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Hedy Lamarr: La Mujer Más Bella del Mundo… que Murió Sola y Pobre

 Esta es la historia que el mundo prefirió no escuchar mientras ella estaba viva. La historia de una mujer a la que Hollywood llamó la mujer más bella del mundo y a la que después dejó morir sola, pobre escondida del mundo, comprando comida con cupones de descuento, mientras la tecnología que ella había inventado hacía millonarios a desconocidos.

 En esa misma sala de estar, encima de una repisa modesta, había una caja con varios premios. La mayoría eran trofeos de las películas de Hollywood, pero al fondo, escondido detrás de los demás, había uno distinto. Era de cristal. Tenía grabado el nombre Electronic Frontier Foundation Pioneer Award, 1997. Era el único premio del que Jedy Lamar se sentía verdaderamente orgullosa y era el que nadie veía cuando entraba a esa casa.

 Porque ese pequeño objeto de cristal era la prueba de algo que el mundo se había negado a aceptar durante más de medio siglo, que ella, la mujer más bella del mundo, había tenido también una mente que cambió el siglo. Para entender cómo se llegó a ese sillón silencioso de Castleberry, tenemos que volver al principio, al principio absoluto, a una clínica de maternidad en el centro de Viena, en la fría mañana del 9 de noviembre de 1914.

Viena, otoño de 1914. Europa lleva 3 meses en guerra. El imperio austrohúngaro empieza a desmoronarse. Pero en una habitación de la clínica del distrito noveno, una mujer joven llamada Gertrud Lichtwitz da a luz a una niña que pesa 3, y k. La niña abre los ojos, mira hacia la luz de la ventana y, según le contaría su madre, años después, no llora.

 Mira, como si ya estuviera observándolo todo. El padre Emil Kisler es un hombre culto de 44 años, banquero respetado, director del Credit Stalt Bank Verine, una de las instituciones financieras más importantes de Austria. La madre Gertrud es pianista concertista, 30 años, de origen húngaro, educada en los mejores conservatorios de Budapest.

 Los dos pertenecen a la burguesía judía bienesa, esa clase culta y refinada que en aquellos años brillaba en la Freud, Schnitzler y Climt. Y la niña que acaba de nacer va a ser su única hija. La llaman Headwick en casa, simplemente Hey. Durante los primeros años de su vida, Hey crece en un apartamento amplio del distrito 19o de Viena, rodeada de libros, partituras, espejos venecianos y largas conversaciones intelectuales que escucha desde los rincones del salón.

 Su madre la sienta al piano a los 4 años. Su padre, en cambio, la lleva por las calles de la ciudad explicándole cómo funcionan las cosas. Le explica los trambías, le explica el alumbrado público, le explica las pequeñas piezas mecánicas de su reloj de bolsillo, le abre la radio para que vea por dentro. Y la niña escucha, y la niña entiende.

 Y la niña secretamente comprende mejor que la mayoría de los adultos cómo se mueven los engranajes del mundo. A los 5 años, según una anécdota que la propia Hey contaría décadas después, en una entrevista privada, desmonta una caja de música suiza que su padre había traído de lucerna.

 La desmonta entera, examina cada pieza y la vuelve a armar tornillo por tornillo hasta que vuelve a sonar perfectamente. Su madre, al descubrir lo que había hecho, casi le pega una bofetada por miedo a haber roto un objeto carísimo. Su padre, en cambio, se ríe y le dice, “Hey, no eres una niña normal. Tú vas a inventar algo algún día.

” Esa frase la lleva consigo toda la vida, la lleva incluso a los 80 años, la lleva cuando muere. Había otra historia que su padre contaba a veces en familia cuando Jedy ya era adolescente. Cuando ella tenía 7 años durante un verano en los Alpes Austriíacos, Jedy se había quedado mirando durante horas el funcionamiento de una pequeña presa hidroeléctrica del pueblo, donde estaban de vacaciones.

Había hecho preguntas técnicas al ingeniero que la mantenía. Había dibujado esquemas en una libreta. Había hecho cálculos aproximativos. Al final, el ingeniero le había dicho a Emil Kisler, “Su hija tiene cabeza de ingeniera, no de niña.” Esa frase había hecho llorar al padre de orgullo esa noche en privado.

 Pero la madre, al saberlo había suspirado y había dicho una sola cosa, que Dios no nos castigue por eso. Pero hay un problema. En la Viena de los años 20, una niña judía con cara de princesa y cerebro de ingeniero no tiene espacio para desarrollarse. La sociedad espera de ella una sola cosa. Que crezca para ser hermosa, que aprenda piano, que hable francés, que cocine algo decente, que se case con un buen partido y que tenga hijos.

Nadie le pregunta qué quiere ser. Nadie le pregunta qué le interesa. La inteligencia en una niña en aquel mundo era una rareza incómoda, algo de lo que no se hablaba en voz alta. Yyy, lentamente aprende a esconderla. Aprende a sonreír cuando los adultos le hablan como a una muñeca. Aprende a fingir aburrimiento cuando escucha conversaciones técnicas.

 Aprende a leer en secreto en su cuarto libros que ninguna niña de su edad lee. A los 10 años ya ha leído a Gote, a los 12 a Schopenhauer. A los 14 está fascinada por la electricidad, por los principios de la radio, por los descubrimientos de un joven austríaco llamado Erwin Schrodinger, del que apenas se habla todavía en los periódicos.

 Pero su belleza ya empieza a llamar la atención. A los 14 años, Hey Kisler ya tiene los rasgos que años después harán temblar a Hollywood. La frente alta y blanca, los pómulos esculpidos, la boca pequeña y rosada, los ojos verdes profundos, casi negros bajo cierta luz, y unas cejas naturalmente arqueadas como dos pinceladas chinas.

 Sus profesores se quedan mudos cuando la ven entrar en clase. Los amigos de su padre la miran demasiado. Los hombres en la calle la siguen con la mirada y ella a los 14 años ya entiende algo importante. Ese rostro va a ser una bendición y va a ser una condena. A los 15 años, sin decirle nada a sus padres, falsifica una nota de excusa escolar y se va a los estudios cinematográficos Sasha Film en las afueras de Viena.

 Quiere ver cómo se hace una película. Le tiembla la voz cuando le dice al guardia que viene a una audición. El guardia, divertido, le abre la puerta. Esa misma tarde, sin haber actuado nunca, le ofrecen un pequeño papel en una película muda. Cuando su padre lo descubre, no la regaña. Le pregunta una sola cosa. ¿Estás segura, Hiriy? Ella dice que sí y él, contra la opinión de su madre, que llora durante días, le permite seguir.

 A los 16 años ya ha actuado en dos películas, a los 17 en cuatro. Y entonces, en 1932 llega la oferta que va a cambiarlo todo y a destrozarlo todo. Un director checoslovaco llamado Gustav Machatí está preparando una película arriesgada, una película que se va a llamar Éxtasis, una película sobre una mujer joven casada con un hombre mayor impotente que descubre el amor con un joven amante en plena naturaleza.

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