Entró por la puerta principal, cerró detrás de ella y nunca volvió a salir. Los videos de seguridad revisados por la policía de investigación no muestran a nadie más saliendo del inmueble esa noche, nadie excepto Yael. Y él no reportó nada hasta se días después. El primero de mayo, casi una semana completa después, el joven acudió a presentar la denuncia.
Su versión era simple. Su madre había salido rumbo al centro histórico y desde entonces no sabía nada de ella. Dijo que pensó que estaba de viaje, que a veces se ausentaba por trabajo, que no quiso preocuparse de inmediato. Pero compañeras de Teresa comenzaron a llamar extrañadas. Ella nunca faltaba sin avisar, nunca desaparecía así.

Y cuando buscaron respuestas, encontraron a un hijo que parecía más tranquilo de lo normal, porque mientras la ficha de búsqueda circulaba, mientras vecinos pegaban carteles, Yael seguía yendo a clases. Salía de fiesta, usaba las tarjetas bancarias de su madre, manejaba su seta y visa como si nada hubiera pasado.
No repartía volantes, no organizaba búsquedas. Su comportamiento no coincidía con el de alguien desesperado por encontrar a un ser querido. Y eso fue lo que encendió todas las alarmas. Lo que los investigadores descubrirían en los siguientes días revelaría una historia muy diferente a la que Yael había contado. La reconstrucción de lo ocurrido el 25 de abril comenzó con mensajes de texto.
Mensajes que Yael envió a un amigo esa misma noche. Mensajes que nunca imaginó que terminarían en manos de los investigadores. Eran cerca de las 9 de la noche. Ya él estaba fuera de su casa. Le escribió a un amigo que lo esperara, que iban a salir a beber. Pero había un problema, no tenía dinero y su madre se negaba a dárselo.
Los mensajes se volvieron cada vez más insistentes. “Ahorita le saco el dinero”, escribió. “Yo veo como le saco el dinero.” El tono era de frustración, de determinación, de alguien que no iba a aceptar un no por respuesta. Según la reconstrucción de los hechos, Teresa estaba en su recámara. Había llegado cansada del trabajo. Solo quería descansar.
Cuando su hijo le pidió 2,000 pesos, ella se negó. No era la primera vez. Había discusiones previas por dinero, por responsabilidades, por el estilo de vida que Yael llevaba mientras ella trabajaba largas jornadas. Los vecinos del inmueble reportaron haber escuchado gritos esa noche, lamentos, palabras de auxilio que se cortaban abruptamente, sonidos que duraron varios minutos y luego simplemente se detuvieron.
Nadie salió a ver qué pasaba. Es una zona donde la gente prefiere no meterse en problemas ajenos. Cuando las autoridades les tomaron declaración días después, varios confirmaron lo mismo. Escucharon algo, pero no actuaron. Después de casi una hora de intercambio de mensajes, Yael le avisó a su amigo que ya no iba a salir.
Le dijo que su madre no lo había dejado. Canceló la salida y su teléfono quedó en silencio el resto de la noche. Lo que ocurrió dentro de esa casa entre las 9 y las 11 de la noche es lo que ahora investiga la fiscalía. Los peritajes apuntan a que hubo una confrontación física, una agresión de violencia extrema. Teresa fue atacada en su propia recámara.

El lugar donde debía estar más segura se convirtió en el escenario de lo que las autoridades presumen fue un crimen por dinero, por una cantidad ridícula, 2,000 pesos, menos de lo que cuesta una semana de despensa. Resulta que Yael no solo necesitaba el dinero esa noche, también tenía acceso a las tarjetas bancarias de su madre, a su automóvil, a sus pertenencias y después de lo que sucedió comenzó a usarlas como si nada hubiera pasado.
Durante los días siguientes, mientras Teresa ya no estaba, su hijo retiró efectivo de cajeros automáticos. Pagó consumos en bares, se movió por la ciudad en el coche de ella. Actuaba con una normalidad que resultaba perturbadora. Las cámaras de seguridad no solo capturaron a Teresa entrando a su casa, también registraron los movimientos de Yael en las horas y días posteriores, saliendo del domicilio solo, regresando tarde en la madrugada, cargando bolsas negras.
En algunas ocasiones todo quedó grabado, todo quedó documentado y cuando los investigadores revisaron esas grabaciones, las piezas comenzaron a unirse de una manera aterradora. El análisis de telefonía celular mostró que el teléfono de Teresa dejó de tener actividad exactamente después de las 11 de la noche del 25 de abril.
No hubo más llamadas, no hubo más mensajes. El dispositivo simplemente dejó de conectarse a las antenas de telecomunicaciones como si alguien lo hubiera apagado o destruido o escondido junto con otras evidencias que no querían que fueran encontradas. Compañeras de trabajo intentaron comunicarse con ella al día siguiente. Nadie contestó.
Llamaron a su casa y a él les dijo que había salido temprano, que no sabía cuándo regresaría. Les dio excusas vagas, respuestas evasivas y cuando insistieron, simplemente dejó de contestar sus llamadas. Lo que encontrarían los peritos al entrar a esa vivienda días después confirmaría las peores sospechas y convertiría al hijo que lloraba frente a las cámaras en el principal sospechoso de haber terminado con la vida de quien le dio la suya.
El martes 6 de mayo, casi dos semanas después de la desaparición, un operativo masivo se desplegó en la calle Grabados. Patrullas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana bloquearon ambos extremos. Una unidad forense de la fiscalía se estacionó frente al número 286. Vecinos salieron a ver qué pasaba. Algunos grabaron con sus teléfonos.
Todos sabían de quién era esa casa. Elementos del grupo especial de reacción e intervención ingresaron primero, aseguraron el perímetro, luego entraron los peritos, llevaban equipo especializado, cámaras, reactivos químicos, bolsas para evidencia. iban preparados para encontrar algo que alguien había intentado ocultar.
A simple vista, la casa parecía normal, limpia incluso. La recámara de Teresa estaba ordenada, el baño reluciente, como si alguien hubiera pasado horas tallando cada superficie. Pero los investigadores sabían que la limpieza extensiva a veces es la mejor confesión. Aplicaron luminol en la precámara principal.
Es un reactivo que reacciona con los componentes de la sangre, incluso cuando ha sido lavada, incluso cuando han pasado días o semanas, apagaron las luces, rociaron las superficies y entonces todo se iluminó con un brillo azul fantasmal. Había rastros semáticos por todas partes. En las paredes, en el piso, cerca de la cama, alguien había tratado de eliminarlos con productos de limpieza.
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Había tallado con fuerza, pero la química no perdona. La sangre estaba ahí, invisible al ojo humano, pero gritando su presencia bajo la luz ultravioleta. El baño mostró el mismo patrón. Manchas que habían sido fregadas una y otra vez, restos biológicos en el desagüe de la regadera, indicios de que algo terrible había ocurrido y alguien intentó borrar las huellas.
Los peritos tomaron muestras de todo, cada mancha, cada rastro, documentaron con fotografías, levantaron evidencia que después sería comparada con el perfil genético de Teresa, pero había más. En el registro del inmueble encontraron inconsistencias en la versión de Yael. Él había dicho que su madre salió de casa el 25 de abril, que él despertó y ella ya no estaba.
Sin embargo, la ropa que Teresa supuestamente llevaba puesta cuando salió seguía en el closet. Los tenis blancos que describió en la ficha de búsqueda estaban en su lugar. La cartera que según él ya había llevado estaba en un cajón del buró. Los análisis de las cámaras de videovigilancia fueron aún más reveladores.
Las autoridades rastrearon todos los videos de las cámaras públicas y privadas en un radio de varias cuadras. Revisaron registros de esa noche y de los días posteriores. Teresa nunca salió de esa casa. Ninguna cámara la captó en las calles. Ningún testigo la vio en el centro histórico. La historia que ya él había construido se desmoronaba con cada hora de video analizado y estaban los mensajes.
Cuando la policía de investigación interrogó al amigo de Yael, el joven entregó su teléfono sin imaginar lo que contenía. Ahí estaban las conversaciones de esa noche, la insistencia por dinero, la frustración, el momento exacto en que Yael escribió que iba a conseguir el dinero de su madre de cualquier forma y luego el silencio.
Especialistas en análisis de comunicaciones revisaron también el teléfono de Yael. encontraron búsquedas en internet realizadas en las horas posteriores a la desaparición de Teresa. Búsquedas sobre cómo eliminar olores, cómo limpiar manchas difíciles, qué productos químicos son más efectivos para borrar evidencia biológica.
El historial de navegación era una confesión digital. Las autoridades lograron establecer una ruta que Yael siguió en los días posteriores. Usó el automóvil de su madre para moverse hacia diferentes puntos de la ciudad. Algunas zonas cerca del gran canal, otras en áreas boscosas al sur. Los investigadores creen que intentó deshacerse de evidencia, tal vez de ropa, tal vez de objetos personales, posiblemente del teléfono de Teresa.
Cada movimiento quedó registrado por cámaras de tránsito y lectores automáticos de placas. El inmueble fue asegurado bajo la carpeta de investigación. se convirtió en escena del crimen. Los peritos pasarían días completos ahí dentro buscando más pruebas, reconstruyendo lo que pasó, tratando de encontrar pistas sobre dónde podría estar Teresa, porque hasta ese momento su paradero seguía siendo un misterio y sin un cuerpo el caso se volvía aún más complejo.
Pero para la fiscalía ya había suficientes elementos, las contradicciones, la evidencia forense, los vos, los mensajes, todo apuntaba a la misma persona y esa persona seguía circulando libremente por la ciudad. Todavía no, pero ya no por mucho tiempo. El jueves 7 de mayo, casi dos semanas después de que Teresa entrara por última vez a su casa, agentes de la policía de investigación recibieron la orden que habían estado esperando.
Un juez había emitido una orden de aprensión contra Fernando Yael Pérez Molina por el delito de desaparición cometida por particulares en modalidad agravada. Era momento de actuar. Los investigadores habían estado rastreando sus movimientos durante días. Sabían dónde vivía, dónde estudiaba, qué rutas usaba y sabían que en algún momento bajaría la guardia.
Ese momento llegó en la esquina de Fryervando Teresa de Mier y Bolívar, en pleno centro histórico, y a él circulaba en el seta de su madre. Tranquilo, como si nada pasara, como si las semanas anteriores hubieran sido normales. Tres patrullas lo interceptaron. Los agentes se identificaron. Le informaron que había una orden de aprensión en su contra, ya él no opuso resistencia, no intentó huir, simplemente bajó del vehículo y fue esposado.
Las cámaras de seguridad del centro captaron el momento. En minutos, las imágenes ya circulaban en redes sociales. El hijo que había llorado frente a medios ahora era trasladado como detenido. Lo llevaron directamente al reclusorio preventivo varonil norte. Ahí quedó a disposición de un juez de control que determinaría si las pruebas eran suficientes para vincularlo a proceso.
En las horas siguientes, la fiscalía presentaría ante el juez toda la evidencia recopilada: los vídeos, los mensajes, las muestras forenses, el historial de búsquedas en internet, todo lo que apuntaba a que Jael no solo sabía qué le había pasado a su madre, sino que era el responsable directo. Pero la audiencia inicial reveló algo más.
La defensa argumentó que no había cuerpo, que sin un cuerpo no se podía hablar de homicidio, que la desaparición podía tener otras explicaciones. Era un argumento técnico legal, pero que ignoraba toda la evidencia circunstancial que lo rodeaba como una red cada vez más apretada. El Ministerio Público respondió con datos duros.
Las manchas de sangre en la recámara y el baño correspondían al perfil genético de Teresa. Los análisis de criminalística determinaron que la cantidad de sangre encontrada era incompatible con la vida. Es decir, quien perdió esa cantidad de sangre no pudo haber sobrevivido. Además, estaba el patrón de limpieza, el intento deliberado de ocultar evidencia y sobre todo estaba el hecho de que Teresa nunca salió de esa casa con vida.
El juez escuchó ambas partes, revisó las pruebas y determinó que había elementos suficientes para vincular a proceso a Fernando Yael. La medida cautelar sería prisión preventiva oficiosa. No habría libertad bajo fianza. No habría arresto domiciliario. Permanecería en el reclusorio norte mientras avanzaba el proceso.
La familia de Teresa, que había guardado silencio durante días, finalmente emitió un comunicado. Pedían justicia. Pedían que se encontrara el cuerpo de su ser querido. Pedían que quien fuera responsable pagara por lo que había hecho. Pero las instituciones mostraron su lado más opaco. La fiscalía mantuvo bajo reserva detalles cruciales de la investigación.
argumentaron que revelar cierta información podría entorpecer la búsqueda del cuerpo, que había líneas de investigación abiertas, que no podían dar más detalles. El discurso oficial sonaba razonable, pero para quienes conocían el caso era evidente que había preguntas sin responder. Por ejemplo, ¿por qué tardaron casi dos semanas en realizar el cateo si desde el principio las cámaras mostraban que Teresa no había salido de su casa? ¿Por qué no se actuó más rápido cuando compañeras de trabajo reportaron que el comportamiento de Yael era
sospechoso? ¿Por qué se permitió que el principal sospechoso siguiera usando las tarjetas bancarias y el vehículo de la víctima durante días sin que eso disparara alertas inmediatas? Las respuestas nunca llegaron. Funcionarios de la Fiscalía Especializada en Desapariciones dieron conferencias de prensa genéricas, hablaron de protocolos, de investigaciones exhaustivas, de trabajo coordinado entre diferentes áreas, pero evitaron las preguntas incómodas, evitaron explicar los tiempos, evitaron reconocer que tal
vez pudieron actuar más rápido. Y mientras tanto, Teresa seguía sin aparecer. Los equipos de búsqueda rastreaban zonas que Yael había visitado en los días posteriores a su desaparición. Busos revisaban canales, perros entrenados olfateaban terrenos valdíos, pero el cuerpo no aparecía y cada día que pasaba las probabilidades de encontrarla disminuían.
La comunidad de la colonia 20 de noviembre comenzaba a exigir respuestas. Vecinos organizaron una protesta frente a las oficinas de la fiscalía. Llevaban carteles con el rostro de Teresa. Gritaban consignas contra la impunidad, contra el tiempo perdido, contra un sistema que parecía más preocupado por cuidar su imagen que por encontrar a una madre desaparecida.
M.