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Hombre Rico Se Burla: “Toca El Caballo Y Este Rancho Es Tuyo”…Lo Que Siguió Dejó A Todos En Silencio

Parte II: La verdad detrás del polvo y el dinero

Para entender cómo llegamos a ese maldito corral, hay que rascar un poco la tierra de este pueblo. La gente de fuera piensa que el campo es idílico, que las mañanas son hermosas y que el aire puro cura el alma. Qué soberana estupidez. El campo es duro, es cruel, y cuando la tierra se concentra en las manos de un solo hombre, se vuelve un infierno.

Don Aurelio no heredó Los Tres Girasoles por su buena cabeza para los negocios; la heredó porque su padre fue un terrateniente implacable que sacó a balazos a los ejidatarios en los años setenta. Aurelio solo perfeccionó el arte de la crueldad. Era un tipo que medía el valor de las personas por la marca de sus camionetas o por la cantidad de hectáreas que tenían registradas. A los peones los trataba como si fueran herramientas desechables: si una pala se rompe, se tira; si un hombre se enferma o se queja, se le echa a la calle y que se muera de hambre.

Yo conozco bien esa dinámica. Llevo trabajando en estas tierras más de quince años, primero como arriero, luego ayudando en lo que salga. He visto pasar a docenas de muchachos con los ojos brillantes, llenos de ganas de trabajar, para terminar con la espalda doblada y la mirada vacía a los pocos meses. El dinero de Aurelio compraba alcaldes, compraba jueces y, lo peor de todo, compraba el silencio de la gente.

Por otro lado, estaba la familia de Mateo. Su padre, el viejo Tomás, había sido el mejor susurrador de caballos que conoció la sierra. No usaba látigos, no usaba espuelas de estrella que le abrieran la carne a los animales. El viejo Tomás se sentaba en el corral, fumaba un cigarro de hoja y le hablaba a los potros salvajes como si fueran sus propios hijos. Decía que un caballo no se doma con la fuerza del cuerpo, sino con la quietud de la mente.

—Un animal huele el miedo, sí —me dijo una noche Tomás mientras compartíamos un café de olla—, pero lo que más le asusta es la maldad. Si entras al corral con el corazón podrido, el caballo lo sabe antes de que abras la puerta.

Pero Tomás murió de una fiebre mala hace tres años, dejando a Mateo y a Doña Elena con una mano adelante y otra atrás. Heredaron una pequeña parcela pedregosa donde no crecía ni la mala hierba y una sabiduría que, en el mercado de Don Aurelio, no valía ni un centavo. Mateo intentó buscar trabajo en la ciudad, pero ¿qué hace un muchacho de rancho entre el concreto y el humo? Regresó con las manos vacías y los ojos tristes.

La enfermedad de Doña Elena fue la estocada final. La pulmonía la agarró a mediados de otoño, y para cuando llegó el invierno, la mujer ya no podía levantarse de la cama de cuerdas. Sus pulmones silbaban como un fuelle viejo. Mateo fue a pedirle un anticipo a Don Aurelio, de rodillas si era necesario. Yo estuve ahí ese día en la oficina de la hacienda. Vi a Mateo con el sombrero en la mano, tragándose el orgullo.

—Don Aurelio, por favor —le dijo el muchacho con la voz rota—. Solo necesito dos mil pesos para las ampolletas. Se los pago con trabajo, doble turno, todo el año, sin pedir vacaciones.

Aurelio ni siquiera levantó la vista de sus libros de cuentas. Estaba contando unas pacas de billetes y ni se inmutó.

—Aquí no somos beneficencia, muchacho —respondió con esa voz seca que te hiela la sangre—. Si tu madre no aguanta el invierno, es ley de vida. Los viejos son como los árboles secos, solo sirven para hacer leña. Si te doy el dinero a ti, mañana tendré a diez pendejos más pidiendo para sus abuelas. Lárgate de mi vista si no vas a trabajar.

Esa era la calaña de Don Aurelio. Por eso, cuando esa tarde vio a Mateo merodeando por el corral del Azabache, vio la oportunidad perfecta para montar su espectáculo. El caballo había sido comprado en una subasta en Texas por una millonada, pero llegó con un temperamento maldito. Había matado a un semental en el transporte y no se dejaba ni poner el freno. Aurelio estaba furioso porque sentía que lo habían estafado, y cuando un hombre como él está furioso, busca a quién hacerle pagar el plato.

Vio a Mateo, vio el miedo en sus ojos y decidió que la desesperación del muchacho sería el entretenimiento de su tarde lluviosa. Lo que sigue es lo que la gente del pueblo todavía cuenta por las noches, junto al fuego, con un respeto que casi parece religioso.

Parte III: El descenso al fango

Mateo caminó hacia la cerca de madera. Cada paso que daba parecía pesarle cien kilos. Los peones nos fuimos acercando al borde del corral, ignorando la lluvia que ya nos empapaba las camisas. Había un presentimiento horrible en el aire; parecía que íbamos a ser testigos de un asesinato y nadie tenía el valor de detenerlo. Yo mismo di un paso adelante, abriendo la boca para decirle al muchacho que no lo hiciera, que la vida de su madre no se iba a salvar si él terminaba con el cráneo aplastado por un casco.

Pero un capataz de confianza de Aurelio, un tipo gordo apodado El Chacal, me puso una mano pesada en el hombro.

—Ni te metas, compadre —me susurró al oído con aliento a alcohol barato—. El patrón está de humor para ver sangre hoy. Si te metes, mañana eres tú el que está buscando trabajo en la carretera.

Miré a mi alrededor. Había veinte hombres fuertes ahí, hombres que manejaban machetes y lazos todos los días, pero todos tenían la mirada gacha, sumisos. El dinero de Aurelio era una cadena invisible pero más fuerte que el hierro. Sentí una vergüenza profunda de mí mismo, de mi cobardía. Esa es la verdad de la que nadie habla: a veces somos cómplices del horror simplemente por el miedo a perder las migajas que nos dan de comer.

Mientras tanto, Mateo ya estaba junto a la puerta del corral. El Azabache lo vio. El caballo dejó de morder el poste y giró la cabeza con una velocidad que parecía sobrenatural. Sus orejas se pegaron completamente al cráneo, una señal inequívoca de que iba a atacar. El animal dio un pisotón en el barro que levantó una salpicadura de lodo de un metro de alto. El suelo tembló.

Don Aurelio se acomodó el sombrero vaquero y dio un trago directo de una botella de coñac.

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