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Harfuch ENCUENTRA la Carta que MARÍA FÉLIX Escondió 25 Días Antes de Morir… 3 Acusados LIBRES

 Una caja de concreto reforzado con paredes de 40 cm  instalada por Alex Berger en 1956 cuando le regaló la casa a su esposa. La cuadrilla de demolición descubrió que esa bóveda no  podía sacarse sin comprometer el terreno. La taparon, le pusieron tabique encima, la olvidaron. Hoy, 24  años después de la muerte de María Félix, Harfush tiene la orden judicial para abrirla.

 El conserje del edificio los recibe en la entrada con la cara de no estar entendiendo nada. Es un señor de  unos 60 años en uniforme azul con el cabello recién mojado. Arfuch le pasa  la orden. El conserje la lee dos veces. La firma abre el portón de servicio que da al estacionamiento subterráneo. Los peritos pasan primero.

 Cargan  equipo de demolición controlada, sopletes, una sierra de diamante, máscaras antipolvo. Bajan por la rampa de concreto. El sótano  del edificio nuevo huele a humedad, a aceite de motor, a cemento  que nunca terminó de fraguar. En la esquina noreste del estacionamiento hay un muro que no debería estar ahí.

 Cualquier ojo  entrenado lo nota. La construcción del resto del sótano es perfecta, plana, alineada. Ese muro está más adelantado que la pared real, como si tapara un hueco. Harf se acerca con la linterna, pasa la mano por la superficie, hueco, toca, hueco, se voltea hacia el perito de demolición. No dice nada, le señala con el dedo.

 El perito asiente y empieza a montar la sierra. Mientras tanto, los fotógrafos documentan cada centímetro del muro antes de cortarlo. La fotógrafa de la izquierda, una mujer joven con la cámara colgando del cuello, le pregunta a Harf en voz baja si va a haber alguien adentro. Harf responde sin voltear. No, el corte tarda  18 minutos.

Cuando termina, la sierra se apaga y todos  esperan a que el polvo baje. La sección rectangular del muro se desprende como una losa. Cae sobre una lona que el equipo colocó  antes. Detrás del muro hay otra puerta. Esta sí es la original. metal negro oxidado en los bordes con una manija de bronce y una cerradura de combinación de la marca, modelo de 1955.

 Encima de la manija, una placa pequeña. La placa dice en letras grabadas MF. El cerrajero  forense saca su equipo. Trabaja con la combinación durante 22 minutos. Cuando la cerradura cede,  el sonido es seco como un disparo amortiguado. El cerrajero da un paso atrás, mira a Harfuch.

 Harfuch  se acerca, empuja la puerta con la mano. Lo primero que les llega a la cara es el olor. El polvo viene  después. Es un olor a encierro de 24 años, a perfume viejo, a cuero curtido, a madera de cedro. Y debajo de todo eso, otro olor  más fino, más exacto, el olor del jazmín.

 Hay un frasco de perfume en alguna parte de esa habitación que sigue intacto y todavía evapora notas  de jazmín al aire detenido del sótano. Harf entra primero, su linterna recorre la sala. Llamarlo bóveda queda corto. Lo que hay adentro tiene forma de recámara. Tiene 6 m de ancho por 8 de largo. Las paredes están forradas en seda Damasco color borgoña.

Hay una cama,  una cama de plata cubierta con una sábana negra que alguna vez fue blanca.  Es la cama que Diego Rivera diseñó para María Félix en 1947, la que aparece en cinco fotografías oficiales  y en ninguna entrevista. La que se dijo que se había vendido en suasta. Aquí está a los pies de la cama una cómoda de palo de rosa con cinco cajones.

Encima de la cómoda, una porcelana  europea cubierta de polvo. Un retrato pequeño de su hijo Enrique. A los 12 años, un cenicero  de cristal con una colilla de cigarro cauloises todavía adentro, doblada como  si alguien la hubiera apagado y se hubiera ido a la cocina. A la izquierda de la cama, una silla francesa estilo Luis X con un vestido negro doblado encima.

 No un vestido de calle, un vestido de noche bordado en pedrería.  El vestido que María Félix usó en la inauguración del festival de Canes de 1960, el que el museo Cartier intentó comprar  en 2018 y que su heredero universal dijo que nunca había existido. Y al fondo, contra la pared  del fondo, una caja fuerte más chica de acero pulido, tamaño de un horno de microondas, sin marca visible, con una sola cerradura.

 Encima de la caja dos cosas, una carpeta de cuero color crema y un sobre sellado con cera roja. El sello tiene una letra, una M. La carpeta  tiene un título escrito a mano con pluma fuente en tinta azul,  en la caligrafía firme de una mujer que firmó miles de autógrafos en su vida. Dice así: inventario completo, joyas, real y testamentaria.

Harf la mira durante 15 segundos sin tocarla. La notaria entra detrás de él, confirma la posición de los objetos. Los fotógrafos hacen su trabajo. 15 fotografías, 26 fotografías, 32 fotografías. Cuando terminan, Harf  saca un par de guantes blancos del bolsillo del chaleco, se los pone, levanta la carpeta, la abre.

 Lo que ve no debería existir porque el testamento oficial de María Félix, registrado en el registro público de la propiedad del Distrito Federal en abril  de 2002, declara que la actriz dejó 326 piezas de joyería entre brazaletes, anillos,  collares, broches y aretes. 326. La cifra está en la página 6  del documento original.

 Esas 326 piezas fueron tasadas vendidas a la Maisón Cartier de París en 1999 por una cifra que nunca se hizo pública y otras fueron repartidas entre su  última pareja, su aijada y su asistente personal. El inventario que Harfood tiene en la  mano no dice 326, dice 587. 587 piezas. La diferencia es 261 piezas, 261  joyas que nunca aparecieron en el testamento, que nunca pasaron por su basta, que nunca llegaron  a ningún heredero oficial, que estaban en esa bóveda hasta que la taparon  en 2012 y que probablemente siguen ahí. En

la solapa interior de la carpeta hay otra anotación con la misma  tinta azul, con la misma caligrafía. Dice así: “Cada pieza tiene dueño asignado.  Si los nombres están tachados, la voluntad cambió bajo presión. Yo no firmé eso. Yo elijo cuándo y cómo.” Y debajo tres iniciales. Una M, una F, una G.

 María Félix  Hereña. En este vídeo te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre María Félix y te voy a avisar cuando llegue cada una. La primera, como una niña que perdió a su hermana favorita en un  pueblo perdido del desierto de Sonora se convirtió en la mujer más temida del cine de habla hispana.

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