me dijo, “Doctor, lo que le voy a contar esta noche no puede salir de aquí.” Y yo me quedé quieto con el historial en la mano, el bolígrafo sin tinta y él mirándome con unos ojos que yo no había visto antes en ese hombre. Paquirri no era de los que pedían nada, ni ayuda, ni compasión, ni tiempo.
Pero esa noche me pidió las tres cosas y yo se las di y cargué con lo que me contó durante más de 30 años. Hoy lo cuento porque hay cosas que no deben morirse con uno. Si estás escuchando esto, quiero que sepas que me alegra mucho que estés aquí. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad me estás viendo. Quiero saber hasta dónde llegan estas historias, porque lo que voy a contar hoy merece llegar lejos. Me llamo Ernesto.

Fui médico durante 42 años. Ejercí en Sevilla, en Madrid y durante una temporada también atendí a gente del mundo del espectáculo, de esa gente que sale en la revistas y que todo el mundo cree que lo tiene todo resuelto y le aseguro que no, que detrás de los trajes de luces y de las portadas hay personas que sufren igual que usted y que yo, o peor, porque ellos no pueden llamar al médico de cabecera sin que al día siguiente lo sepa toda España.
Airri lo conocí en el 82. Me lo presentó un compañero mío que llevaba años siendo el médico de confianza de varias figuras del toreo. Le expliqué quién era yo, de dónde venía y él me dio la mano y me dijo, “¿Usted es discreto?” Le dije que sí. Me dijo, “Pues entonces nos vamos a llevar bien.” Y nos llevamos bien. Durante dos años nos llevamos muy bien.
Era un hombre de pocas palabras, pero de mucha presencia. Cuando entraba en una habitación, la habitación cambiaba. No es que fuera altivo ni distante, es que tenía algo que yo he visto en muy poca gente en toda mi vida. Una calma que venía de adentro de haber tomado decisiones difíciles y haberlas sostenido.
Los toreros que duran son así, los que no se rompen pronto. Pero esa calma tenía una grieta y esa grieta tenía nombre. Ahora bien, antes de contarle cuál era esa grieta, necesito que entienda algo. Necesito que entienda cómo era aquella época, qué se decía, qué se callaba y por qué un hombre como él vino a contarme a mí, su médico, algo que no le había contado a nadie más, porque si no entiende eso, no va a entender lo que pasó después.
Y lo que pasó después es lo que cambia todo. Era el 28 de septiembre de 1984. La noche antes de la corrida de Pozo Blanco. Yo estaba en el hotel, no dormía bien esa noche, que ya le digo que algo tenía el aire de esa ciudad que me ponía inquieto. Aunque uno nunca sabe si esas cosas las nota antes o las construye después en la memoria.
Me llamaron a la habitación. Era tarde, pasaban de las 11. Era el doctor, ¿puede bajar? Bajé. Lo encontré en el bar del hotel, solo con un café que no había tocado. Me senté enfrente, le miré la cara. Tenía los ojos cansados, pero no de sueño. Era otro tipo de cansancio. El de alguien que lleva tiempo cargando con algo que pesa demasiado para seguir cargándolo solo. ¿Cómo está usted?, le pregunté.
Mal, me dijo. Y punto, sin adornos. En 30 años de medicina, cuando un hombre como Paquirri dice mal, así de esa manera, sin explicar nada más, uno aprende a esperar, a no llenar el silencio, a dejar que el otro encuentre la puerta por sí mismo. La encontró. Estoy pensando en retirarme. Lo miré. Él miraba el café. Lo sabe alguien más.
Usted ahora. Respiré. Le pregunté por qué y entonces empezó a hablar despacio al principio, como quien desata un nudo que lleva mucho tiempo apretado. Y luego más rápido. Y yo escuchaba con el bolígrafo en el bolsillo y sin tocarlo, porque aquello no era una consulta, aquello era otra cosa. me habló de la presión, del peso de ser quién era, de los contratos, de los compromisos, de la gente que dependía de él económicamente y que nunca se lo agradecía, sino que simplemente lo daba por hecho.
Me habló de sentirse solo dentro de su propia vida, de levantarse por las mañanas y no reconocer del todo la persona que le devolvía el espejo. Y luego hizo una pausa, una pausa larga, y dijo algo que yo no esperaba. Ahora bien, lo que me dijo en esa pausa es lo que más me ha costado contar todos estos años y se lo voy a contar.
Pero antes necesito que entienda una cosa sobre Isabel Pantoja, porque sin entender eso, las palabras de Paquirry esa noche no tienen todo el peso que tienen y merecen todo su peso. Espere, déjeme que me reponga un momento. Hay cosas que uno ha guardado tanto tiempo que cuando las saca se nota que estaban apretadas muy dentro.
Isabel Pantoja llevaba ya un tiempo siendo parte de su vida. Todo el mundo lo sabía o casi todo el mundo. Era una de esas relaciones que estaba en boca de todos, pero que nadie entendía del todo. Desde fuera, yo la había visto con él en un par de ocasiones. Era una mujer de mucha personalidad, eso se notaba desde lejos.
De esas personas que ocupan mucho espacio en una habitación, aunque no digan nada, y Pakirri, que también ocupaba espacio, parecía achicarse un poco cuando ella estaba cerca. Eso me llamó la atención desde el principio, pero no era asunto mío, o eso creía yo. Esa noche en el bar del hotel, Pakirri me miró y me dijo algo que no he olvidado en 40 años.

Me dijo, “Doctor, yo quiero esa mujer, pero hay algo que no cuadra y no sé si soy yo el que no cuadra o es la situación entera.” Le pregunté qué quería decir y entonces me contó algo. me contó que semanas antes había tenido una conversación con ella que lo había dejado descolocado, una conversación sobre dinero, sobre los contratos, sobre quién decidía qué en su vida profesional y me dijo textualmente que había salido de esa conversación con la sensación de que él era el torero, sí, pero que las decisiones importantes las tomaba otra persona y eso le
molesta. Le pregunté. se quedó callado un momento y luego dijo, “Me molesta no saber si me molesta porque tengo razón o porque tengo miedo de tenerla. Eso me lo dijo él.” Con esas palabras, un hombre que se enfrentaba a toros de 500 kg me estaba diciendo que tenía miedo de mirar de frente algo que estaba pasando en su propia casa.
¿Usted entiende lo que le estoy diciendo? ¿Entiende el tamaño de eso? Yo le escuché, le hice algunas preguntas y llegué a una conclusión esa noche que no le dije a él porque no era mi lugar, pero que llevo pensando desde entonces. Aquel hombre estaba atrapado, no en la plaza, que ese era el único sitio donde era completamente libre, atrapado en su vida, en las expectativas, en las dependencias que se habían ido creando alrededor de él, como una red que parecía de oro, pero que pesaba como el plomo.
Y lo que me contó después, ya entrada la madrugada, eso sí que no me lo esperaba. Eso cambia todo lo que usted cree saber sobre lo que pasó en Pozo Blanco. Pero antes de llegar ahí, necesito contarle algo sobre los días anteriores, sobre lo que pasó en el entorno de Paquirri esas últimas semanas, porque hay una conversación que tuvo lugar, una conversación de la que yo me enteré de manera indirecta, pero de la que tengo testimonio, que explica muchas cosas que siempre quedaron sin explicar.
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Me lo contó una persona que trabajaba cerca de él, una mujer que llevaba años en ese mundo y que lo vio todo desde dentro. me lo contó meses después de Pozo Blanco, cuando ya todo había pasado y el dolor ya había bajado un poco de temperatura, aunque nunca desaparece del todo. Eso le digo yo. Esta mujer me dijo que en las semanas previas a Pozoblanco hubo una discusión, una discusión seria sobre los contratos de esa temporada, sobre compromisos que Paquirri había firmado y que algunos de su entorno no querían que cumpliera y que él se negó a romperse.
dijo que un hombre de palabra cumple lo que firma, le cueste lo que le cueste. ¿Y sabe usted qué le contestaron? Le contestaron que él era el nombre en el cartel, pero que había otras personas cuya carrera también dependía de las decisiones que él tomara. Eso se lo dijeron a él, a Paquirri, y él siguió adelante.
Fue a Pozo Blanco, cumplió y yo, que lo había escuchado la noche anterior, hablar de retirarse, de empezar de nuevo, de irse quizás a vivir una vida más tranquila con sus hijos. Yo que lo había visto esa noche con una vulnerabilidad que poca gente le conoció jamás, tuve que ver al día siguiente cómo lo sacaban de la plaza en Andas. No me voy a extender en eso.
Hay cosas que uno no describe porque las palabras hacen daño y porque no es necesario. Pero lo que sí voy a contar es lo que pasó después, en las horas siguientes, en el hospital. Y lo que pasó en ese hospital es algo que muy poca gente sabe y que explica por qué durante todos estos años me callé. Porque me lo pidieron.
Me lo pidieron de manera muy clara. Y yo, que soy médico antes que cualquier otra cosa, respeté ese silencio durante mucho tiempo, demasiado. Pero mire usted, tengo 78 años. Ya he enterrado a mis padres, a mi mujer, a dos amigos íntimos y he llegado a la conclusión de que el silencio no siempre protege a quien creemos que protege.
A veces solo protege a los que tienen algo que esconder. En el hospital, en esas horas, yo estaba presente y llegaron personas, personas con mucho peso, con mucho nombre, con mucha presencia. y la manera en que se movieron por aquel pasillo, la manera en que hablaban entre ellos en voz baja, la manera en que se organizaron las cosas con una rapidez que a mí me pareció extraña dado el estado emocional que todos fingíamos tener.
Eso me quedó grabado y una de las cosas que me quedó grabada es algo que escuché, algo que no iba dirigido a mí, pero que escuché porque estaba allí y porque a veces los pasillos de los hospitales tienen una acústica que la gente no calcula. Bien. cuando cree que habla en privado. Lo que escuché esa tarde en ese pasillo, lo guardo todavía y se lo voy a contar.
Pero antes necesito que entienda algo sobre cómo funciona ese mundo, el mundo de los famosos, de los toreros, de las cantantes, porque hay un mecanismo que funciona siempre igual y que mucha gente no ve porque lo confunde con amor o con lealtad. Y ese mecanismo es el que explica a lo que escuché esa tarde.
¿Ha visto usted alguna vez cómo se cierra un círculo alrededor de alguien cuando esa persona ya no puede hablar? ¿Ha visto cómo de repente aparece gente que antes estaba en segundo plano y pasa al primero? ¿Ha notado como las versiones de lo que pasó se unifican muy rápido, demasiado rápido? Antes de que nadie haya tenido tiempo de procesar nada.
Yo lo vi esa tarde y lo que escuché encajaba exactamente con lo que Paquirri me había dicho la noche anterior, que había algo que no cuadraba, que no sabía si el problema era él o la situación entera. El problema no era él. Lo supe esa tarde con certeza, en el pasillo del hospital, dos personas que no voy a nombrar por respeto, aunque usted probablemente las reconocería si las viera, estaban hablando de los contratos.

de los derechos, de lo que pasaría ahora con la imagen, con los compromisos, con ciertas cosas que estaban firmadas y que ahora había que renegociar. Eran las 3 de la tarde. Pakirri llevaba muerto menos de 2 horas. Eso fue lo que escuché. Eso es lo que llevo 40 años cargando. Y si usted me pregunta por qué no lo conté antes, le voy a contestar con honestidad.
Porque tuve miedo, porque soy médico y porque en ese mundo la discreción es la primera condición para que te dejen acercarte. Y porque hubo un momento, unos meses después de Pozo Blanco, en que alguien me hizo entender de manera muy educada, pero muy clara, que lo que yo había visto y oído aquella tarde era mejor que se quedara donde estaba.
No me amenazaron. No hace falta amenazar a la gente cuando tiene algo que perder. Me lo dijeron con amabilidad, con una sonrisa y con la certeza de quien sabe que el otro entiende lo que está pasando, aunque nadie lo diga en voz alta. Entendí y me callé. Pero lo que no pude callar, lo que se quedó conmigo todos estos años fue la cara de Paquirri esa noche en el bar del hotel.
El café sin tocar, los ojos cansados, la voz cuando me dijo que quería retirarse, que quería una vida más tranquila, que había algo que no cuadraba y que no sabía cómo mirarlo de frente. Ese hombre sabía algo, no sé si lo sabía con palabras o si lo sabía de esa manera que uno a veces sabe las cosas antes de poder nombrarlas.
Pero lo sabía y la corrida del día siguiente la toreó. La toreó como siempre. con todo lo que tenía, porque era así, porque ese era el único sitio donde nadie le podía quitar nada. Lo que pasó después en el hospital, lo que se organizó en esas horas, lo que se habló en esos pasillos, eso no se puede leer en ninguna revista, eso no está en ninguna entrevista, está aquí en lo que yo vi y escuché y guardé durante 40 años. Y hay una última cosa.
Una cosa que me dijo él esa noche. La última cosa que me dijo antes de que yo me levantara de la silla y le dijera que descansara, que al día siguiente había corrida. Me dijo, “Doctor, si algún día pasa algo, cuide usted de que se sepa la verdad, que hay gente que tiene mucho interés en que las cosas se cuenten de una manera determinada.
” Le pregunté, “¿Qué quería decir con eso?” me miró y me dijo, “Ya sabe usted lo que quiero decir y sí, lo sabía. Y usted que lleva todos estos minutos escuchándome, usted también lo sabe.” Esa noche en el bar del hotel, cuando me levanté de la silla y le di la mano, él me la apretó un poco más de lo normal, un segundo más de lo necesario, como quien sella algo sin palabras.
Yo me fui a mi habitación, no dormí. Al día siguiente estaba en la plaza. ¿Y lo que pasó en esa plaza? Ya lo sabe todo el mundo. Lo que no sabe nadie o casi nadie es que mientras aquello ocurría, yo estaba pensando en el café sin tocar, en los ojos cansados, en esa frase que hay gente que tiene mucho interés en que las cosas se cuenten de una manera determinada.
Los años que vinieron después fueron extraños. Vi cómo se construía una versión, una versión limpia, ordenada, emotiva, una versión que dejaba a todo el mundo en su sitio. Isabel Pantoja, veluto eterno, el torero muerto en la gloria. Una historia de amor que España entera podía llorar sin hacerse preguntas incómodas. Y España lloró con razón porque el dolor era real.
Pakirri un hombre que merecía ese llanto, pero las historias que no se hacen preguntas incómodas. Siempre tienen un hueco, un sitio donde algo no termina de encajar, un detalle que uno aparta porque duele mirarlo. Y ese hueco en esta historia tiene la forma de dos personas hablando en un pasillo de hospital a las 3 de la tarde con el hombre todavía caliente, hablando de contratos y de derechos y de lo que tocaba hacer ahora.
Eso no es un rumor, eso lo vi yo. Durante mucho tiempo. Me pregunté si había hecho bien callándome. Me lo pregunté con 40 años, con 50, con 60. La respuesta cambiaba según el día. A veces me decía que había sido prudente, que no era asunto mío, que yo era médico y no juez. Otras veces me despertaba a las 4 de la madrugada con la cara de él en la cabeza y pensaba que la prudencia a veces es solo otro nombre para la cobardía.
Hoy tengo 78 años y he llegado a una conclusión. La gente poderosa cuenta con el silencio de los demás. Esa es su mayor protección. No la fama, ni el dinero, ni los abogados. El silencio. El silencio de la gente que vio algo y decidió que no era asunto suyo. El silencio de los que recibieron un aviso educado y entendieron. El silencio de los que simplemente tenían miedo.
Yo fui parte de ese silencio y eso no me lo quita nadie, pero también soy parte de esto, de lo que estoy haciendo ahora. Y a estas alturas de la vida, esto me parece más importante. Pakirri pidió que cuidara de que se supiera la verdad. No sé si esto que he contado hoy es suficiente. No sé si es todo. Probablemente haya cosas que yo no vi, conversaciones que no escuché, decisiones que se tomaron lejos de donde yo estaba.
Soy un hombre con una perspectiva limitada y con una memoria que ya no es lo que era. Pero lo que sí sé, lo que sé con certeza es que aquel hombre esa noche quería irse, quería parar, quería una vida más pequeña y más suya y no pudo, por las razones que sean. por la presión que fuera, por los compromisos que pesaban demasiado, no pudo.
Y eso, eso sí que es una tragedia, ¿no? La cornada. La cornada fue el final. La tragedia era lo que estaba pasando antes. El hombre atrapado en su propia vida, sin saber muy bien cómo salir buscando la puerta en una conversación de medianoche con su médico en un bar de Pozoblanco. Esa imagen es la que me acompaña, no la de la plaza, la del café sin tocar.
Usted me preguntará qué pienso de Isabel Pantoja y le voy a contestar con la misma honestidad con la que he contado todo lo demás. No lo sé. No sé hasta dónde llegaba su conocimiento de las cosas. No sé qué sabía y qué no sabía. No sé si era parte de lo que Paquirri sentía que no cuadraba o si era también a su manera, parte de una red que los envolvía a los dos. Eso no lo sé.
Y no voy a decir lo que no sé. Lo que sí sé es que ese luto se convirtió en una carrera, en una imagen, en un negocio. Si me apura y que hay algo en eso que siempre me resultó incómodo, aunque entiendo que cada uno gestiona el dolor como puede y que yo no tengo derecho a juzgar desde fuera, pero el pasillo del hospital no me lo quita nadie.
A las 3 de la tarde, menos de dos horas después. Eso lo vi. Y ahora lo sabe usted. Haga con ello lo que le parezca. Piense lo que quiera, saque las conclusiones que le den su experiencia y su criterio, que para eso lleva usted toda una vida viviéndola. Yo solo era el médico, el que escuchó, el que guardó y el que hoy por fin habló.
Descanse en paz, Francisco. ¿Qué lo que no pudo decir en vida? Algo de ello quedó dicho esta noche.