Posted in

Hombre hambriento alimentó perros con su comida—Cantinflas supo por qué y se DESTROZÓ

 Mario se acercó. Disculpe, señor, ¿puedo hablar con usted un momento? El hombre levantó la vista un poco sorprendido. Claro. Pero espere un momento. Tengo que terminar de alimentar a mis amigos. Después de que el último perro recibió su porción de carne, el hombre dobló cuidadosamente el papel que había envuelto la comida y lo guardó en su bolsillo.

 ¿En qué puedo ayudarle? Preguntó. Perdone mi intrusión, pero vi que alimentó a estos perros con todo lo que tenía. ¿Usted ya comió? El hombre sonríó. Sonrisa triste, pero genuina. No se preocupe por mí, estoy bien. Pero esa comida era su comida. Era comida y ellos la necesitaban más que yo. ¿Tiene hambre? El hombre vaciló.

 Siempre tengo hambre. Pero estar hambriento no es lo peor que puede pasar. Estar solo, estar olvidado, estar abandonado, eso es peor. Y estos perros, estos perros están solos, olvidados, abandonados. Yo también estoy solo, olvidado, abandonado. Entonces nos tenemos unos a otros. ¿Puedo sentarme? El hombre asintió moviendo su bolsa vacía para hacer espacio. ¿Cuál es su nombre? Joaquín.

Joaquín Vargas. Señor Joaquín. ¿Puedo preguntarle algo? Si no ha comido, ¿por qué dio toda su comida a los perros? Joaquín miró a los perros que ahora descansaban alrededor de la banca, satisfechos por primera vez, probablemente en días, porque puedo soportar un día más sin comer. Ellos tal vez no pueden y porque cuando los alimento por unos minutos no estoy solo.

Por unos minutos soy importante para alguien, por unos minutos mi vida tiene propósito. ¿Vive en la calle? Sí, desde hace 3 años. ¿Qué pasó hace 3 años? Joaquín tomó aliento profundo. Perdí mi trabajo. Trabajaba en fábrica textil durante 25 años. La fábrica cerró. 200 de nosotros perdimos nuestros empleos de la noche a la mañana.

 No podía pagar el alquiler. Mi esposa y yo nos separamos. Ella se fue a vivir con su hermana. No había espacio para mí. Mis hijos adultos tienen sus propias familias, sus propias luchas. No quise ser carga. Así que terminé aquí en las calles buscando trabajo cada día. Pero, ¿quién contrata a hombre de 55 años sin dirección, sin teléfono, sin ropa limpia? ¿Y la comida, ¿de dónde viene? A veces trabajo por comida, cargando cosas, limpiando lo que puedo encontrar.

A veces el restaurante en la esquina me da sobras al final del día. A veces encuentro comida en basureros y a veces, como hoy, alguien amable me da dinero y compro algo y hoy alguien le dio dinero. Sí, una señora me dio 20 pesos esta mañana. Dijo que comprara algo de comer, así que fui a panadería y compré pan y al carnicero y compré un poco de carne.

¿Y dio todo a los perros? No todo. Comí un pedazo pequeño de pan temprano, pero el resto sí se lo di a ellos. ¿Por qué? Joaquín miró a Mario con ojos que habían visto demasiado sufrimiento. Porque cuando alimentas a alguien más, cuando cuidas de alguien más, recuerdas que todavía eres humano, que todavía tienes valor, que todavía puedes hacer diferencia.

 Vivir en las calles te quita todo. Tu dignidad, tu identidad, tu sentido de propósito. La gente te mira como si no existieras, como si fueras parte del paisaje, no una persona real. Pero estos perros me miran con gratitud, me esperan, dependen de mí. Por primera vez en 3 años alguien me necesita y eso hace que valga la pena saltarme comida.

Joaquín miró hacia el cielo, sus ojos húmedos con lágrimas contenidas. ¿Sabe lo que es despertar cada mañana sin razón para levantarte? Durante primeros meses en las calles me quedaba acostado en mi cartón preguntándome por qué debería levantarme. No tenía trabajo al que ir, no tenía familia esperándome, no tenía nada.

Algunos días, honestamente, deseaba no despertar. Pensaba que sería más fácil simplemente dejar de existir. ¿Quién me extrañaría? ¿A quién le importaría? Entonces conocí a negro. Estaba tirado en callejón, gimiendo de dolor. Su pata estaba destrozada y cuando me acerqué no gruñó, no trató de morder, solo me miró con estos ojos que decían, “Por favor, ayúdame.

” En ese momento me di cuenta, alguien sí me necesitaba. Este perro, este ser vivo, dependía de mí y si yo moría, si yo renunciaba, él moriría también. Así que lo ayudé. Encontré manera de entablillar su pata. Mendigué comida extra para alimentarlo. Pasé noches sin dormir, asegurándome de que estuviera bien.

 Y cuando su pata sanó y todavía se quedó conmigo, entendí algo. No es que yo salvé a negro, es que negro me salvó a mí. Me dio razón para vivir. Me recordó que todavía podía importar, que todavía podía hacer diferencia en vida de alguien, aunque ese alguien fuera perro callejero. Después vinieron los otros, Luna, abandonada y asustada, Canela, golpeada y desconfiada, Rocky, herido y solitario, pequeño, nacido sin tener a nadie.

 Cada uno necesitaba ayuda y cada uno me dio razón para continuar. Entonces sí les doy mi comida porque ellos me dieron algo mucho más valioso. Me dieron razón para vivir. Mario sintió emoción profunda. ¿Hace esto a menudo? Alimentar a los perros en lugar de comer usted mismo. Casi todos los días. Cuando tengo comida, la comparto a veces con perros, a veces con otras personas sin hogar que están peor que yo.

 Peor que usted, ¿cómo pueden estar peor? Hay ancianos en las calles enfermos, discapacitados, niños. Yo tengo 55 años y todavía estoy relativamente sano. Puedo caminar, trabajar, buscar comida. Ellos no pueden. Entonces, cuando tengo algo extra lo comparto. Pero usted mismo está sufriendo. Sufrir no es competencia.

 No es sobre quién tiene más derecho de sufrir menos, es sobre reducir sufrimiento total donde podamos. Si puedo soportar un poco más de hambre para que estos perros o estas personas sufran un poco menos, eso es lo que hago. Mario observó a los perros alrededor de la banca. Uno de ellos, el que Joaquín había llamado negro, había puesto su cabeza en el regazo de Joaquín.

 El hombre acariciaba al perro con ternura. Este es negro, Joaquín, explicó. Lo encontré hace dos años. Había sido atropellado por auto. Tenía pata rota. Lo llevé a veterinaria. no tenían dinero para tratarlo, así que lo cuidé yo mismo, le entablillé la pata con palos y trapos, le traía comida cada día, le hablaba para que supiera que no estaba solo.

 Su pata sanó, aunque quedó un poco coja, pero no se fue, se quedó conmigo y ahora donde yo voy, él va, es mi familia y los otros, cada uno tiene historia. Luna, la perrita blanca, fue abandonada cuando era cachorra. Canela fue golpeada por sus dueños hasta que escapó. Rocky perdió un ojo en pelea con otros perros.

Read More