Para entender cómo llegamos a ese maldito corral, hay que rascar un poco la tierra de este pueblo. La gente de fuera piensa que el campo es idílico, que las mañanas son hermosas y que el aire puro cura el alma. Qué soberana estupidez. El campo es duro, es cruel, y cuando la tierra se concentra en las manos de un solo hombre, se vuelve un infierno.
Don Aurelio no heredó Los Tres Girasoles por su buena cabeza para los negocios; la heredó porque su padre fue un terrateniente implacable que sacó a balazos a los ejidatarios en los años setenta. Aurelio solo perfeccionó el arte de la crueldad. Era un tipo que medía el valor de las personas por la marca de sus camionetas o por la cantidad de hectáreas que tenían registradas. A los peones los trataba como si fueran herramientas desechables: si una pala se rompe, se tira; si un hombre se enferma o se queja, se le echa a la calle y que se muera de hambre.
Yo conozco bien esa dinámica. Llevo trabajando en estas tierras más de quince años, primero como arriero, luego ayudando en lo que salga. He visto pasar a docenas de muchachos con los ojos brillantes, llenos de ganas de trabajar, para terminar con la espalda doblada y la mirada vacía a los pocos meses. El dinero de Aurelio compraba alcaldes, compraba jueces y, lo peor de todo, compraba el silencio de la gente.
Por otro lado, estaba la familia de Mateo. Su padre, el viejo Tomás, había sido el mejor susurrador de caballos que conoció la sierra. No usaba látigos, no usaba espuelas de estrella que le abrieran la carne a los animales. El viejo Tomás se sentaba en el corral, fumaba un cigarro de hoja y le hablaba a los potros salvajes como si fueran sus propios hijos. Decía que un caballo no se doma con la fuerza del cuerpo, sino con la quietud de la mente.
—Un animal huele el miedo, sí —me dijo una noche Tomás mientras compartíamos un café de olla—, pero lo que más le asusta es la maldad. Si entras al corral con el corazón podrido, el caballo lo sabe antes de que abras la puerta.
Pero Tomás murió de una fiebre mala hace tres años, dejando a Mateo y a Doña Elena con una mano adelante y otra atrás. Heredaron una pequeña parcela pedregosa donde no crecía ni la mala hierba y una sabiduría que, en el mercado de Don Aurelio, no valía ni un centavo. Mateo intentó buscar trabajo en la ciudad, pero ¿qué hace un muchacho de rancho entre el concreto y el humo? Regresó con las manos vacías y los ojos tristes.
La enfermedad de Doña Elena fue la estocada final. La pulmonía la agarró a mediados de otoño, y para cuando llegó el invierno, la mujer ya no podía levantarse de la cama de cuerdas. Sus pulmones silbaban como un fuelle viejo. Mateo fue a pedirle un anticipo a Don Aurelio, de rodillas si era necesario. Yo estuve ahí ese día en la oficina de la hacienda. Vi a Mateo con el sombrero en la mano, tragándose el orgullo.
—Don Aurelio, por favor —le dijo el muchacho con la voz rota—. Solo necesito dos mil pesos para las ampolletas. Se los pago con trabajo, doble turno, todo el año, sin pedir vacaciones.
Aurelio ni siquiera levantó la vista de sus libros de cuentas. Estaba contando unas pacas de billetes y ni se inmutó.
—Aquí no somos beneficencia, muchacho —respondió con esa voz seca que te hiela la sangre—. Si tu madre no aguanta el invierno, es ley de vida. Los viejos son como los árboles secos, solo sirven para hacer leña. Si te doy el dinero a ti, mañana tendré a diez pendejos más pidiendo para sus abuelas. Lárgate de mi vista si no vas a trabajar.
Esa era la calaña de Don Aurelio. Por eso, cuando esa tarde vio a Mateo merodeando por el corral del Azabache, vio la oportunidad perfecta para montar su espectáculo. El caballo había sido comprado en una subasta en Texas por una millonada, pero llegó con un temperamento maldito. Había matado a un semental en el transporte y no se dejaba ni poner el freno. Aurelio estaba furioso porque sentía que lo habían estafado, y cuando un hombre como él está furioso, busca a quién hacerle pagar el plato.
Vio a Mateo, vio el miedo en sus ojos y decidió que la desesperación del muchacho sería el entretenimiento de su tarde lluviosa. Lo que sigue es lo que la gente del pueblo todavía cuenta por las noches, junto al fuego, con un respeto que casi parece religioso.
Mateo caminó hacia la cerca de madera. Cada paso que daba parecía pesarle cien kilos. Los peones nos fuimos acercando al borde del corral, ignorando la lluvia que ya nos empapaba las camisas. Había un presentimiento horrible en el aire; parecía que íbamos a ser testigos de un asesinato y nadie tenía el valor de detenerlo. Yo mismo di un paso adelante, abriendo la boca para decirle al muchacho que no lo hiciera, que la vida de su madre no se iba a salvar si él terminaba con el cráneo aplastado por un casco.
—Ni te metas, compadre —me susurró al oído con aliento a alcohol barato—. El patrón está de humor para ver sangre hoy. Si te metes, mañana eres tú el que está buscando trabajo en la carretera.
Miré a mi alrededor. Había veinte hombres fuertes ahí, hombres que manejaban machetes y lazos todos los días, pero todos tenían la mirada gacha, sumisos. El dinero de Aurelio era una cadena invisible pero más fuerte que el hierro. Sentí una vergüenza profunda de mí mismo, de mi cobardía. Esa es la verdad de la que nadie habla: a veces somos cómplices del horror simplemente por el miedo a perder las migajas que nos dan de comer.
Mientras tanto, Mateo ya estaba junto a la puerta del corral. El Azabache lo vio. El caballo dejó de morder el poste y giró la cabeza con una velocidad que parecía sobrenatural. Sus orejas se pegaron completamente al cráneo, una señal inequívoca de que iba a atacar. El animal dio un pisotón en el barro que levantó una salpicadura de lodo de un metro de alto. El suelo tembló.
Don Aurelio se acomodó el sombrero vaquero y dio un trago directo de una botella de coñac.
—¡Abran la puerta! —ordenó el terrateniente con los ojos brillando de codicia y crueldad—. ¡Vamos a ver si el muerto de hambre tiene la sangre de su padre o si es pura lengua!
Un peón, temblando, quitó la tranca de madera. La puerta se abrió pesadamente, quejándose sobre sus bisagras oxidadas.
Mateo entró al corral. No llevaba nada en las manos. Ni una cuerda, ni una vara, ni un trozo de azúcar para engañar al animal. Solo su cuerpo flaco y esa mirada que ya no era de miedo, sino de una absoluta y escalofriante resignación. Cuando un hombre llega al punto donde ya no tiene nada que perder, se vuelve inmune al terror ordinario.
El caballo no esperó. En cuanto el muchacho puso los dos pies dentro del barro, el semental negro soltó un relincho que sonó como el grito de un demonio en mitad de la noche. Se levantó sobre sus patas traseras, mostrando su imponente altura. Sus cascos delanteros cortaron el aire de la tarde, buscando la cabeza de Mateo.
—¡Cuidado! —gritó alguien desde la multitud, rompiendo el pacto de silencio.
Cualquier hombre con instinto de conservación habría saltado hacia atrás, saliendo del corral para salvar la piel. Pero Mateo hizo algo que nos dejó a todos mudos. No se movió. No levantó las manos para protegerse la cara. Se quedó completamente quieto, plantado en el fango, mirando directamente a los ojos inyectados en sangre del animal.
El Azabache cayó con estrépito, sus cascos delanteros golpearon el lodo a escasos centímetros de las botas rotas de Mateo. El impacto salpicó la cara del muchacho con lodo negro, pero él ni siquiera parpadeó. El caballo, sorprendido por la falta de movimiento de su presa, retrocedió dos pasos, bufando con furia, levantando la cabeza y mostrando los dientes. Estaba confundido. Los hombres que lo habían tratado antes siempre corrían, gritaban o le pegaban con varas de fresno. La quietud de Mateo era algo que el instinto de la bestia no alcanzaba a procesar.
Fue en ese momento cuando el ambiente de la hacienda cambió por completo. La risa de Don Aurelio se extinguió como una vela soplada por el viento. La botella de coñac se quedó a mitad de camino de su boca.
El chico empezó a avanzar. Pero no caminaba como un cazador, ni como un domador de circo. Caminaba despacio, arrastrando los pies en el barro, manteniendo los brazos pegados al cuerpo, las palmas de las manos abiertas hacia el suelo. Y entonces, empezó a emitir un sonido. No era un grito, no eran palabras que nosotros pudiéramos entender desde la valla. Era un silbido bajo, un arrullo monótono y profundo que parecía salir de las profundidades de la tierra misma. Era el mismo tono que su padre, el viejo Tomás, usaba cuando bajaba los potros salvajes de la sierra. Un sonido que vibraba en el pecho de los que estábamos ahí mirando.
Parte IV: El susurro que detuvo el tiempo
A medida que Mateo avanzaba, el caballo se ponía más tenso. Su lomo de ébano brillaba bajo la lluvia pertinaz, los músculos de sus cuartos traseros estaban tan apretados que parecían cuerdas de acero a punto de romperse. El animal volvió a amagar con lanzar una coz, levantó la pata derecha delantera y golpeó el aire, pero Mateo no detuvo su marcha ni alteró el ritmo de su silbido.
Es difícil de explicar para alguien que no ha pasado la vida entre animales, pero hay momentos en los que el aire se vuelve espeso, como si la realidad se ensanchara. Yo he visto caballos chúcaros destrozar corrales de piedra, he visto hombres fuertes perder dedos por un tirón de reata, pero nunca había visto lo que ocurrió en los siguientes tres minutos.
Mateo redujo la distancia. Cinco metros. Cuatro metros. El Azabache extendió el cuello, con las fauces abiertas, listo para morderle el hombro al muchacho y arrancarle la carne de un tirón. El olor a sudor de caballo y a miedo llenaba el corral.
—Se lo va a comer vivo —murmuró El Chacal, y esta vez no había burla en su voz, sino un pavor genuino.
Mateo se detuvo a un metro del hocico del animal. El silbido cesó y, en su lugar, el chico empezó a hablarle en voz muy baja, una voz que la lluvia casi ahogaba, pero que para el caballo debió sonar como un trueno de paz.
—Tranquilo, hermano… tranquilo —alcancé a escuchar que decía—. Yo sé lo que te hicieron. Sé cómo te duele la espalda. Sé que te encerraron en la oscuridad y te pegaron porque no entendían tu fuerza. A mí también me quieren pisar. A mi madre también la están dejando morir sola. Estamos iguales, tú y yo. No te voy a hacer daño… no te voy a hacer daño.
La opinión generalizada entre los capataces de Don Aurelio siempre fue que a los caballos difíciles hay que quebrarles el orgullo a base de hambre y golpes. “Que sientan el hierro para que sepan quién manda”, solía decir el viejo terrateniente. Pero en ese momento quedó claro lo equivocados que estaban todos. El caballo no estaba loco de maldad; estaba loco de dolor y de una soledad inmensa. Había sido tratado como una máquina cara y peligrosa, nunca como un ser vivo con memoria y miedo.
El Azabache dejó de bufar. Sus orejas, que habían estado pegadas al cráneo en señal de guerra, se movieron lentamente hacia adelante, buscando el origen de esa voz que no traía el eco de un látigo. El gran hocico negro del semental se estiró con timidez, oliendo el aire húmedo que salía de la boca de Mateo. El chico no se movió, ni un milímetro. Dejó que el animal lo olfateara, que sintiera su olor a sudor de peón, a lluvia y a esa tristeza infinita que llevaba dentro.
El tiempo se estiró como una liga. Don Aurelio dio un paso hacia la barandilla, con el rostro pálido. Su cigarro se había apagado y ni se había dado cuenta. El fajo de billetes seguía en el charco de lodo, hundiéndose lentamente en la porquería, pero ya a nadie le importaba el dinero. Lo que estábamos viendo era algo más valioso, algo que no se puede comprar con oro: la comunión del dolor entre dos seres maltratados por el mismo verdugo.
Mateo levantó la mano derecha. Muy despacio, centímetro a centímetro, como si tuviera miedo de romper un cristal invisible que sostenía el universo. El caballo vio la mano subir. Sus ojos amarillentos siguieron el movimiento del brazo del muchacho. No hubo violencia en el animal, solo una tensa, electrizante expectativa.
La palma de la mano de Mateo, llena de callos por el trabajo duro de la azada, se posó finalmente sobre la nariz del Azabache.
Un suspiro colectivo, unánime, escapó del pecho de los treinta hombres que estábamos mirando. Fue como si nos hubieran quitado un peso del pecho a todos nosotros.
Pero Mateo no se quedó ahí. El trato con Don Aurelio era claro: “Toca el caballo y este rancho es tuyo”. El chico deslizó su mano desde la nariz, subiendo por la frente ancha del animal, pasando por entre las orejas tensas, hasta llegar al lomo marcado por las heridas del látigo de Aurelio. El semental negro soltó un largo suspiro, un soplido de aire caliente que disipó la niebla de la tarde, y bajó la cabeza hasta la altura del pecho de Mateo.
El monstruo asesino, el semental de la millonada que nadie podía tocar, estaba entregado, con los ojos cerrados, buscando el calor del cuerpo del muchacho más pobre del pueblo.
Hubo un silencio absoluto. Nadie aplaudió. Nadie gritó. La atmósfera en Los Tres Girasoles era tan pesada que podías escuchar el impacto de las gotas de lluvia sobre las hojas de los árboles de la entrada. Miré a Don Aurelio. El gran hombre de negocios, el dueño de vidas y haciendas, tenía la boca abierta y los ojos fijos en la escena. Parecía haber visto un fantasma. Bueno, en realidad había visto algo peor para un hombre como él: había visto caer su poder basado en el miedo frente a la fuerza implacable de la decencia humana.
Parte V: El peso de la palabra
Mateo se quedó unos instantes abrazando el cuello del Azabache. El caballo no se movía, parecía una estatua de carbón esculpida en medio del temporal. El muchacho se dio la vuelta despacio, sin soltar el pelaje del animal, y clavó su mirada en Don Aurelio.
Fue una mirada que yo no le desearía a mi peor enemigo. No tenía rabia, no tenía el brillo de la venganza. Era la mirada de un juez que dicta una sentencia inapelable. Mateo caminó hacia la valla del corral, el caballo lo siguió a tres pasos de distancia, como si fuera un perro fiel que teme perder a su dueño.
Cuando Mateo llegó frente a Aurelio, se agachó sin quitarle los ojos de encima al viejo, metió la mano en el fango y recogió el fajo de billetes que el terrateniente había tirado hacía unos minutos. El dinero estaba empapado, cubierto de lodo negro, pero seguía siendo útil. El muchacho se limpió la porquería en la pierna de su pantalón remendado y extendió la mano hacia el terrateniente.
—Aquí está su dinero, Don Aurelio —dijo Mateo, con una voz clara que resonó en todo el patio—. Esto es para pagarle al médico de mi madre. Los dos mil pesos que le pedí y que usted me negó. Me llevo lo que necesito para salvarla.
Aurelio tardó varios segundos en reaccionar. Su cara pasó del pálido al rojo encendido, una vena gruesa empezó a latirle en la sien derecha. El orgullo de un rico herido ante sus propios sirvientes es algo muy peligroso. Miró a Mateo, luego miró al caballo que permanecía manso detrás del chico, y finalmente miró a la multitud de peones que esperábamos su respuesta.
—Tú… tú hiciste algún truco —escupió Aurelio, con la voz temblorosa por la furia—. Ese animal está maldito. Le diste alguna hierba, le echaste algo en la nariz antes de entrar. ¡No me vas a ver la cara de pendejo, muerto de hambre!
Un murmullo de desaprobación corrió entre nosotros. Eso ya era demasiada bajeza, incluso para Aurelio. Todos habíamos visto que Mateo entró con las manos vacías, que arriesgó la vida de verdad. Intentar rajarse de un trato hecho frente a todo el pueblo era la muestra más clara de que el viejo no tenía honor.
—Usted lo dijo frente a todos, Don Aurelio —intervine yo, dando un paso al frente antes de que la cobardía me ganara otra vez—. “Toca el caballo y este rancho es tuyo”. Aquí hay treinta hombres que lo escucharon. Su palabra es lo único que tiene un hombre en esta sierra, o al menos eso nos enseñaron de niños.
Aurelio giró la cabeza hacia mí con los ojos encendidos de odio.
—¡Tú te callas si quieres seguir comiendo en esta casa, infeliz! —me gritó, señalándome con el dedo índice—. ¡Aquí las reglas las pongo yo! El rancho es mío, mi padre lo levantó con sangre y ningún pinche chamaco sarnoso se va a quedar con mis tierras por acariciar a un animal loco.
Mateo no se inmutó por los gritos del viejo. Guardó los billetes húmedos en el bolsillo de su camisa y acarició una vez más el hocico del Azabache, que había arrimado la cabeza a su hombro.
—No quiero su rancho, Don Aurelio —dijo Mateo con una tranquilidad que desarmó por completo al viejo—. Sus tierras están malditas de tanta miseria que ha sembrado en ellas. La comida que sale de aquí sabe a las lágrimas de la gente que usted humilla todos los días. Quédese con sus hectáreas, quédese con sus casas de piedra. Yo solo quería curar a mi madre.
El muchacho comenzó a caminar hacia la salida del corral. Pero lo que pasó después sí que dejó a todos en un silencio sepulcral, un silencio que duró años en la memoria del pueblo.
El Azabache caminó detrás de él. Cuando Mateo cruzó la puerta del corral, el caballo no se detuvo; pasó de largo junto a la valla, ignorando los gritos de los capataces que intentaban cerrarle el paso con sogas. Ninguno de los hombres de Aurelio se atrevió a ponerle una mano encima al animal. El semental caminaba al paso del muchacho, con las orejas tranquilas, como si hubiera encontrado su lugar en el mundo al lado de ese chico flaco.
—¡Detengan a ese caballo! ¡Es mío! ¡Pagué veinte mil dólares por él en Texas! —bramaba Aurelio, tirando el sombrero al lodo, completamente fuera de sí.
Pero nadie se movió. Los peones nos abrimos para dejar pasar a la pareja: el muchacho con la camisa rota y el gran caballo negro de la millonada, caminando juntos bajo la lluvia torrencial, subiendo por el camino de tierra que llevaba hacia la choza de Doña Elena. El animal ya no pertenecía a la hacienda, no porque se lo hubieran robado, sino porque había elegido libremente a su dueño. Hay cosas que el dinero de Texas simplemente no puede comprar.
Parte VI: El veredicto de la sierra
A partir de esa tarde, las cosas en la región cambiaron de una manera que nadie pudo prever. Don Aurelio se encerró en su gran casona, consumido por la rabia y la vergüenza. Intentó mandar a la policía local a recuperar el caballo a la choza de Mateo, pero el comandante del pueblo, que también era un hombre criado en el campo y que tenía parientes trabajando en la hacienda, le dio largas al asunto.
—Don Aurelio —le dijo el policía según se supo después—, en la sierra todo el mundo vio lo que pasó. Si yo voy a quitarle ese caballo a Mateo, el pueblo entero me va a quemar la delegación. Un trato es un trato, y usted lo hizo público. Deje las cosas en paz si no quiere que esto termine peor.
El viejo terrateniente nunca se recuperó de ese golpe a su orgullo. Su salud empezó a deteriorarse rápidamente. El dinero seguía en el banco, claro, pero el respeto —ese respeto que él creía tener y que en realidad era solo miedo— desapareció por completo. Los peones empezaron a renunciar uno por uno; ya nadie quería aguantar sus malos modos cuando sabían que un chico de veinte años lo había puesto en su lugar sin levantar un solo dedo contra él. La hacienda de Los Tres Girasoles comenzó a llenarse de maleza, las tierras se quedaron sin sembrar un par de temporadas y el gran imperio de la familia Aurelio empezó a desmoronarse desde los cimientos.
Por su parte, Mateo logró salvar a su madre. Las medicinas llegaron esa misma noche gracias al dinero que recogió del barro. Doña Elena sobrevivió al invierno, y aunque quedó débil de los pulmones, pudo ver cómo su hijo se convertía en una leyenda viva en los alrededores.
Mateo no vendió al Azabache. Muchos criadores ricos de otras partes del estado vinieron a ofrecerle sumas astronómicas por el semental, pensando que el animal se había vuelto milagrosamente un campeón de exhibición. Pero Mateo siempre respondía lo mismo, sentado en el porche de su choza de madera, con el gran caballo negro pastando libremente en los alrededores:
—Este animal no es mío para venderlo. Él se queda aquí porque quiere. El día que decida irse a la sierra con los caballos salvajes, yo mismo le abriré la cerca.
Es curioso cómo funciona la vida en estos pueblos apartados. A veces se necesita que ocurra algo extraordinario, algo que rompa la lógica del dinero y la fuerza, para que la gente recuerde que la dignidad humana sigue existiendo. Yo dejé de trabajar en Los Tres Girasoles un mes después de aquella tarde de lluvia. No podía seguir sirviendo a un hombre que se había quedado vacío por dentro. Me dediqué a mis propios animales, más pocos, más pobres, pero criados con la paz que aprendí de ver a Mateo en ese corral.
Cada vez que paso por el camino viejo que sube a la sierra y veo la silueta negra del Azabache recortada contra el cielo del atardecer, me acuerdo de la risa de Don Aurelio y de cómo se le ahogó en la garganta. La soberbia es un caballo muy alto, sí, pero entre más alto te subas a él, más duro es el porrazo cuando la realidad te tira al suelo.
Parte VII: El paso de los años y la nueva vida
El tiempo no se detiene para nadie, ni en las grandes ciudades ni en los rincones más olvidados de la sierra de Durango. Han pasado casi diez años desde aquella tarde en que el barro de Los Tres Girasoles fue testigo de lo impensable. Hoy en día, la vieja hacienda de Don Aurelio es apenas una sombra de lo que fue. El viejo murió hace tres inviernos, solo en su enorme cama con sábanas de seda, rabiando contra el mundo y quejándose de que nadie lo quería. Sus herederos, unos sobrinos de la capital que nunca habían pisado un corral, vendieron las tierras a una cooperativa de ejidatarios de la zona. Las vallas de piedra que antes separaban a los ricos de los pobres ahora sirven para delimitar los terrenos comunitarios donde todos sembramos maíz y frijol.
Mateo ya no es el chico flaco de camisa remendada. Se casó con Lucía, la hija del boticario del pueblo —la misma que lo ayudó a conseguir las ampolletas para su madre aquella noche terrible—, y juntos tienen dos niños pequeños que corren descalzos por el porche de una casa de adobe bien construida. Doña Elena murió el año pasado, pero se fue en paz, durmiendo en una cama caliente, con la cara limpia y sabiendo que su hijo había puesto el nombre de su familia en lo más alto de la historia de la región.
¿Y el Azabache? El gran caballo negro envejeció con la dignidad que solo tienen los reyes sin corona. Sus patas ya no son tan rápidas como antes y tiene algunas canas blancas alrededor de los ojos amarillos, pero sigue teniendo esa presencia imponente que hace que los extraños se detengan a mirarlo con respeto cuando pasa por el camino.
El animal se convirtió en el protector de los hijos de Mateo. Es una estampa maravillosa y a la vez increíble ver a un monstruo de cuatro toneladas dejarse jalar de las crines por un niño de cinco años sin hacer el menor ademán de molestia. La bestia salvaje que Don Aurelio quiso romper a latigazos terminó siendo el cuidador más tierno de la nueva generación.
A veces, por las tardes, cuando termino mis labores en la parcela comunitaria, me acerco a la casa de Mateo a tomar un café de olla y a platicar de los viejos tiempos. Nos sentamos en las sillas de madera, miramos hacia los cerros donde las nubes de la tormenta se van formando, y siempre terminamos mirando al caballo negro que descansa bajo la sombra de un gran encino.
—¿Te acuerdas, Tomás? —me dice Mateo a veces, usando mi nombre con ese tono de respeto que tiene para los mayores—. A veces pienso que si mi padre estuviera aquí, me diría que no hice nada del otro mundo. Que solo hice lo que cualquier hombre con sangre en las venas debió hacer esa tarde.
—Tu padre estaría orgulloso, muchacho —le respondo siempre, dándole un trago al café caliente—. Tu padre sabía que los animales entienden más de justicia que muchos de los que usan traje y corbata en las oficinas de la ciudad.
Esta historia se sigue contando en las cantinas del pueblo, en las reuniones ejidales y a los niños antes de dormir. Se cuenta no solo para recordar la derrota de un hombre rico y soberbio, sino como una lección constante para todos nosotros. Nos recuerda que no importa qué tan oscura esté la tarde, qué tan fuerte sea la tormenta o qué tan poderosa parezca la gente que nos quiere pisotear: al final del día, la verdad, el respeto por la vida y el amor filial son las únicas fuerzas capaces de hacer que los monstruos más terribles se arrodillen y que los hombres malvados se queden en un absoluto, eterno y merecido silencio.