Iba a invertir cientos de millones de dólares en un torneo de fútbol. La historia oficial dice que fue una cuestión práctica. Colombia había renunciado a la sede en octubre de 1982 porque tampoco podía cumplir con las exigencias delirantes de la FIFA. Se presentaron cuatro candidatos: Estados Unidos, Canadá, Brasil y México.
Brasil se bajó. Canadá no tenía infraestructura. Estados Unidos mandó a Henry Kissinger a hacer lobby. Pero el fútbol no era popular allá. México, que ya había organizado un mundial en 1970, tenía los estadios, la experiencia y algo más que ningún otro candidato tenía. Tenía a Guillermo Cañedo. Cañedo era un empresario mexicano con un poder que no aparecía en ningún organigrama.
Era amigo personal de Joao Jabelang, el presidente de la FIFA. No un conocido, un amigo del tipo que cena contigo, que te llama por teléfono a medianoche, que te debe favores y a quien tú le debes favores. Esa amistad pesó más que cualquier análisis económico. El 20 de mayo de 1983 en Estocolmo, el Comité Ejecutivo de la FIFA votó por unanimidad.

México sería la sede, el primer país en organizar dos mundiales. La pregunta que nadie hizo fue, ¿a cambio de qué? Porque nada es gratis en el mundo de la FIFA. Y nada es gratis cuando un país en quiebra recibe un regalo de miles de millones de dólares en derrama económica potencial. La teoría que circuló durante décadas en los pasillos del poder mexicano era esta.
El mundial no fue un premio deportivo, fue un instrumento financiero, una señal para los mercados internacionales de que México seguía siendo un país funcional, un país donde se podía invertir, un país que a pesar de la crisis tenía la capacidad de organizar un evento global, un país que no iba a colapsar. Y para que esa señal fuera creíble, necesitaban algo más que estadios y carreteras.
Necesitaban un rostro, una estrella, un nombre que el mundo entero reconociera y asociara con México. Un jugador que estuviera brillando en la liga más importante de Europa, demostrando que los mexicanos podían competir al más alto nivel. Ese nombre era Hugo Sánchez. y Hugo, que en 1983 acababa de fichar por el Atlético de Madrid y en 1985 llegaría al Real Madrid, no tenía la menor idea de que su carrera estaba siendo usada como garantía crediticia de una nación entera.
Piensa en lo que significaba Hugo Sánchez para México en 1985. Era el goleador del Real Madrid, el club más famoso del mundo. Cada semana su nombre aparecía en los periódicos de Madrid, de París, de Londres, de Buenos Aires. Cada gol suyo era transmitido en televisiones de 50 países. Cada voltereta era una postal de México en el escaparate global.
Para un país que acababa de declararse en quiebra, Hugo era la mejor publicidad posible. No era un anuncio pagado, era algo mucho más poderoso. Era la prueba viviente de que México producía excelencia, de que un mexicano podía dominar en la élite europea, de que el país que no podía pagar sus deudas sí podía producir al mejor delantero del continente.
Los banqueros internacionales no leían las páginas deportivas, pero los diplomáticos sí. Y los diplomáticos hablaban con los banqueros y en esas conversaciones el nombre de Hugo Sánchez aparecía con una frecuencia que no tenía nada que ver con el fútbol. El gobierno de Miguel de la Madrid necesitaba renegociar la deuda externa.
Necesitaba convencer al FMI, al Banco Mundial y a los bancos privados de que México era un país viable, de que podía recuperarse, de que merecía más crédito, más tiempo, más paciencia. Y para eso necesitaba proyectar una imagen de normalidad y competencia ante el mundo. El mundial era parte de esa estrategia.
Un país que organiza una copa del mundo no es un país que se está hundiendo. Es un país que funciona, que tiene infraestructura, que tiene capacidad, que tiene futuro. Y Hugo era la cara de ese futuro. Cada gol en el Bernabéu era un mensaje subliminal a los mercados financieros. Cada título de liga era una señal de confianza.
Cada pichichi era un argumento a favor de la solvencia mexicana. No literal. Claro. Nadie se sentaba en una reunión del FMI a decir, “Miren cuántos goles metió Hugo Sánchez.” Pero la imagen de un país se construye con 1000 fragmentos y Hugo era el fragmento más brillante que México tenía. Lo irónico es que Hugo estaba haciendo todo esto sin saberlo.
Él solo quería ser el mejor delantero del mundo. Esa era su obsesión, su motor, su razón de levantarse cada mañana. No pensaba en la deuda externa, ni en las negociaciones del FMI, ni en la imagen internacional de México. Pensaba en goles, en records, en volteretas, en ser mejor que todos. Pero el sistema sí pensaba en él.
El PRI sabía exactamente lo que Hugo representaba y lo cuidaba no directamente, no con llamadas telefónicas ni con órdenes explícitas, sino con algo más sutil, la ausencia de interferencia. Mientras Hugo brillara en Madrid, nadie iba a presionar para que volviera a México. Nadie iba a crear problemas con su estatus migratorio. Nadie iba a generar conflictos con la federación que pudieran distraerlo o dañarlo.
Hugo en Madrid era más útil para México que Hugo en Pumas, porque Hugo en Madrid era visible para el mundo y un país en quiebra necesita que el mundo lo vea brillar en algún lado. Esa era la función secreta de Hugo Sánchez en los años 80. No era solo un futbolista, era un activo diplomático, una garantía emocional. La prueba de que México no estaba muerto, solo estaba endeudado.
Y la diferencia cuando tienes al mejor goleador de Europa en tu selección es enorme. Pero entonces llegó el 19 de septiembre de 1985 y la Tierra tembló. El terremoto del 19 de septiembre de 1985 mató a 20,000 personas en la ciudad de México. Edificios de departamentos colapsaron como castillos de naipes. Hospitales se vinieron abajo con pacientes adentro.

Escuelas aplastaron a niños que habían llegado temprano a clase. La capital de México, la ciudad más grande del continente, se convirtió en un cementerio de concreto y polvo en cuestión de segundos. Y la primera preocupación del gobierno no fue rescatar sobrevivientes, fue el mundial. Guillermo Cañedo, el hombre que había conseguido la sede gracias a su amistad con Jabelang, voló a Suric inmediatamente después del terremoto, no para pedir ayuda humanitaria, para asegurarle a la FIFA que México seguía siendo capaz de organizar el torneo.
“Todo está bien”, le dijo a los directivos. “Los estadios están intactos. El mundial se celebra. Se dice que el gobierno tardó en pedir ayuda internacional no por orgullo, sino por miedo. Miedo a que si el mundo veía la magnitud real del desastre, la FIFA le quitaría la sede. Y si perdían la sede, perdían los contratos, los patrocinios, la derrama económica, los 910 millones de pesos que el torneo generaría, 20,000 muertos y la prioridad era un campeonato de fútbol.