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El FRAUDE de la COPA DEL MUNDO es más TURBIO de lo que parece

 Cuando un país se postula para organizar un mundial, firma un contrato. Un contrato que no negocia a nadie porque la FIFA no negocia nada. O lo aceptás como viene o no organizás. Y ese contrato incluye cosas que en cualquier otra industria serían ilegales. El país anfitrión tiene que construir o renovar estadios con capacidad mínima de 40.

000 1000 personas para la fase de grupos y hasta 80,000 para la final. tiene que garantizar infraestructura de transporte, seguridad, telecomunicaciones, alojamiento. Tiene que aprobar leyes especiales de exención fiscal que blindan a la FIFA y a todas sus empresas asociadas de pagar un solo peso en impuestos dentro del territorio nacional y tiene que ceder el control total del evento, incluyendo los estadios, los palcos, los estacionamientos y los accesos comerciales.

 A cambio de todo eso, ¿qué le da la FIFA al país el honor de ser sede. Mientras el país pone todo el capital y asume todo el riesgo financiero, la FIFA se lleva el 100% de los ingresos por venta de entradas, el 100% de los derechos de merchandising dentro de los estadios y el 100% de las concesiones comerciales.

 Los derechos de televisión, los contratos de patrocinio globales, los paquetes de hospitalidad corporativa, todo va directo a Zuri. Es una asimetría comercial que no existe en ningún otro negocio del mundo. Vos ponesés el estadio, vos pones la seguridad, vos ponés la infraestructura, vos asumís las deudas.

 Si hay ganancias son mías, si hay pérdidas, son tuyas. Y las próximas tres generaciones de ciudadanos de tu país las van a seguir pagando. Y la pregunta obvia es, ¿por qué los gobiernos no siguen firmando ese contrato? La respuesta es sencilla y oscura al mismo tiempo. Los políticos que toman la decisión de postularse nunca son los mismos que terminan pagando la factura.

 Para la clase política, organizar un mundial es la campaña de relaciones públicas definitiva y para ciertas empresas constructoras es el negocio de su vida. Porque las megaobras que exige la FIFA son imanes perfectos para el desvío de fondos. Los presupuestos se aprueban de emergencia, sin fiscalización real, con presión de tiempos de entrega imposibles.

 Los costos se inflan, los sobrecostos se justifican y los millones desaparecen en paraísos fiscales antes de que nadie pueda rastrearlos. Es un saqueo nacional con música de himno y fuegos artificiales. Para entender hasta dónde llega el daño, hay que pararse en Brasil 2014. Brasil era sobre el papel el lugar más natural del mundo para organizar un mundial.

 El país del fútbol, campeón cinco veces con una cultura futbolística que no tiene par en el planeta. Cuando ganaron la sede, el país entero explotó de alegría. El gobierno prometió que el evento iba a transformar al país. Estadios nuevos, infraestructura moderna, decenas de miles de puestos de trabajo y un retorno económico que iba a pagar todo y más.

 El costo inicial prometido era de 3,000 millones. Cuando terminó el torneo, la factura real superó los 15,000 m000000. ¿Qué pasó con esa plata? Una parte fue infraestructura genuina, la otra parte fue uno de los casos más documentados de corrupción en obras públicas de la historia latinoamericana.

 Y lo que quedó como legado físico son construcciones que hoy se llaman con mucha razón elefantes blancos. El término viene de la antigua Asia. Los reyes le regalaban elefantes albinos a los cortesanos que querían arruinar sutilmente. El regalo era sagrado, así que no lo podías vender ni matar.

 Pero mantenerlo te costaba una fortuna hasta llevarte a la quiebra. La FIFA actúa como ese rey. Los estadios son elefante. El caso más dramático de Brasil es el estadio nacional Manega Rincha en Brasilia. Costo de construcción casi 900 millones dó. Casi el triple de lo presupuestado originalmente, convirtiéndolo en uno de los estadios más caros del mundo en ese momento.

 El problema es que Brasilia no tiene un equipo de fútbol profesional consolidado en primera división. Hoy el estadio genera en promedio $130,000 de ingresos por año y cuesta entre 120,000 y 160,000 por mes solo en mantenimiento básico. Hace el cálculo. Después está la arena da Amazonia en Manaos, construida en medio de la selva por 300 millones de dólares.

 El equipo local juega en cuarta división, fue construida para albergar cuatro partidos y hoy es una pesadilla logística que el Estado brasileño no puede abandonar ni mantener. Sudáfrica 2010 no fue diferente. El gobierno gastó más de 3,000 millones dólares en estadios y transporte. El estadio de Ciudad del Cabo, construido sobre una de las ubicaciones más valiosas del país frente al mar, costó 700 m000000.

Después del Mundial, la ciudad tuvo que subsidiar a los equipos locales para que fueran a jugar ahí, porque de otra manera perdía millones al año solo en mantenimiento. Los problemas de pobreza extrema que existían antes del mundial siguieron existiendo exactamente igual. El fútbol no los resolvió, solo los tapó durante un mes.

 Y si todo eso te parece caro, Qatar 2022 entró en una categoría que no tiene nombre. Qatar gastó 220,000 millones dillones no 2,200,0000 millones construyeron un sistema de metro de alta velocidad, aeropuertos, una ciudad inteligente entera desde cero, ocho estadios ultramodernos en un país sin ninguna tradición futbolística, con 50 gr de calor en verano, donde el alcohol está penado por la ley religiosa y donde los trabajadores migrantes que levantaron toda esa infraestructura vivieron en condiciones que varias organizaciones de derechos humanos

describieron como trabajo forzado. El número oficial de trabajadores muertos durante la construcción es de 6,500. Nepaleses, Bangladesíes, indios, pakistaníes. 4 años después del torneo, ningún culpable, ninguna condena, ninguna compensación estructural. La FIFA cobró su cheque y siguió adelante. En 2015, el mundo entero creyó que algo iba a cambiar.

 Eramo, Suric, Suiza, los magníficos Alpes. Al fondo, el clima perfecto de primavera europea. Los directivos de la FIFA llegaban al hotel para su congreso anual cuando el FBI, en coordinación con la policía suiza, ejecutó una de las redadas más espectaculares de la historia del deporte. Lo que la investigación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos demostró era esto.

 Durante más de 24 años, altos directivos de la FIFA, la CONMBOL y la CONCACAF habían operado una red mafiosa que recibió más de 150 millones de dólares en sobornos. Sobornos para adjudicar sedes, para vender derechos de transmisión, para comprar votos dentro de la organización. Se supo también que Qatar y Rusia habían conseguido sus sedes a través de ese mismo sistema.

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