinto al calor de cualquier otro lugar,  porque tiene la humedad del mar mezclada con la sequedad del verano, cosas que no se pueden describir desde adentro porque desde adentro son el aire que respiras.

Solo desde afuera se convierten en materia de canción. escondido  tras las cañas. Duerme mi primer amor. Llevo Lo que acabas de escuchar es el resultado de esa distancia, esa manera de nombrar el mar como si lo estuvieras viendo por  primera vez después de haber estado lejos demasiado tiempo. No es la descripción de alguien que está en la costa mirando el agua.

 es la descripción de alguien que recuerda el agua desde un lugar donde el agua no existe. Eso produce una precisión en las imágenes que la familiaridad nunca genera. El pino, la arena, el olor a brea y a redes. Cada imagen es tan específica que parece pintada por alguien que necesita que dure, que no se  disuelva, que sobreviva al viaje de regreso.

 Serrat escribió Mediterráneo queriendo el Mediterráneo. Lo que no sabía todavía era que al escribirlo así, desde la ausencia había creado algo que podía ser el Mediterráneo de cualquiera, no solo de los que conocían esa costa específica, de cualquiera que hubiera tenido algo que añorar y que supiera cómo se siente querer volver.

 La canción estaba escrita. Faltaba una decisión. ¿Cómo grabarla de una manera que hiciera imposible mirarla como un acto político menor? Serrat sabía que si la censura iba a tener que capitular, la capitulación tenía que ser ante algo que  no pudiera atacar. Fuerza de desventura.  Maestro Serrat sabía que la censura franquista no era incompetente.

 Era un sistema que llevaba décadas identificando lo que necesitaba suprimir y encontrando las herramientas para hacerlo. Un álbum que pudiera ser leído como protesta, como denuncia,  como reivindicación política explícita, tenía todas las papeletas para terminar en el cajón de los prohibidos. La única manera de evitar ese destino era hacer algo que la censura no tuviera categoría para tocar, algo tan evidentemente bello y tan políticamente limpio en su superficie que la prohibición no pudiera justificarse  ante ningún argumento razonable. Para

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