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La herencia que devoró a una familia: El asombroso saqueo y la maldición detrás del imperio de Joan Sebastian

El 13 de julio de 2015, mientras todo México se unía en un luto colectivo para llorar la partida del indiscutible rey del jaripeo, en la intimidad de los majestuosos ranchos de Joan Sebastian comenzaba a resonar una música muy diferente. No había mariachis, ni aplausos, ni las habituales ovaciones de pie que acompañaron al cantante durante toda su carrera. En su lugar, el sonido frío e implacable de los expedientes legales, el constante murmullo de los abogados y la sombra imponente de una inmensa herencia que nadie sabía cómo repartir comenzaron a apoderarse del ambiente familiar. El hombre que le escribió más de mil canciones al amor, el que enamoró multitudes y supo domar los escenarios más imponentes, falleció trágicamente sin dejar la paz asegurada para su propia sangre.

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Lo que Joan Sebastian dejó atrás al cerrar los ojos fue un imperio gigantesco, valuado según diversas versiones y estimaciones familiares en más de doscientos millones de dólares. Una herencia titánica compuesta por cincuenta y un propiedades en disputa, caballos de altísimo valor, ranchos majestuosos, inagotables cuentas de regalías comerciales y un laberinto de secretos. Pero esta extraordinaria riqueza, en lugar de convertirse en un refugio protector para sus ocho hijos nacidos de cinco mujeres distintas, se transmutó de manera inmediata en una guerra encarnizada que se ha prolongado por más de una década. Se trata de una feroz batalla judicial que incluso ha trascendido fronteras, llegando a encender las alertas en los tribunales de Texas, y que parece devorarlo todo a su paso.

Para poder dimensionar y comprender en su totalidad la magnitud de esta tragedia moderna, resulta estrictamente necesario retroceder en el tiempo, a los áridos orígenes del mito. Todo comenzó muy lejos de los majestuosos juzgados internacionales y las robustas carpetas legales llenas de tecnicismos. Comenzó en Juliantla, Guerrero, cuando el 8 de abril de 1951 vio la luz José Manuel Figueroa Figueroa. Mucho antes de lucir los trajes brillantes y montar los caballos de pura sangre, antes de que las plazas de toros enteras gritaran su nombre con fervor casi religioso, él era tan solo un muchacho de tierra caliente con polvo pegado a los zapatos, buscando desesperadamente la manera de sobrevivir. Su talento más extraordinario radicaba en su genuina capacidad para transformar las heridas más profundas en hermosas canciones, en interpretar cada estrofa como si las letras le hubieran costado sangre y lágrimas reales.

Sin embargo, aquí es precisamente donde reside la paradoja más grande y el dolor más agudo de toda esta historia. Ese mismo hombre de semblante recio pero corazón sensible, capaz de conmo

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