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Le dijo a José Alfredo Jiménez “Si sabes cantar El Rey, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

PARTE I

La cantina  no tenía nombre en la puerta. Había tenido un años antes, según  don Refugio, el dueño. Pero la madera se pudió con las lluvias del 49 y nunca se repuso el letrero porque don Refugio decía que los lugares que valen la pena no necesitan anunciarse.  Estaba en la colonia Santa María la Ribera, a dos calles de la Alameda de la colonia, en una de esas callejuelas que huelen a gas y a tortilla quemada y que solo conoce quien vive  ahí o quien alguien de adentro te mandó

buscar. Adentro había 12 mesas, una barra de madera oscura con  la orilla desgastada de años de codos y un foco pelón que colgaba del  techo sobre el espacio libre que don Refugio llamaba el escenario sin que nadie se lo hubiera pedido. Los jueves por la noche ese foco se encendía antes  que los demás. Era la señal.

Quien quisiera cantar podía hacerlo. No había tarima,  no había cortina, no había presentador, solo el foco, el piso de mosaico  verde desportillado y el silencio de la gente que llevaba toda la semana trabajando y que  los jueves necesitaba algo que no supiera a obligación.

Era noviembre de 1953 y la ciudad todavía no  había terminado de crecer hacia donde iba a crecer. El Distrito Federal tenía 3 millones de personas y cada año llegaban más desde los estados,  desde Jalisco, desde Guanajuato, desde Durango. Gente que traía consigo el olor de sus pueblos y la música de sus abuelos y la certeza de que en la capital algo  iba a cambiar.

Algunos encontraban lo que buscaban, muchos no, pero los jueves por la noche todos  terminaban en algún lugar parecido a este, con una cerveza y la semana encima y las ganas de escuchar  algo que les recordara de dónde venían. En la mesa más cercana a la pared del fondo había un hombre de 31 años con una camisa de cuadros y los zapatos con polvo del  camino.

Tenía una cerveza sin terminar y un papel doblado en el bolsillo de la camisa que llevaba ahí desde la mañana. El papel tenía  letra escrita a mano, renglones apretados con algunas palabras tachadas y vueltas a escribir encima. No era  una carta, era una canción. Se llamaba José Alfredo Jiménez y había nacido en Dolores, Hidalgo, Guanajuato, y había llegado a la Ciudad de México siendo casi un muchacho y había trabajado de futbolista, de  mesero, de lo que fuera necesario mientras la música encontraba la manera

de volverse algo más que una manera  de no estar solo. Llevaba 3 años componiendo con una constancia que no dependía del  éxito porque el éxito todavía no había llegado de la manera en que uno lo imagina cuando empieza.  Había canciones grabadas, había algunas voces que las habían cantado,  había noches como esta donde la música era real, aunque el mundo todavía no lo supiera del todo.

Esa noche José Alfredo había llegado  solo. Había llegado con el papel en el bolsillo y la canción en la cabeza y las ganas de escucharla en voz alta en un lugar donde la gente  escuchara de verdad. Eso era lo que tenían las cantinas de don Refugio los jueves. La gente escuchaba de verdad. El primero en su vida esa noche fue un hombre mayor que cantó un corrido de la revolución con la voz quebrada, pero con el peso  de quien lo ha cantado toda la vida y sabe exactamente qué significa cada palabra. La cantina lo  escuchó

con el respeto que se le da a las cosas que ya tienen historia. Los aplausos fueron genuinos del tipo que no necesita durar mucho para decir lo  que dice. Después subió una mujer de mediana edad que cantó una canción de Agustín Lara con una voz que tenía más sentimiento que técnica y que por eso mismo llegaba  a un lugar donde la técnica sola no llega.

PARTE II

José Alfredo la escuchó desde su mesa con esa manera suya de escuchar que  no era pasiva sino activa, la de alguien que está aprendiendo todo el tiempo sin que nadie se lo haya pedido. Fue entonces cuando subió Celestino Vargas. Celestino tenía  38 años y una reputación que él mismo se había construido con paciencia y con trabajo  y con la habilidad particular de estar siempre donde convenía estar.

Había  grabado cuatro discos con una compañía mediana, había cantado en programas de radio de medio alcance,  había compartido cartel con gente conocida las suficientes veces como para poder mencionarlo en conversación. No era una estrella, pero sabía moverse en el mismo espacio que las estrellas con  una soltura que a veces confundía a la gente que no lo conocía bien.

Tenía una voz trabajada de esas voces que han pasado por muchas horas  de estudio y lo muestran. Y tenía también esa manera de pararse frente a un micrófono que solo se consigue cuando uno ha estado frente a muchos micrófonos  y ha aprendido a usar el espacio como si le perteneciera. cantó dos canciones, las cantó bien, los aplausos fueron amplios y él los recibió con la naturalidad de quien está acostumbrado a recibirlos y sabe que merecerlos y recibirlos no siempre son la misma cosa,  pero que de todas formas ambas cosas se agradecen.

Luego se quedó con el micrófono  en la mano y miró a la cantina con una sonrisa que era cordial en la superficie y tenía otra cosa debajo. Dijo que quería intentar algo diferente. dijo que había una canción nueva que estaba circulando, una canción que algunos decían que tenía futuro  y otros decían que era demasiado simple para durar.

Dijo que él iba a cantar esa canción y que la  gente juzgara. La canción se llamaba El Rey. En la cantina hubo un murmullo pequeño, porque el rey era una canción que algunos ya habían escuchado  en versiones de radio y que tenía esa cualidad particular de las canciones que se quedan en la  cabeza desde la primera vez.

Aunque no se sepa bien por qué. Celestino empezó a cantar. La voz llegaba limpia, los acordes en su lugar, la melodía respetada  nota por nota. Pero había algo en la manera en que Celestino cantaba el rey que la convertía en una demostración de canto en lugar de una  canción. La cantaba como quien interpreta un texto ajeno con corrección, sin entender que ese texto no era ajeno para todos, que para alguien en  esa cantina esa canción tenía una dirección muy precisa desde donde había salido.

José Alfredo no se movió en su mesa. Escuchó cada frase con esa quietud particular  que tienen las personas cuando están oyendo algo que les pertenece siendo dicho por otra voz. Celestino terminó el rey entre aplausos generosos. los aplausos de una cantina  que había escuchado algo bien ejecutado y lo reconocía como tal, sin saber del todo lo que estaba reconociendo.

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