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José José: Por ESTO Sus Hijos Pelearon por Su Cuerpo… Nadie Sabía Dónde Estaba

Es sábado 28 de septiembre de 2019 en un hospital del sur de Miami, en una ciudad pequeña que casi nadie sabría ubicar en un mapa, un lugar que se llama Homstead, acaba de morir el hombre que le puso voz al amor de toda una generación. El mismo hombre que tú escuchaste mil veces, el que sonaba en la radio del coche, en la cocina mientras hacías la comida, en la fiesta de 15 años de tu hija, hasta en el velorio de tu propia madre.

José, José, el príncipe de la canción. Y antes de que su cuerpo se enfríe, antes de que alguien encienda una sola vela, ya empezó la pelea por él. Esa misma noche, a más de 3000 km de distancia en la Ciudad de México, suena un teléfono. Del otro lado de la línea, la hija menor del cantante les dice a sus hermanos mayores tres palabras que lo cambian todo. Su papá murió.

y cuelga. No les dice en qué hospital, no les dice dónde está el cuerpo, no les dice nada más. José Joel y Marisol, los dos hijos que el público mexicano conocía, los que habían crecido frente a las cámaras, suben al primer avión que encuentran rumbo a Miami para despedirse de su padre y cuando aterrizan descubren algo que parece imposible.

Nadie sabe dónde está el cuerpo de José José. o nadie se los quiere decir. El ídolo más grande de la balada romántica en español, el hombre que vendió más de 95 millones de discos en el mundo, el que llenó plazas de toros y auditorios desde Los Ángeles hasta Buenos Aires, el que cantó en el Madison Square Garden de Nueva York, terminó convertido en un cuerpo que su propia familia se disputaba como si fuera un objeto.

Casi dos días, mientras tú en tu casa pegada a la televisión no entendías cómo era posible que esto le estuviera pasando a él. Tú lo viste, tú lo escuchaste y tú mereces saber qué pasó de verdad, no lo que te contaron las revistas. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó completas. Primero, ¿por qué sus dos hijos mayores se enteraron de la muerte de su padre por una simple llamada de teléfono y tuvieron que volar a Miami sin saber siquiera dónde estaba su cuerpo? Segundo, ¿qué pasó de verdad en esos

días en que se detuvo una cremación? Se pidió una autopsia y empezó a hablarse de regalías, de entrevistas millonarias y de acuerdos con la televisión por el funeral de un muerto. Tercero, ¿quién terminó controlando los últimos años del ídolo? ¿Y cómo quedó fuera la familia que lo vio nacer como artista? Y cuarto, porque hoy, años después de su muerte, todavía nadie ha aclarado del todo cómo vivió sus últimos días, qué pasó con su testamento, ni dónde están exactamente la mitad de sus cenizas.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto le pasara a un hombre que lo tuvo todo, necesitas conocer al niño que empezó sin nada. Porque esta historia no empieza en ese hospital de Miami, empieza mucho antes. Empieza con una voz que tú probablemente escuchaste por primera vez en tu propia sala, en la televisión o el radio de tu casa cuando eras joven.

Lo llamaron el triste por una canción. terminó siéndolo por su vida. Vamos al principio. 17 de febrero de 1948. Nace en la ciudad de México, en el rumbo de Clavería, en la zona de Azcapotzalco, un niño al que registran como José Rómulo Sosa Ortiz. Su papá se llamaba José Sosa Esquivel y no era un cantante cualquiera.

Era tenor de ópera, un hombre con una voz tan educada, tan fina, que llegó a alternar en el Palacio de Bellas Artes con figuras del nivel de María Callas y Giuseppe Di Stefano. Fíjate qué detalle. El padre de José José cantó en el mismo escenario donde muchos años después el país entero iba a despedir a su hijo.

Pero eso todavía no lo sabe nadie. La mamá Margarita Ortiz era pianista. Imagínate esa casa. Una casa con problemas de dinero, modesta, pero llena de música, de escalas, de un piano sonando a todas horas y de una voz de ópera ensayando Arias. El niño creció oyendo cantar a su padre. lo adoraba y al mismo tiempo lo vio caer.

Porque José Sosa Esquibel, ese tenor de voz prodigiosa, era alcohólico y el alcohol se lo comió de a poco, hasta que lo mató siendo todavía joven a los 45 años. El padre murió por la bebida y el hijo, años después, cuando ya era famoso y tuvo que elegir su nombre artístico, decidió llamarse José José. El primer José por él, el segundo por su padre para llevarlo siempre con él a todas partes, en cada cartel y en cada disco.

Recuerda ese detalle. El padre alcohólico que murió por la bebida a los 45. Lo vas a necesitar para entender el final, porque hay algo que después le hicieron ver, según se ha contado, sus propios médicos y sus compañeros de recuperación. A esa misma edad, a los 45 años, José José tuvo una de las peores crisis de su vida por el alcohol, la misma edad a la que murió su padre, como si sin darse cuenta, estuviera repitiendo su historia, como si la sombra del Padre lo persiguiera.

Pero no nos adelantemos, todavía estamos en el principio. Todavía estamos con el muchacho pobre. El joven José Rómulo empezó desde abajo, de abajo de verdad. Tocaba la guitarra y el contrabajo en tríos, en cafés, en serenatas, en lo que saliera. Cargaba el instrumento en el camión, cantaba por unos cuantos pesos.

Nada de lujos, nada de fama. Un muchacho flaco con una voz que todavía nadie había descubierto del todo, soñando con cantar como cantaban sus ídolos en la radio. Frank Sinatra, Johnny Matthis, los grandes kronuners de aquella época. Esos eran sus maestros. Esa elegancia para cantar, esa forma de acariciar una nota la fue copiando de ellos, escuchándolos una y otra vez.

Acuérdate de Frank Sinatra. Ese nombre va a volver en esta historia de una forma que te va a doler. Y entonces llegó la noche que lo cambió todo. 15 de marzo de 1970, Teatro Ferrocarrilero en la Ciudad de México. Se celebra el segundo festival de la canción latina. José José tiene 22 años. Casi nadie sabe quién es.

Lo había recomendado nada menos que Marco Antonio Muñiz para que participara. Y el maestro Roberto Cantoral le confió una canción que había escrito con el corazón roto pensando en la muerte de su propia madre. Una balada lenta, dolorosa, sobre una despedida que no se supera. Se llama El triste. Sube al escenario, empieza a cantar y pasa algo que muy pocas veces ocurre en la vida real.

A la mitad de la canción, el público se pone de pie. No al final, a la mitad. La gente le lanza flores, grita, aplaude, llora. Esa voz, esa potencia, esa manera de subir hasta lo más alto sin que pareciera costarle ningún esfuerzo, dejó mudo al teatro entero. Fue uno de esos momentos que la gente que estuvo ahí no olvidó jamás.

¿Y sabes qué pasó después? Que perdió. Le dieron el tercer lugar detrás de una cantante brasileña y de otra venezolana. El público no lo podía creer. El descontento por esa decisión fue tan grande, tan evidente, que ese festival con el tiempo terminó desapareciendo. Pero esa noche, aunque el jurado le dio el tercer lugar, el pueblo le dio algo mucho más grande.

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