Posted in

Frank Sinatra Dijo que Nino Bravo lo Dejaría Sin TRABAJO|Lo que Pasó Cuando los Dos se Encontraron..

 Iba a entrar al mercado anglosajón por la puerta grande, armado únicamente con su voz, esa garganta de terciopelo y acero forjada entre los callejones de Carcagente y las plazas de Valencia. El contrato estaba casi firmado, las canciones casi listas. Todo estaba a punto de cambiar y entonces llegó el 16 de abril de 1973.

Pero eso es el final de la historia y esta historia no empieza por el final, sino por esa noche en Londres, cuando Luis Manuel Ferry Yopis, ese chico de pueblo que nunca olvidó sus raíces, ese hijo de Ayelo de Malferit, que dormía en colchones de paja cuando era niño, salió de un estudio de grabación con una frase en la boca y una promesa en el bolsillo.

Y hay algo más. Esa noche, en ese mismo estudio, alguien dejó una grabadora encendida por error durante una pausa entre sesiones. Lo que quedó registrado no estaba pensado para ningún oído. Era Nino hablando solo en voz  baja, mirando por la ventana hacia la lluvia londinense. Lo que dijo en esa conversación nadie lo supo durante años y cuando lo sepas, va a cambiar la manera en que escuchas sus canciones.

Cuántas veces estamos a punto de convertirnos en leyenda sin saberlo? Esta es la historia del hombre que estaba a punto de conquistar el mundo en inglés, que sabía exactamente quién era y de dónde venía y que eligió, libre,  como el viento de su canción más famosa, no olvidarlo nunca. Para entender lo que Nino Bravo estaba a punto de hacer en 1972, hay que volver un poco atrás.

 Hay que volver a la España de Francisco Franco, a la España sin televisión en color. sin libertad de prensa, sin partidos políticos. La España donde cantar ciertas cosas era peligroso y donde una canción llamada libre podía ser interpretada de dos maneras completamente  distintas, dependiendo de quién la escuchara.

 Luis Manuel Ferryopis nació el 3 de agosto de 1944 en Ayelo de Malferit, un pueblo de la provincia de Valencia tan pequeño que cabía entero en la plaza del mercado. Su padre se llamaba Luis Manuel también. Su madre Consuelo vivieron en Carcagente durante su infancia  y después se mudaron a Valencia, al barrio de Sagunto, a una calle estrecha donde los vecinos se conocían todos  y los niños jugaban en la calle hasta que el sol desaparecía tras los tejados de Teja Roja.

 Estudió hasta cuarto de bachillerato. Luego abandonó los libros porque sentía que los libros no eran lo suyo. Su padre tenía un trabajo. Su madre cocía. El dinero llegaba justo, pero ese niño tenía algo dentro que no cabía entre las paredes de un piso valenciano. Desde los 14 años, cuando abrió la boca y cantó, Libero de Doménico Modugno.

 Nadie en su barrio volvió a mirarlo igual. Y el problema o el don según se mire es que tampoco él volvió a mirarse igual a sí mismo. La voz de Nino era normal, era física. Era una fuerza que entraba por el pecho del que la escuchaba y apretaba algo allí dentro. Sus amigos lo miraban con los ojos abiertos.

 Los vecinos salían a los balcones. Era esa clase de voz que ocurre una vez por generación. Si acaso. Formó su primer grupo, Los Hispánicos, con Salvador y Félix. Luego Los Supersón. Luego vino el servicio militar en la Marina de Cartagena, donde pasó dos años con una sola pregunta dándole vueltas en la cabeza. dejarlo todo o apostarlo todo.

 Cuando volvió, ya tenía la respuesta. Tomó la decisión más importante de su vida. O esto en serio o nada. Llegó a Madrid, llamó puertas. Le dijeron que no en RCA, donde según el mismo contaría años después, nadie se enteró de que había pasado por allí. Lo llamaron de polidor, le hicieron una prueba, le firmaron un contrato.

 Ganaba 5,000 pesetas por canción grabada. En 1969, un hombre llamado Augusto Algueró le puso en la mano una canción que tres personas habían rechazado antes. Te quiero, te quiero. Nino la escuchó una sola vez y dijo esa. Alguien del sello le advirtió que era una cursilada, que no la grabara, que iba a hundir su carrera. La grabaron casi de tapadillo.

La metieron en un sobre junto a otros discos a ver si pasaba desapercibida. No pasó desapercibida en ningún lado. Lo que vino después de ese disco. Nadie en España lo había visto antes. Y lo que le ocurrió a Nino en el camino hacia Londres tampoco. El éxito de Te quiero te quiero fue tan brutal y tan rápido que Nino tardó un tiempo en entender lo que había ocurrido.

En España, número uno durante semanas. en Argentina número uno, en Venezuela número uno, en Chile, donde la gente lo escuchaba en radios de transistor mientras comía y mientras dormía y mientras hacía cualquier cosa que hacía la gente. En 1970, en Colombia, la fama le costó 3 días entre rejas. Una ley extraña.

 El decreto 974 de 1969 obligaba a los artistas extranjeros a dar un concierto gratuito para el pueblo antes de cobrar sus actuaciones pagas. Nino llegó  a Bogotá sin que nadie le hubiera avisado de esa ley. Se negó a actuar sin cobrar. Lo detuvieron. Lo multaron con 25,000 pesos colombianos. Tres días encerrado en un país extranjero, sin su mujer, sin su familia, con la voz que había llenado estadios apagada entre cuatro paredes.

Salió de Bogotá hacia Caracas y al día siguiente siguió cantando como si nada. Eso era Nino. En febrero de 1971 había actuado en el Festival de Viña del Mar en Chile. El anfiteatro de la Quinta Vergara, con su capacidad para miles de personas,  se llenó hasta los bordes.

 Su contrato solo contemplaba tres canciones. La orquesta solo tenía las partituras de esas tres canciones. Nino cantó las tres. El público pidió más. Nino quería quedarse. El director de orquesta, Saúl San Martín, no tenía más partituras. Y Nino Bravo tuvo que saludar y retirarse mientras el público de la Quinta Vergara  seguía aplaudiendo, negándose a irse a casa.

 El público de Viña del Mar esa noche. Se quedó aplaudiendo a un escenario vacío. Era ese tipo de artista, el que dejaba al público queriendo más, siempre más. En mayo de 1971 actuó en el festival de la rosa de oro de Montró en Suiza. Europa empezaba a fijarse en él. En octubre quedó segundo en el Festival Internacional de la Canción de Río de Janeiro y en enero de 1972 lanzó su tercer disco, Un beso y una flor, con canciones que se convirtieron en himnos generacionales, cartas amarillas, Noelia  y esa balada

del título que una generación entera cantó en bodas y en despedidas  y en noches de lluvia con la ventana abierta. Ese mismo año 1972 grabó también Libre una canción que José Luis Armenteros y Pablo Herrero habían escrito pensando en la España franquista,  en esa presión invisible que aplastaba a los hombres cuando intentaban vivir de verdad.

Read More