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HARFUCH CATEA el TEATRO CLAUSURADO de LA TIGRESA… La ‘SOBRINA’ que la DROGÓ para ROBARLE Todo

 Donc 24, centro histórico, el teatro Fru Fru, la calle de Doncceles a las 4 de la mañana parece un escenario de película vieja. Fachadas de cantera  gris, librerías cerradas con cortinas de metal oxidado. Un gato cruza la calle sin apuro. La camioneta se estaciona frente a una marquesina que lleva años sin encenderse.

Las letras del nombre están ahí, pero sucias, opacas, medio desprendidas. Fru. Alguna vez esas letras brillaban en rojo neón y la gente hacía fila  para ver a la tigresa actuar desnuda en una adaptación de naná que escandalizó a medio país. Eso fue en 1974. Hace más de 50 años. Harfuch baja. Se queda mirando la fachada un momento.

 El edificio tiene más de 127 años. Irma lo compró en 1973 y le puso fru y desde 2017 está cerrado, clausurado, sin espectáculos, sin público, sin nada más que polvo y recuerdos y las cenizas de una mujer que recibió su homenaje póstumo aquí dentro. El cerrajero tarda 4 minutos con el candado principal.

 Después hay una segunda cerradura. Después  una cadena. Cuando la puerta se abre, lo primero que sale es el olor. Humedad vieja, madera podrida, algo dulce como perfume derramado. Hace años que se fue mezclando con el Moo hasta convertirse  en otra cosa. Harfuch entra primero. La linterna recorre el vestíbulo.

 Hay un mural  en la pared derecha descarapelado. Apenas se distingue la figura de una mujer con un vestido rojo que alguna vez fue provocador y ahora parece triste. En el suelo  hay programas de mano esparcidos. 1992, 1986.  Fechas de funciones que ya nadie recuerda. La sala del teatro tiene butacas de terciopelo rojo cubiertas con sábanas blancas  que ya son grises.

 El escenario está vacío. Hay una silla plegable en el centro  sola, como si alguien se hubiera sentado a esperar algo que nunca llegó. Arriba, los reflectores están apagados, pero siguen ahí apuntando a un punto que ya no existe. Harf señala hacia la izquierda. Camerinos. El equipo  avanza por un pasillo estrecho donde el piso cruje con cada paso. Fotos enmarcadas en las paredes.

Irma joven. Irma con vestido de lentejuelas. Irma con un tigre de verdad encadenado junto a ella, Irma con un hombre mayor que le rodea la cintura. No hay letrero que diga quién es el hombre. Pero cualquier mexicano que haya vivido los años 60 reconocería esa cara, esos lentes gruesos, esa mandíbula torcida.

Gustavo Díaz Ordaz, el presidente  que ordenó Tlatelolco. Al fondo del pasillo hay una puerta con tres cerraduras. Sobre la puerta alguien pegó con cinta adhesiva un papel  que dice con letra de mujer vieja que todavía  aprieta el bolígrafo. Aquí no entra nadie. Firmado I. El cerrajero abre.

 Dentro hay un camerino que huele a naftalina y a tabaco rancio. Un tocador con espejo rodeado de focos fundidos. Brochas de maquillaje petrificadas. Un perchero con tres vestidos que alguna vez costaron una fortuna y ahora se deshacen si los tocas. Y en la esquina contra la pared,  debajo de una sábana color crema, un baúl de piel negra con un candado de combinación.

Harfuch se acerca, se pone los guantes, levanta la sábana. El baúl tiene las iniciales ICS grabadas en oro. Irma Consuelo Serrano, la perito lo fotografía. La notaria registra. Harfira a su equipo. Nadie dice nada. Gira el candado. 09 12 33. La fecha de nacimiento de Irma Serrano. El baúl se abre.

 Adentro hay carpetas, muchas carpetas. documentos con sellos notariales. Un sobre grande de papel manila con la leyenda Testamento original, escrita con la misma letra firme del papel pegado en la puerta, fotografías en blanco y negro, recibos bancarios y al fondo, envuelta en una tela de terciopelo rojo, una carpeta  de piel café con una sola palabra grabada en la portada.

 dice verdad. Recuerda esa carpeta, recuerda esa palabra, porque lo que contiene va a cambiar  todo lo que acabas de escuchar. Y ahora escucha bien, porque lo que sigue son 600 millones de pesos que fueron desapareciendo uno por uno. Irma Serrano tenía una fortuna calculada en 600 millones de pesos.

 Propiedades en la Ciudad de México, en Chiapas, en Acapulco. Un teatro que vale una fortuna solo por el terreno. Joyas guardadas en bóvedas de Banamex. Antigüedades que pertenecieron al gobierno de México y que un presidente le regaló en secreto, 600 millones. Y cuando  murió el primero de marzo de 2023, no tenía ni una sola escritura limpia a su nombre.

Alguien se los fue llevando todos uno por uno. Y en este video te voy a contar cómo. Te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre Irma Serrano y te voy a avisar cuando llegue cada una. La primera. Como una niña de Chiapas que llegó a la ciudad de México a los 14 años sin un centavo, terminó durmiendo en la cama de la emperatriz Carlota, regalada por el presidente de la República dentro de una mansión en Lomas de Chapultepec que hoy se venden 200 millones de pesos.

¿Y cómo la perdió? La segunda, ¿quién fue el hombre que realmente destruyó a Irma Serrano? Y no fue Díaz Zordaz. La tercera, lo que hizo una mujer llamada Pilar de León, una falsa sobrina que se metió a su vida, la drogó, le falsificó el testamento y se quedó con casi todo. ¿Y cómo  terminó? La cuarta, lo que dice esa carpeta de piel café, la que tiene una sola palabra grabada, la que Harfuch acaba de encontrar dentro de un baúl cerrado con la fecha de nacimiento de la tigresa.

 Irma Consuelo, cielo Serrano Castro. Ese era su nombre completo. Nació el 9 de diciembre de 1933 en Comitán de Domínguez, Chiapas. Un pueblo que en esa época se sentía más lejos de la ciudad de México que otro país. Su padre se llamaba Santiago Serrano Ruiz. Le decían el chanti. Era poeta,  periodista, impresor. Un hombre que sabía escribir, pero que nunca ganó lo suficiente para vivir de lo que escribía.

Su madre, María Castro Domínguez, era otra cosa. María era dueña de 16 haciendas cafetaleras y cañeras en Comitán. 16. La madre de Irma Serrano era una de las mujeres más ricas de Chiapas y su padre era un  poeta que imprimía sus propios versos porque nadie se los publicaba.

 Ese matrimonio duró lo que duran las cosas cuando  una persona tiene todo y la otra tiene talento. Se divorciaron cuando Irma tenía 7 años y ahí empezó lo que después ella llamaría la primera traición, porque el padre se fue y la madre se quedó con las haciendas, pero se desentendió de la hija menor. Irma tenía dos hermanos mayores,  Mario y Yolanda, pero la que sobraba era ella, la más chica, la que lloraba de noche, la que cantaba  las canciones que su padre le había enseñado antes de irse.

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