Posted in

José López Portillo: El Presidente que SAQUEÓ al País… Y Murió DESPOJADO en su Lecho.

Segundo, el documento desclasificado que volvió a abrir la sospecha más oscura sobre sus lealtades en plena presidencia. Tercero, la ruta exacta del dinero, del petróleo, de la banca y de la mansión que convirtió el poder en escándalo. Y cuarto, el final grotesco de un expresidente que pasó demandar sobre un país entero a pelear por su propio lecho de muerte.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas entender dónde empezó realmente la caída de José López Portillo. Porque no empezó con la crisis, empezó mucho antes, el día en que dejó de verse como servidor público y empezó a verse como dueño de México. Base factual verificada con fuentes públicas sobre su último informe del 1 de septiembre de 1982.

La nacionalización bancaria, la crisis de 1981 a 1982, la colina del perro, su muerte en febrero de 2004 y los reportes posteriores sobre documentos desclasificados. Todo comenzó mucho antes del llanto, mucho antes del 1 de septiembre de 1982, mucho antes del peso destruido, de los banqueros convertidos en enemigos públicos y de las cámaras captando a un presidente roto frente a todo un país.

Para entender cómo José López Portillo terminó cayendo de esa manera, primero hay que mirar el momento exacto en que empezó a creerse invencible. 1976, México llegaba herido, nervioso, exhausto. El sexenio de Luis Echeverría había dejado una atmósfera de desorden, inflación, desconfianza y miedo. Y en medio de ese cansancio colectivo, apareció él, alto, elegante, de voz grave, impecablemente peinado, con la seguridad teatral de un hombre que no entraba a la política para competir, sino para ocupar un trono que ya lo

estaba esperando. No llegó como llega un candidato que ha sobrevivido a una batalla. Llegó como llega un heredero al que le apartaron el camino. Fue el único aspirante real de un sistema que ya había decidido por todos. No hubo verdadero combate, no hubo riesgo, no hubo una lucha que pudiera recordarle que el poder también tiene límites.

 Y eso importa, importa mucho, porque hay hombres que aprenden a gobernar cuando conocen la resistencia y hay otros que al no conocerla nunca empiezan a confundir el país con un espejo. José López Portillo pertenecía a esa segunda categoría. Al principio parecía el personaje perfecto para una nación que necesitaba volver a creer.

 Tenía el porte de un estadista clásico, el lenguaje de un intelectual y la energía de alguien que disfrutaba ser mirado. Citaba a los griegos, hablaba de historia, invocaba símbolos nacionales con solemnidad y se presentaba como un hombre de familia. Casado desde 1951 con Carmen Romano. Una mujer refinada, culta, obsesionada con la música y con la imagen de grandeza.

 Juntos proyectaban algo que en política vale oro, orden, prestigio, permanencia. la ilusión de que el país estaba en manos de gente superior. Y entonces ocurrió el milagro que terminó de intoxicarlo todo, el petróleo. A finales de los años 70, el hallazgo de enormes yacimientos en el Golfo de México convirtió a su gobierno en una fiesta de cifras descomunales.

De pronto entraba dinero. De pronto el mundo volteaba a ver a México con hambre. De pronto, los bancos internacionales ofrecían créditos como si el futuro ya estuviera garantizado. López Portillo no solo recibió esa bonanza, la interpretó como una confirmación íntima de su destino. Ya no era solo un presidente afortunado.

Empezó a verse a sí mismo como el hombre elegido para conducir a México a una nueva era. Administrar la abundancia. Esa fue la frase, “Guárdala bien, porque en esas tres palabras ya estaba escondida toda la tragedia. No hablaba como un administrador prudente, hablaba como un monarca convencido de que la historia le había entregado una riqueza inagotable para cumplir una misión casi sagrada.

 Los aplausos lo rodeaban, los empresarios lo cortejaban, los diplomáticos lo celebraban, los aduladores crecían a su alrededor como maleza. Y cuanto más lo aplaudían, más se alejaba de la realidad, porque detrás de la imagen del gobernante culto y seguro había otra cosa, una necesidad feroz de ser admirado, no querido, no respetado, admirado.

Necesitaba sentirse por encima de los demás, más grande que sus antecesores, más brillante que sus críticos, más memorable que cualquier otro hombre que hubiera ocupado los pinos. No quería administrar un sexenio, quería dejar una epopella, quería eternidad. Ese fue el verdadero origen del desastre. No el petróleo, no la banca, no la crisis internacional, sino una vanidad demasiado grande metida dentro del cuerpo de un presidente al que casi nadie se atrevía a contradecir.

En público parecía serenidad, en privado ya era otra cosa, una mezcla de soberbia, necesidad de aplauso y una peligrosa confusión entre el estado y su propio apellido. Y cuando un hombre empieza a creer que el dinero de una nación existe para alimentar su leyenda, el abismo ya no tarda en abrirse. Porque la ambición de José López Portillo no quería solo obediencia, quería devoción.

Y para sostener esa fantasía estaba a punto de cruzar una línea que después nadie podría borrar. El veneno no empezó con la devaluación, ni con las lágrimas, ni siquiera con la banca nacionalizada. Empezó mucho antes, en un lugar donde casi nadie miraba, en los pasillos oscuros del poder, donde los hombres más peligrosos no levantan la voz porque no la necesitan.

 Y en el caso de José López Portillo, ahí fue donde empezó a pudrirse todo. 29 de noviembre de 1976. Faltaban apenas unos días para que tomara posesión como presidente de México. Afuera, el país todavía veía en él al abogado elegante, al hombre culto, al rostro de una nueva promesa nacional. Pero en otra parte, muy lejos del entusiasmo público, circulaba una nota de inteligencia que contaba una historia muy distinta, una historia que no hablaba de patriotismo, ni de dignidad republicana, ni de soberanía.

hablaba de lealtades dobles, de canales secretos, de una cercanía con los aparatos de inteligencia estadounidenses que, según documentos desclasificados décadas después habría sido mucho más profunda de lo que México estaba dispuesto a imaginar. Piensa en eso un momento. Un hombre que se presentaba como encarnación del nacionalismo mexicano mientras sobre su nombre flotaba la sospecha de haber operado dentro de una red de colaboración clandestina.

un presidente que en público hablaba de país, de historia, de destino. Mientras en privado, según esa versión, el poder real se negociaba en otro idioma con otras prioridades y otros intereses. Si eso era cierto, no se trataba solo de hipocresía, se trataba de algo peor. Se trataba de una fractura moral en el corazón mismo del Estado, pero ese no fue el único secreto, ni siquiera el más visible, porque hay traiciones que se esconden en archivos y hay otras que se levantan con concreto, acero, agua robada y soldados vigilando la entrada.

Mientras México empezaba a depender del petróleo, de los créditos fáciles y de una riqueza que parecía no terminar nunca, López Portillo mandó construir su propio monumento. No una casa, no una residencia discreta para el retiro, un complejo gigantesco, una fortaleza personal, un símbolo obseno de la distancia que ya existía entre el presidente y el país que decía representar.

Read More