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El Papa Francisco le pregunta a Mujica: “¿Dios escucha a los pobres?” —respuesta deja sin palabras

 con un sobre en la mano. Su voz, curtida por años de lucha política y clandestinidad durante la dictadura, tenía un tono de curiosidad inusual. Mujica dejó la regadera junto a los crisantemos y se acercó limpiándose las manos en el pantalón de trabajo. El sobre era elegante, de papel grueso y color marfil, con el sello del Vaticano impreso en relieve.

 Sus dedos, manchados de tierra y endurecidos por décadas de trabajo manual, lo abrieron con cuidado. La carta estaba escrita en español con una caligrafía clara y formal. Era una invitación personal del Papa Francisco para un encuentro privado en Montevideo. El pontífice estaría de paso por Uruguay en su gira pastoral por América del Sur y deseaba conversar con el expresidente sobre temas de pobreza, justicia social y el sentido de la vida en el mundo moderno.

¿Qué dice?, preguntó Lucía, leyendo la expresión pensativa en el rostro de su marido. ¿Quiere charlar conmigo, Francisco? El Papa respondió Pepe con una sonrisa irónica. Mira vos, un cura argentino que se hizo papa quiere venir a hablar con un viejo tupamaro ateo. El mundo está loco, Lucía.

 Lucía se rió con esa risa franca que había cautivado a Mujica décadas atrás, cuando ambos eran jóvenes guerrilleros soñando con cambiar el mundo. No sos ateo, Pepe, sos agnóstico. Y además, Francisco no es un papa cualquiera. Es jesuita argentino y entiende lo que significa nacer con hambre. Mujica dobló la carta cuidadosamente y la guardó en el bolsillo de su camisa a cuadros.

 Durante toda su vida política había rechazado honores con decoraciones y reconocimientos sostentosos. Cuando fue presidente donó el 90% de su salario a programas de vivienda para los más pobres. Seguía manejando su viejo Volkswagen Escarabajo Azul del año 1987. ese mismo auto que se había vuelto de su filosofía de vida.

 “No sé qué podría decirle a un papa”, murmuró mientras volvía a regar las plantas. “Yo no creo en Dios como ellos lo entienden. Creo en la tierra, en el trabajo, en la dignidad de la gente común. Por eso mismo quiere hablar con vos”, respondió Lucía, “porque sos auténtico, porque nunca te vendiste, porque cuando todos los presidentes del mundo se llenan los bolsillos, vos donaste todo y seguís viviendo como un simple trabajador.

” Las semanas siguientes fueron un torbellino de preparativos. La Conferencia Episcopal de Uruguay coordinaba la visita papal y aunque Mujica había pedido que el encuentro fuera discreto e informal, la noticia se filtró a la prensa internacional. Periodistas de CNN, BBC, Aasira y otros medios llegaron a Montevideo para cubrir lo que muchos llamaban el encuentro del siglo.

 El líder espiritual de 1400 millones de católicos, conversando con un exguerrillero marxista que había transformado Uruguay en uno de los países más progresistas de América Latina. La chakra de Mujica, normalmente un remanso de paz, se vio rodeada de cámaras y reporteros. Pepe salía cada mañana a dar declaraciones breves, siempre con su estilo directo y sin filtros.

 “Miren, yo no tengo nada especial que decirle al Papa”, explicaba a los periodistas mientras Manuela corría entre sus piernas. “Soy un tipo común. Trabajé la tierra toda mi vida. Estuve preso 14 años durante la dictadura. Fui presidente porque la gente confió en mí, pero nunca dejé de ser quien soy. Si Francisco quiere charlar, charlaremos, pero no esperen milagros ni declaraciones rimbombantes.

 Un periodista italiano le preguntó qué pensaba sobre Dios y la religión. Mujica se tomó su tiempo para responder, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a ocultarse sobre el río. “Yo respeto profundamente a la gente de fe”, dijo con voz pausada, “Mi madre fue católica devota, pero yo aprendí que Dios, si existe, no está en los templos de oro ni en las ceremonias pomposas.

 Está en el pan compartido, en el abrazo al que sufre, en la lucha por la justicia. Cuando era guerrillero y estaba en el fondo de un pozo durante años, no recé. Pero pensé mucho en la dignidad humana, en por qué algunos nacen con todo y otros con nada. Esas preguntas me acompañan todavía. La noche antes del encuentro, Mujica no pudo dormir. Se levantó varias veces.

preparó mate, salió a mirar las estrellas. Lucía lo observaba desde la puerta, conociendo cada gesto de ese hombre que había compartido con ella cárceles, clandestinidad, triunfos y decepciones. ¿Tenés miedo?, le preguntó ella con ternura. No es miedo, respondió Pepe. Es, no sé, una inquietud. Francisco es un hombre inteligente, sensible.

 No quiero defraudarlo con mis respuestas de viejo terco. Pepé, vos nunca fuiste terco, fuiste coherente. Hay una diferencia enorme. La madrugada los encontró despiertos tomando mate en la cocina. A las 7 de la mañana, dos vehículos discretos del Vaticano llegaron a la chakra. No había pompa ni protocolo excesivo, solo algunos miembros de seguridad y un secretario personal del Papa.

Jorge Mario Bergoglio, vestido con su tradicional sotana blanca y sin los ornamentos típicos de los papas anteriores, bajó del auto con una sonrisa amplia. A sus 87 años caminaba con cierta dificultad debido a sus problemas de rodilla, pero su mirada era penetrante y llena de calidez. Mujica salió a recibirlo con su ropa de trabajo, pantalón de lona, camisa a cuadros y unas alpargatas gastadas.

 No había cambiado su atuendo para la ocasión. Era exactamente quién era. “Santidad”, dijo Pepe extendiendo la mano con naturalidad. “Bienvenido a esta casita humilde.” Francisco tomó su mano y la apretó con fuerza. “Pe, deja de llamarme santidad. Soy Francisco, un cura argentino que tuvo la mala suerte de que lo eligieran papa.

 Respondió con ese humor porteño que lo caracterizaba. Y esta casa es más santa que muchos palacios que he conocido. La cocina de la chakra se convirtió en el escenario de un diálogo que ninguno de los dos olvidaría jamás. Lucía preparó mate y sirvió algunos bizcochos caseros. Los asistentes del Papa y los colaboradores de Mujica se quedaron afuera dándoles privacidad.

Solo quedaron ellos dos, dos ancianos que habían vivido vidas extraordinariamente diferentes, pero unidos por un profundo amor a los pobres y marginados. Francisco observó la cocina con atención. No había electrodomésticos modernos, solo lo esencial. En la pared colgaba una foto vieja y descolorida de Mujica y Lucía en su juventud.

Ambos sonriendo con esa inocencia revolucionaria que los años y la experiencia habían templado, pero no destruido. ¿Sabes, Pepe? Cuando era cardenal en Buenos Aires, seguía tus discursos comenzó Francisco mientras aceptaba el mate que Lucía le ofrecía. Tu forma de hablar, tan directa, sin maquillaje político, me recordabas a los curas villeros, esos que trabajaban en las villas miserias sin pedir nada a cambio.

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