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El gran SECRETO de LUZ MARIA AGUILAR: Su LUJOSA VIDA revelada hoy

Cero presunciones ni berrinches públicos, puro profesionalismo y respeto por el oficio aprendido desde las entrañas. Cuando ella sintió el llamado del arte, se topó de frente con un cine nacional viviendo su mayor apogeo. Los estudios Churubusco y Claaban decenas de cintas al año que conquistaban toda Latinoamérica.

 El ídolo de Guamuchil y el charro cantor eran los galanes más cotizados del continente. La doña y Dolores del Río reinaban como divas internacionales mientras las productoras movían absolutamente todos los hilos. Dictaban los contratos, escogían los proyectos, cuidaban la imagen y hasta donde se dejaban controlaban la vida íntima del elenco.

 Colarse ahí, sin apellidos rimbombantes, ni padrinos mágicos, exigía garra, porte y un talento bárbaro que muy pocos traían. A ella le sobraba. Por aquellos años 50, nuestra ciudad era el corazón palpitante de la bohemia y la cultura nacional. Aunque la zona rosa aún no se llamaba así, sus calles ya albergaban los cafetines donde pintores y literatos debatían el rumbo artístico de México.

Teníamos teatros con compañías locales montando puestas en escena que se daban un buen tiro con lo mejor del extranjero, además de estudios, fabricando el cine que 25 millones de compatriotas devoraban semanalmente para una chava con hambre de triunfo. La capital entera un mar de oportunidades donde cualquier puerta abierta significaba el estrellato.

 Empezó picando piedra desde abajo, apareciendo como extra en largometrajes que se rodaban como auténtica fábrica de churros. En esa época dorada, hacer bulto pagaba entre 15 y 25 pesos diarios, unos 130 a 220 de ahora. Una miseria que a duras penas alcanzaba para los pasajes y el taco del día, pero te regalaba algo invaluable.

 las tablas de estar en el set y mirar a los monstruos de la actuación en plena faena, empapándote de cómo los cineastas armaban toma por toma las joyitas que luego reventaban la taquilla. Era la verdadera escuela del cine nacional y ella resultó la más aplicada. De ahí saltaría hasta estelarizar junto a Pedrito Infante.

 Cruzarse con don Andrés Soler significó empaparse de una escuela actoral finísima, heredada del teatro español que la dinastía trajo en los 20es. Una técnica rigorista, puramente observacional que buscaba arrancarte sentimientos genuinos en lugar de posturas acartonadas. Su hermano Fernando ya había hecho mancuerna con el icónico Joaquín Pardé en los cañonazos más grandes de nuestra época fílmica.

Justamente en ese ambiente de disciplina sagrada y vocación pura fue donde se forjó el enorme temple de la actriz. El verdadero parteaguas llegó cuando el maestro Soler, quien luego catapultaría a don Eduardo de la Peña, el famosísimo Lalo el Mimo, la jaló a proyectos grandes soltándole personajes ya con crédito y voz.

 Los soler eran palabras mayores en el medio nacional. Don Andrés, hermano del magistral Fernando, formó junto a Pardabé cuadros entrañables que se quedaron grabados en la memoria fílmica de todo México. Traer el respaldo de un soler era el pasaporte dorado que te ahorraba décadas de andar tocando puertas en la industria. Su bautizo de fuego llegó con ansiedad, la cinta donde finalmente pisó fuerte y dijo, “Aquí estoy ante las cámaras.

” Pero el mero campanazo pegó en 1953 con amor de locura, acomodándola en el mapa del séptimo arte para conseguir que los grandes productores la persiguieran a ella volteando la tortilla a su favor. Aquella película era el clásico formato taquillero que el cine del 50 sacaba como pan caliente.

 Puros dramones con mariachi, amores de telenovela y cierres que dejaban al espectador al borde del asiento. Ahí Luz María resultó una verdadera joya. Actuar junto al ídolo de Guamuchil no solo marcó su trayectoria para siempre, sino que la catapultó al Olimpo de las divas más respetadas de aquella época dorada.

 Y es que Pedrito era otro boleto. No solo cantaba o actuaba, era un monstruo cultural que sacudió a toda Hispanoamérica como pocos lo han logrado. Su trágico adiós en 1957 paralizó al país entero entre llantos y locura total. Por eso, haber compartido escena con él, haberle dado réplica frente a la cámara al consentido de México, le dio a Luz María una medalla de prestigio absoluto que portó con orgullo toda su vida.

 Luego llegó la pantalla chica. Para los años 60, la televisión ya se metía hasta la cocina de las familias mexicanas, devorando la atención diaria con una fuerza brutal. Ella dio ese salto con muchísima clase, sin hacer ruido, fiel a su estilo impecable, sin soltar comunicados. rimbombantes ni armar berrinches por dejar atrás el formato del cine, simplemente yendo a donde estaba la chamba y rompiéndola con la disciplina que todos le aplaudían desde la década de los 50.

 Pero a ver, hablemos de billetes. ¿De qué tamaño era realmente el patrimonio que logró amasar con tanto esfuerzo? Agárrense fuerte porque las cifras los van a dejar con la boca abierta. El tesoro de Luz María. Ella no se hizo rica de la noche a la mañana. Su secreto fue chingarle parejo, apostándole a la constancia en lugar de buscar un solo pago millonario.

Olvídense de los cheques astronómicos por una sola cinta al estilo de la doña María Félix, quien en su mero apogeo se embolsaba 250,000 pesos por película, coronándose como la reina indiscutible de la taquilla nacional. Nuestra querida actriz se la rifó trabajando 50 años seguiditos. juntó su lana proyecto tras proyecto, quedando muy por encima de las actrices de reparto, aunque un escaloncito abajo de las grandes divas.

 Durante los 50 y 60, las estrellas de su calibre, ya consolidadas y amparadas por haber actuado con gigantes como Infante, cobraban entre 20,000 y 45,000 pesotes por largometraje. Para que se den una idea, ganaba menos que Silvia Pinal, quien facturaba entre 80,000 y 100,000 pesos cuando le iba de lujo, y también estaba debajo de Ana Luisa Pelufo, que tras aquel alboroto de la fuerza del deseo, logró cotizarse en 30,000 pesos por rodaje.

 Sin embargo, le daba 1000 vueltas al elenco de apoyo de aquella época, quienes apenas rascaban entre 5,000 y 10,000 pesos y tenían que agarrar 1000 proyectos para poder sobrevivir dignamente. Si echamos números en un año cualquiera de los 50, cuando se aventaba unas cuatro películas y mantenía vivas dos o tres campañas publicitarias, se estaba llevando entre 130,000 y 220,000 pesos de aquellos, lo que hoy serían entre 1,170,000 y casi 2 millones de pesos.

 Era una auténtica fortuna para una muchacha veiañera que apenas un ratito atrás había empezado desde abajo haciéndola de extra. Y a diferencia de sus colegas que despilfarraban la lana, apenas les caía la cuenta, ella era superordenada. Religiosamente guardaba entre el 35 y el 40% de cada pago para invertirlo y tener su guardadito.

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