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Expulsada de Casa, Se Refugió en un Rancho Abandonado… sin Saber que Alguien la Observaba

Capítulo 2: El arte de sobrevivir cuando no tienes nada

A ver, pongámonos en situación. Sé perfectamente lo que estáis pensando. “¿Por qué no salió corriendo de allí inmediatamente?”. Claro, es muy fácil decirlo desde el sofá de tu casa, con la calefacción encendida y un café caliente entre las manos. Pero cuando tienes veinte años, la ropa pegada al cuerpo por el hielo, ni un euro en el bolsillo y la certeza absoluta de que si vuelves a tu casa vas a terminar a puñetazos con un energúmeno, el miedo cambia de forma. Te vuelves práctica. El instinto de supervivencia no es poético, es frío y calculador. Yo he estado en situaciones donde tienes que elegir entre lo malo y lo peor, y os aseguro que el frío real te mata más rápido que el miedo a lo desconocido.

Sara se pegó a la pared de la cocina, con la espalda apoyada contra los azulejos fríos, inmóvil como una estatua de sal. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que temía que el que estaba arriba pudiera oír los latidos. Esperó. Un minuto. Cinco minutos. Diez. Los pasos no se repitieron. El silencio volvió a reinar en el rancho, roto solo por el lamento del viento que se colaba por las rendijas.

“Ha sido una viga”, se intentó convencer a sí misma, con los dientes castañeando. “Las casas viejas crujen con los cambios de temperatura y la tormenta”.

Mentira. Sabía perfectamente que aquello no había sido un crujido estructural. Había un patrón en el sonido. Pero la hipotermia empezaba a ganarle la batalla a la paranoia. Si no se secaba y se tapaba con algo, al amanecer no necesitaría un techo, necesitaría un ataúd.

A tientas, arrastrando los pies para no tropezar, empezó a explorar la planta baja utilizando sus manos como ojos. Encontró el salón principal gracias al tacto de un gran sofá de terciopelo que olía a humedad y a naftalina. Al lado, por fortuna, había una chimenea de piedra. Con cuidado, palpó el interior del cajón de la leña. Para su sorpresa, había varios troncos resecos que el tiempo no había logrado pudrir, y algunos periódicos viejos del año 2010.

¿El milagro? En el bolsillo de su cazadora guardaba un mechero publicitario que le había quitado a Arturo esa misma tarde antes de que todo saltara por los aires. Un objeto insignificante que ahora valía más que el oro.

Con dedos torpes y entumecidos, rasgó las páginas del periódico, colocó las astillas y encendió la llama. El papel prendió rápido, arrojando una luz anaranjada y temblorosa que ahuyentó las sombras del salón. Poco a poco, los troncos gruesos empezaron a chisporrotear, desprendiendo un calor celestial que hizo que Sara rompiera a llorar de pura gratitud.

Se quitó la cazadora empapada y las botas llenas de barro, colgándolas en una silla de mimbre cerca del fuego. Se quedó en mallas y camiseta, abrazándose las rodillas mientras observaba cómo bailaban las llamas. El fuego, además de calor, da una falsa sensación de seguridad. Te hace creer que controlas el espacio, que eres el rey de tu pequeño círculo de luz. Pero en realidad, lo único que hace el fuego en un lugar oscuro es convertirte en un faro. Si hay alguien en la penumbra, te ve perfectamente, mientras que tú estás completamente ciego más allá de la zona iluminada.

Mientras se calentaba, sus ojos se fueron adaptando a la estancia. El salón del Rancho de los Olivos era señorial, o al menos lo había sido. Grandes retratos al óleo con los rostros desvaídos de la familia de Don Julián colgaban de las paredes. Los ojos de los cuadros parecían seguirla con una mirada severa, aristocrática, reprochando la presencia de esa intrusa andrajosa en sus dominios. Había alfombras persas devoradas por las polillas y una gran librería de madera noble cuyos libros se deshacían en polvo.

“Mañana será otro día”, se dijo a sí misma, intentando insuflarse un ánimo que no tenía. “Buscaré trabajo en el pueblo de al lado. En cualquier sitio. Limpiando platos, recogiendo la aceituna, lo que sea. No voy a volver. Prefiero morir aquí que regresar con ellos”.

La determinación de Sara era real. A veces, la vida te empuja a un acantilado y descubres que tienes alas no porque quieras volar, sino porque el suelo no es una opción. Se acurrucó en el sofá de terciopelo, tapándose con una manta vieja que encontró en un baúl cercano —tras sacudirla enérgicamente para espantar a las arañas—.

El calor del fuego y el cansancio extremo terminaron por vencerla. Sus ojos se cerraron. El sueño la atrapó, un sueño pesado, lleno de pesadillas donde su madre la borraba de las fotografías familiares con una goma de borrar.

Mientras Sara dormía el sueño de los exhaustos, las llamas de la chimenea fueron consumiéndose lentamente, pasando del naranja vivo al rojo mortecino de las brasas. El salón volvió a sumergirse en una penumbra grisácea.

Y entonces, la puerta que conectaba el salón con el pasillo del piso superior se abrió. No hizo ruido; las bisagras habían sido engrasadas recientemente. Una silueta alta, delgada, envuelta en un abrigo oscuro, apareció en el umbral. No llevaba zapatos, solo unos calcetines gruesos de lana que amortiguaban cualquier sonido contra el suelo.

La figura se acercó al sofá donde Sara descansaba. Se quedó allí de pie, inmóvil, observándola durante lo que parecieron horas. Escuchando su respiración acompasada, mirando el mechón de pelo castaño que le cubría la frente. En su mano derecha, el desconocido sostenía algo metálico que brillaba tenuemente con el reflejo de las últimas brasas: un manojo de llaves viejas y un cuaderno de cuero.

El observador no hizo ningún movimiento para dañarla. Solo miraba. Con una mezcla de curiosidad científica y una profunda, inquietante melancolía.

Capítulo 3: Los secretos que guardan las paredes

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