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Estas Fueron Las Últimas Palabras Que Antonio Aguilar Escribió En El Soyate Antes De Su Muerte

desde afuera. Suena a continuidad, alegado, a amor filial, pero si te acercas un poco más, si escuchas con más cuidado, si prestas atención a lo que se dijo y también a lo que no se dijo, empiezas a hacerte preguntas que no tienen respuesta fácil. ¿Por qué escribió ese corrido en particular? ¿Qué quería decir Antonio Aguilar con esas palabras? ¿Por qué eligió el soyate y no un estudio, no una ciudad, sino ese rancho donde el tiempo parece detenerse? ¿Y por qué Pepe al hablar de ese corrido siempre parece estar eligiendo

cuidadosamente cada palabra como si hubiera cosas  que puede decir y cosas que prefiere no decir. Esta no es solo la historia de una canción, esta es la historia de un hombre que supo que se estaba muriendo y decidió que su último regalo al mundo sería una historia envuelta en música.

 la historia de un hijo que recibió ese regalo y tuvo que cargar con todo lo que venía dentro. La historia de una familia que ha construido su identidad sobre la lealtad, el honor y el silencio, que a veces no sabe dónde termina uno y dónde empieza el otro. Y esta es también la historia de un rancho, de una tierra del Zoyate, porque todo lo que importa en esta historia pasa ahí.

 Para entender lo que Antonio Aguilar escribió en esos últimos meses, hay que entender primero qué es un corrido. Y no en el sentido académico, no en el sentido que te explicaría un musicólogo, sino en el sentido más profundo, más humano, más verdadero. El corrido es la manera que tiene México de recordar lo que no quiere olvidar.

 Es la crónica de los que no tuvieron acceso a los periódicos, de los que nunca salieron en la televisión, de los que vivieron y murieron sin que nadie les tomara una fotografía. El corrido es el noticiario de los que no tenían voz, el archivo de los que no tenían archivo. Durante siglos, antes de que existiera la radio, antes de que existiera el cine, antes de que existiera cualquier cosa que pudiera grabar y preservar la memoria colectiva de un pueblo,  el corrido fue el único medio de comunicación que cruzaba las montañas de México. Un trobador

llegaba a un pueblo, cantaba lo que había pasado en otro pueblo a tres días de camino y así la noticia viajaba y así la historia se preservaba y así los muertos no quedaban completamente olvidados. Pero el corrido siempre ha tenido un problema, si es que se le puede llamar problema. El corrido dice la verdad de una manera que a veces es difícil de distinguir de la mentira, porque el corrido protege a quienes nombra y a quienes lo cantan.

 Habla de batallas, pero no siempre dice quién ganó realmente. Habla de hombres valientes, pero a veces el hombre valiente del corrido era en la vida real algo más complicado que eso. Habla de amores y traiciones,  pero los nombres se cambian, los lugares se desplazan, los tiempos se mezclan. El corrido miente para decir verdades más grandes.

 Y Antonio Aguilar lo sabía mejor que nadie. Él no fue solo un intérprete de corridos, fue uno de los grandes custodios de esa tradición. grabó cientos de ellos a lo largo de su carrera. corridos de revolucionarios, de bandoleros, de hombres del campo, de mujeres traicionadas, de caballos legendarios, corridos que hablaban de el México que se estaba perdiendo, del México que sobrevivía a pesar de todo, del México que siempre ha sido demasiado orgulloso para rendirse  aunque lo estén aplastando.

 Y en todos esos años, en todas esas grabaciones, en todos esos conciertos donde 100,000 personas cantaban con él y lloraban con él sin saber exactamente por qué lloraban, Antonio Aguilar fue construyendo algo que va mucho más allá de una discografía. fue construyendo una manera de entender lo que significa ser mexicano.

 No, el mexicano de postal, no el mexicano de estereotipo, el mexicano real, el que trabaja la tierra y la ama, el que tiene orgullo y tiene heridas, el que sabe lo que es la lealtad porque también sabe lo que es la traición, el que llora, pero no en público, el que guarda sus secretos como si fueran tesoros, porque a veces los secretos son lo único que te queda.

 Ese era el México que cantaba Antonio Aguilar y ese era el México que él mismo habitaba. Porque hay algo que hay que entender sobre este hombre, algo que va más allá del charro, más allá del ídolo, más allá de de la imagen que construyó con tanto cuidado durante décadas. Antonio Aguilar venía de la pobreza más absoluta.

 Nació en Villanueva, Zacatecas, en 1919. Creció sin nada. Creció en un México donde la gente como él no llegaba a ningún lado y sin embargo llegó. No gracias a conexiones, no gracias a dinero familiar, no gracias a los caminos que otros le abrieron. Llegó gracias a su voz, gracias a su voluntad, gracias a una disciplina que las personas que lo conocieron describían como algo que rayaba en la obsesión.

 Ese hombre nunca olvidó de dónde venía y por eso elyate no era para él simplemente un rancho bonito donde ir a descansar de la fama. Era algo mucho más profundo. Era la prueba de que había llegado. Era el lugar donde podía ser sin disfraces el niño pobre de Zacatecas que había prometido que algún día tendría tierra propia.

 Cuando Antonio Aguilar se retiraba a el soyate, se despojaba de Antonio Aguilar, el ídolo, y se convertía en algo más silencioso, más verdadero y quizás más triste. Y fue en ese estado, en ese silencio verdadero donde escribió sus últimas palabras. La enfermedad llegó despacio, como llegan muchas cosas que eventualmente  lo cambian todo.

 Antonio Aguilar había tenido problemas de salud durante varios años antes de su muerte en 2007. Una pulmonía lo golpeó fuertemente hacia el final, pero él era de los hombres que no hablan de sus enfermedades, de los hombres que consideran que admitir debilidad física es casi una traición a sí mismos. Seguía apareciendo en público, seguía firmando autógrafos, seguía haciendo el charro de México, aunque cada presentación le costara más que la anterior.

 Las personas que estuvieron cerca de él en esos últimos años hablan de un hombre que sabía perfectamente lo que estaba pasando, que no se engañaba a sí mismo, que tenía esa lucidez que a veces llega cuando uno ya no tiene que gastar energía fingiendo que va a vivir para siempre. Y es en ese contexto, en esa lucidez final, donde hay que entender por qué un hombre que había grabado cientos de canciones decidió que todavía le faltaba escribir una más, no porque le faltara, porque algo necesitaba decirrse.

 La pregunta es, ¿qué? Pepe Aguilar habló de este corrido en algunas entrevistas, no muchas, y cuando lo hizo, siempre con esa forma suya de ser, al mismo tiempo absolutamente honesto y absolutamente hermético. Pepe tiene esa capacidad extraña de decirte exactamente lo que quiere que sepas y nada más. De responder las preguntas que se le hacen y esquivar con elegancia las que no se le hacen, pero que están flotando en el aire.

 Habló de que su padre escribió el corrido en el soyate. Habló de la emoción de encontrar esas páginas. Habló de sentir la responsabilidad de hacer justicia a esas palabras. Habló del amor que sintió al escuchar la voz de su padre en esa letra. Lo que no dijo, lo que ningún periodista le preguntó directamente es, ¿qué decía ese corrido, a quién iba dirigido? ¿Qué historia específica narraba, si era una historia inventada, una historia real o algo en ese espacio entre medio que es donde viven los mejores corridos? Y eso, ese silencio en torno al contenido 

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