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38 AÑOS ROBANDO PUERTOS — CORONEL RUIZ SEÑALA a PAPÁ PITUFO y PONE a PETRO en el CENTRO

este fue el que hizo el daño. Este fue el que se robó lo que era nuestro. Este fue el que compró a los que debían cuidarnos. Uno de esos nombres es Diego Marín Trago. Usted que lleva años viendo como Colombia no termina de salir adelante. Usted que ha pagado sus impuestos con sacrificio toda la vida y que alguna vez se ha preguntado por qué en este país el que roba en grande no paga igual que el que roba en pequeño.

Usted que conoce a alguien que cerró su negocio porque no podía competir con la mercancía barata que llenaba los mercados de San Andresito, sin que nadie explicara muy bien de dónde venían y por qué costaba tan poco. Usted necesita conocer ese nombre, porque ese nombre tiene detrás una historia que explica muchas de las cosas que le han pasado a Colombia durante las últimas cuatro décadas.

 Una historia de corrupción tan profunda y tan arraigada que para entenderla bien hay que remontarse no a los últimos años, sino a los tiempos del cartel de Cali, a los tiempos de los hermanos Rodríguez Orejuela, a los tiempos en que el narcotráfico colombiano era el negocio más grande del mundo y necesitaba de alguien que supiera mover mercancía por los puertos sin que nadie hiciera preguntas.

 Diego Marín Buitrago comenzó su carrera criminal en los años 90 cuando era apenas un joven que entendió algo que muy pocos entendían en ese momento, que el contrabando y el narcotráfico no son dos negocios separados, sino uno solo, que las mismas rutas que sirven para sacar cocaína del país sirven para meter mercancía ilegal.

 que los mismos puertos que nadie vigila de noche para que salgan los contenedores de droga son los mismos que nadie vigila de día para que entren los contenedores de ropa y calzados sin pagar aranceles. Las primeras apariciones del nombre de Diego Marín en los expedientes judiciales colombianos se remontan a 1994, cuando fue capturado por primera vez en una operación que se llamó Belcázar 2.

una operación que reveló que este hombre ya en ese entonces era el encargado de liderar el contrabando del cartel del Valle del Cauca y de manejar el lavado de dinero de los hermanos Rodríguez Orejuela. Los fundadores del cartel de Cali, el cartel que en sus mejores momentos controlaba el 70 por de la cocaína que se consumía en el mundo.

 En aquel tiempo, cuenta el exdirector de la Dian, Juan Ricardo Ortega, los camiones de papá pitufo entraban neveras y electrodomésticos al país con dólares forrados en plástico escondidos en su interior. Las neveras se vendían en San Andresito, los dólares se lavaban. El dinero de la droga se convertía en dinero limpio y nadie hacía preguntas porque ya había suficiente gente pagada para no hacerlas.

 Ese joven que entendió ese negocio a los veintitantos años y que fue capturado en 1994, salió después de un tiempo y, en lugar de alejarse del camino que lo había llevado a la cárcel, hizo lo que hacen los hombres de su tipo, cuando la institucionalidad de un país no es suficientemente fuerte para retenerlos. salió y construyó algo más grande, más organizado, más difícil de tocar, porque ya sabía de dónde venía el peligro y ya sabía exactamente a quién había que pagarle para que ese peligro desapareciera.

 Para cuando llegamos a los años 2000, Diego Marimrago ya no era solo un contrabandista con algunos contactos. Era el sar del contrabando de Colombia, el zar, el jefe, el hombre que controlaba los puertos de Buenaventura y Cartagena, que son los dos puertos más importantes del país. Los pulmones por donde respira el comercio colombiano, el lugar por donde entra y sale la gran mayoría de lo que Colombia compra y vende con el resto del mundo.

 Controlar esos puertos significaba controlar algo enorme, porque por Buenaventura y Cartagena pasan cada año millones de toneladas de mercancía y en ese flujo gigantesco de contenedores y camiones y facturas y sellos de aduana existe para el que sabe manejarlo. Un espacio donde una fortuna puede entrar y salir sin que nadie la vea.

 Un espacio que Diego Marín había aprendido a usar mejor que nadie en Colombia. Pero para mantener ese espacio abierto, para garantizar que sus camiones siguieran pasando cuando todo el mundo pasaba por los mismos controles, para asegurarse de que el agente de la polfa que revisaba los contenedores mirara para otro lado en el momento preciso.

Papá Pitufo necesitaba algo que el dinero si podía comprar si uno sabía a quién ofrecérselo. Necesitaba lealtades dentro del Estado colombiano. Necesitaba hombres con uniforme que fueran suyos antes que del Estado que lo sabía formado. hombres que cobraran su sueldo del gobierno, pero que respondieran a él.

 Y ese es el corazón de esta historia. Eso es lo que Colombia no había entendido completamente hasta que esta semana una coronel salió a un micrófono a contarlo con sus propias palabras, que Papá Pitufo no era simplemente un delincuente que se las arreglaba para no ser capturado, sino un hombre que había construido durante décadas una red dentro de las propias instituciones del Estado colombiano, una red de personas con cargo y con poder que cobraban de él y que a cambio le garantizaban que sus operaciones pudieran seguir, que las investigaciones

que se abrieran en su contrase se frenaran, que los testigos que pudieran hablar callaran y que cuando la presión fuera demasiado, él siempre tuviera tiempo para moverse antes de que llegaran a buscarlo. Para entender el tamaño de lo que esta coronel destapó, hay que entender primero cuánto daño hace el contrabando a Colombia.

 Porque esta no es una historia abstracta de dineros y procedimientos judiciales. Esta es una historia que tiene consecuencias concretas en la vida de millones de colombianos que nunca han escuchado el nombre de papá Pitufo y que, sin embargo, han vivido durante años las consecuencias de lo que él hacía. Piense en el señor que durante 20 años tuvo una tienda de ropa en Cúcuta o en Buenaventura o en cualquier ciudad colombiana.

 El señor que se levantaba temprano a abrir su local, que compraba su mercancía pagando todos los impuestos que la ley exige, que vendía sus productos a precios que le permitían pagar el arriendo, pagar a sus empleados y llevar algo a la casa al final del mes. Ese señor que en algún momento empezó a ver que al lado de su local aparecía otro que vendía la misma ropa, los mismos zapatos, los mismos electrodomésticos, pero a la mitad del precio, y que por más que él bajara sus precios y trabajara más horas y sacrificara más, no podía competir,

porque era imposible competir con alguien que no pagaba aranceles, ni impuestos, ni controles, aduaneros, porque ya había pagado para que nadie se los exigiera. Ese señor cerró su negocio. Ese señor perdió sus empleados. Ese señor no entendió muy bien por qué no podía competir, pero sintió en su propio bolsillo el resultado de que alguien como Diego Marín Witrago llevara décadas operando sin que nadie lo detuviera.

Y ese señor es uno de millones, porque el contrabando no es solo un delito económico, sino una máquina de destruir el trabajo honesto, de arruinar a la gente que si paga sus impuestos, de matar los negocios que si cumplen las reglas, mientras los que no cumplen las reglas no solo sobreviven, sino que prosperan y crecen y compran propiedades y viven bien, mientras el resto trabaja cada vez más por cada vez menos.

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