Se hizo para habitarse, no para salir en revistas. Y te das cuenta desde que vas llegando, hay un camino curvo enorme justo en la entrada de la casa, trazando un acceso superrelajado, lleno de árboles viejísimos y un montón de plantas que terminan aislando el terreno del resto del universo. Ni de chiste es un jardincito cualquiera.
Es un refugio salvaje que calla el ruido de la calle. Con sus nada despreciables 0.85 85 acres. Tienes un respiro tremendo. Fácilmente podrías levantar otro garaje o una bodega inmensa ahí mismo y ni así lograrías ahogar esa riquísima sensación de libertad. Aunque lo bueno empieza al cruzar la puerta.
Adentro no te quieren apantallar con cosas caras. Tienen algo mucho mejor que eso. Muchísima onda. Ves esos pisos de madera calientita topando con el concreto pulido y boom. Es un choque visual moderno. Sí. Pero que te abraza bien cañón. Cero dad. Todo tiene un por qué. Hay espacios que literal parecen de colección, como si cada esquina estuviera ahí para gritarte una historia y no n más para adornar.

La arquitectura misma te firma esa sensación. Tienes barandales de hierro negro mezclados con cables de acero. Dan un toque superactual con muchísima presencia, pero sin matar la vibra serena. Caminas y todo fluye libre. Te juro que la casa respira sola. Cero amontonadero de cosas, cero ruido visual, puros trazos rectos, materiales de verdad y un acomodo que te dice, “Bájale dos rayitas a tu estrés.
Ya cuando sales al patio, la cosa se pone aún más intensa. Esa parte de atrás no es para armar fiestas locas, es para mandar el mundo a volar. En medio tienes una alberca preciosa que te roba la mirada, escondida entre árboles gigantescos y unas plantas loquísimas que llevan años ahí, armando un verdadero oasis nada más para él.
Imagínatelo cayendo la tarde. Cero directores, cero libretos, puro silencio del bueno. Y si acaso alguna plática superrelajada con su círculo más cerrado, trepada por ahí en los cerros, lejísimos del tráfico y el desmadre capitalino. Todo el lugar huele a eso, a querer desaparecer por gusto. Nadie lo abandonó. Él solito pintó su raya.
Es una casa que no te pide que la mires, te exige que la sientas. Y fíjate que ahí es donde te cae el 20. Pasó una vida entera en el aparador aguantando la mirada de medio país. Este rincón grita una decisión fuertísima, pero callada. Su etapa de actor se acabó. Pero claro, si hoy su vida es tan muda, su pasado debió ser un huracán absoluto.
Y vaya que con Juan Ferrara las cosas fueron exactamente así. El choque de realidades te rompe la cabeza al ver cómo se partió el lomo chambeando por más de seis décadas sin parar. Hablando de lana y patrimonio, tratar de calcularle los ceros en la cuenta del banco está cañón. No hay un solo número oficial ni chismes financieros que te digan cuánto tienes realmente.
Tampoco salen esas revistas presumiendo sus millones, pero aguanta, eso no quiere decir que ande en la ruina. más bien supo hacer su guardadito de otra manera, teniendo una base clarísima, chamber sin parar en tele, cine y teatro. Su verdadera mina de oro siempre fueron las telenovelas. Se aventó más de 30 producciones, la gran mayoría, obviamente, amarrado al gigante de Televisa, volviéndose el protagonista indispensable de tus tías y abuelas.
El señor no era una moda de 3 meses. El tipo era una institución. La gata del 70, Victoria, Valeria y Maximiliano, Rebelde del 2004, Mar de Amor del 2009, La Fuerza del Destino. Qué bonito amor del 2012 y cita a ciegas. No solo marcaron época, le aseguraron muchísima lana, sueldos inflados, exclusividades y regalías eternas.
Pero ojo, encasillarlo noás en los culebrones sería un insulto tremendo, porque en el cine el señor se aventó más de 25 películas llevándose el premio gordo del cine nacional, un Ariel mejor actor en 1980 y uno gracias a misterio. Con esa estatuilla les cayó la boca a todos. Demostró que no era solo una cara bonita de televisión.
Aunque si me preguntas, donde verdaderamente dejó el alma fue en el teatro. Fueron más de 45 años dándolo todo en las tablas. Por eso muchos lo ven como el verdadero gigante del teatro en México. Proyectazos como los árboles mueren de pie actuando junto a su madre, la legendaria Filomena Martano, haciendo giras eternas o esos exitazos enormes compartiendo el escenario con Rafael Inclan y Rocío Bankels.
Todo eso dejó clarísimo algo. Su magia no necesitaba edición, era puro talento crudo. Para el 2011 le dieron el premio a mejor actor de teatro. Pero a ver, para entender esa obsesión suya, tenemos que irnos al pasado. El tipo nació respirando arte. Imagínate siendo hijo de la inmensa española Ofelia Gilmain y hermano de Ester y Lucía.
En esa casa la actuación no era un pasatiempo ni un sueño. Guajiro, era la cotidianidad. Fíjate que lo suyo, la verdad, fue rápido. Nada de esperas eternas. Salió de la escuela de actuación de Televisa y con apenas 22 años ya estaba metido de lleno en este mundo y de ahí en adelante puro trabajar, ni un respiro. Pasaban los años y su rostro seguía ahí.
Inamovible. Telenovelas históricas de esas que todos en México recordamos como Yesenia o Viviana entre 1978 y 1979. Luego el hogar que yo robé allá en 1981. Gabriel y Gabriela hasta 1983, la Gran Valentina en los 90s o esa joya llamada La Antorcha encendida en 1996. Definitivamente era nuestra apuesta más segura en pantalla.
Pero no hablemos solo de fama, hablemos de aguante. Constancia pura, aunque claro, hasta las leyendas más grandes tienen que descansar. Tras más de 60 años partiéndose el alma en los sets, llegó 2024 y decidió que ya era suficiente. Anunció su retiro definitivo. ¿Y cómo despedirse? Pues en las tablas, como los grandes.
Lo hizo con la obra No te vayas sin decir adiós bien cobijado por los Ortiz de Pinedo. Todo arrancó en agosto de 2024, ahí en el teatro Rafael Solana. Lo curioso es que todos pensamos que sería una cosita rápida de una temporada. Para nada. La gente lo arropó tanto que se volvió una locura por Monterrey, Puebla, Cancún, Mexicali. Y mira, hasta bien entrado este 2026 sigue de pie.
Ojo, no se bajó del barco porque dejaran de llamarlo. Jamás. Fue una decisión muy suya. Saber exactamente cuándo parar. Quería irse bajo sus propias reglas. Y la verdad, cuando te pones a revisar toda esa trayectoria hacia atrás, hay un detalle que te golpea de frente y no puedes evitar notar. El Señor no hizo simplemente una carrera para ganar dinero.