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El día que Raúl Velazco se burló de una anciana en público – Pedro Infante dejó a todos helados

 Nada ostentoso, nada que llamara la atención, sus manos sostenían su guitarra con la familiaridad de quien la ha cargado durante 20 años.  Había conducido su Harley Davidson hasta el estudio. El casco todavía descansaba en su brazo, la placa de metal en su frente.  Recuerdo de un accidente años atrás. Le causaba un dolor sordo, pero había prometido venir.

 Pedro nunca rompía sus promesas. Había venido porque don Emilio Azcárraga, el dueño de Iquiédogo, le había pedido personalmente que participara en el nuevo programa de variedades. Don Emilio era un hombre que Pedro respetaba, así que aquí estaba, aunque cansado, aunque adolorido, aunque últimamente  sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos como agua.

 La anciana en el piso era doña refugio. Había viajado 200 km desde San Luis Potosí para ver a Pedro Infante. No a pedirle nada, solo a verlo. Había escuchado todas sus canciones desde 1939. En su bolso cargaba una fotografía del primer concierto de Pedro en 1943. Entonces tenía 55 años y su esposo acababa de morir.

  La voz de Pedro cantando amorcito corazón la había hecho sentir viva. Ahora, 13 años después, solo quería estar en el mismo edificio que él. Pero el guardia no la había dejado pasar y Raúl Velasco había decidido que era divertido burlarse de ella. Raúl Velasco tenía 23  años, hijo de familia de clase media de Celaya.

 Había llegado a la ciudad de México  3 años atrás con sueños de grandeza. Había empezado como reportero. Luego consiguió trabajo en Ikilo gracias a un amigo de su padre. Ahora era asistente de  producción y Raúl era ambicioso o muy ambicioso. Había aprendido rápido que en este negocio había que hacer ruido para ser notado.

 Esta noche con Pedro Infante como invitado estrella, Raúl  había decidido que era su oportunidad. si podía demostrar que era moderno, que  no tenía miedo de cuestionar incluso a los grandes. Tal vez finalmente le darían su propio programa, hacer que  Pedro Infante se viera anticuado, demostrar que la era de la ranchera estaba terminando, que  México necesitaba algo nuevo, alguien como Raúl Velasco.

 Pedro vio todo. Vio como Raúl extendió el pie. Vio como la anciana tropezó. Vio como el vaso se hizo pedazos y vio como Raúl se ríó. Algo dentro de Pedro se quebró. Esta mujer podía haber sido su madre que le  había enseñado que la verdadera fuerza estaba en defender a los humillados. Pedro dejó su guitarra en la pared, dejó su casco en  el suelo, caminó hacia doña refugio.

 Sus pasos eran lentos, medidos, silenciosos. Nadie más se movía. Raúl seguía riendo.  Pedro se arrodilló junto a doña Refugio, le ofreció su mano. La anciana lo miró y sus ojos se llenaron de lágrimas de reconocimiento. Era él, Pedro infante. Pedro la ayudó a levantarse con cuidado, recogió su reboso y se lo colocó sobre los hombros.

Le sacudió el polvo del vestido con ternura. Le dijo que todo estaría bien, que él se encargaría de todo, que ella era su invitada. Esta noche, doña refugio no podía hablar, solo lloraba. Pedro la llevó una silla en el pasillo, le pidió a un técnico que le trajera agua. Luego se volvió hacia Raúl. El silencio que siguió fue absoluto.

 Raúl había dejado de reír. Su sonrisa se congelaba mientras veía a Pedro caminar hacia él. No había prisa en los pasos de Pedro. No había ira visible, pero había algo en sus ojos que hizo que Raúl retrocediera. Pedro se detuvo a un metro de distancia, lo miró fijamente y cuando habló, su voz era tan baja que Raúl tuvo que esforzarse para escucharla.

 Le dijo que esa señora había viajado 200 km para estar aquí, que había gastado su pensión, que lo único que quería era escuchar música y que Raúl había decidido que era divertido hacerla tropezar. Raúl abrió la boca, pero Pedro levantó una mano. Le dijo que don Emilio estaba esperándolo en el estudio, que el programa comenzaba en 15 minutos y que Raúl estaría en ese programa porque Pedro había pedido que Raúl fuera quien lo entrevistara.

 Raúl parpadeó confundido. Él solo era asistente, pero Pedro ya caminaba hacia el estudio y Raúl lo siguió. El estudio principal de Isudo era un espacio grande con techo alto con cinco micrófonos colgaban del techo como arañas de metal. Las luces eran brillantes, casi segadoras, el público unas 50 personas y estaba en su lugar.

 Don Emilio Azcárraga observaba desde el cuarto de control. Los músicos afinaban sus instrumentos. Todo estaba listo. El programa saldría al aire en exactamente 7 minutos. El presentador principal, Alfonso Torres, estaba revisando sus notas  cuando vio a Pedro entrar seguido por Raúl Velasco. Alfonso frunció el seño, le preguntó a Pedro qué hacía Raúl ahí.

 Pedro respondió con calma que Raúl haría la entrevista esa noche. Alfonso intentó protestar. Raúl no tenía experiencia, pero Pedro fue firme. O este Raúl hacía la entrevista o Pedro se iba. Alfonso miró hacia el cuarto  de control. Don Emilio asintió. Así se haría. 5 minutos antes del aire, Raúl estaba sudando.

 Sus manos temblaban mientras revisaba las tarjetas que Alfonso le había dado. Eran preguntas simples, seguras, sobre películas, canciones, planes futuros, pero Raúl sentía que algo estaba mal. Pedro lo miraba con una expresión que no podía descifrar, algo que lo hacía sentir profundamente incómodo. El director levantó tres dedos. 3 minutos. Dos, un.

La luz roja se encendió. Estaban en vivo 2,illones y medio de mexicanos. Acababan de sintonizar sus radios. Alfonso Torres abrió el programa con entusiasmo, dio la bienvenida a los oyentes, presentó a la orquesta, mencionó a los patrocinadores y luego presentó a Raúl Velasco como el joven periodista que entrevistaría al gran Pedro  Infante. Hubo aplausos.

Raúl se aclaró la garganta. Empezó con la primera pregunta sobre la última película de Pedro.  Pedro respondió brevemente, “Eduado, profesional.” Raúl hizo la segunda pregunta. Pedro respondió igual, breve, cortés. La entrevista se sentía forzada, incómoda. El público empezaba inquietarse.

 Don Emilio fruncía el seño desde el cuarto de control y entonces Raúl, cometió su error. Decidió improvisar. Raúl se aclaró la garganta de nuevo. Su voz intentaba sonar casual, amigable, pero había un filo debajo. Le dijo a Pedro que muchos decían que la música ranchera estaba pasando de moda, que los jóvenes ahora preferían el jazz, que la música moderna venía de Estados Unidos, que tal vez  era tiempo de que artistas como Pedro consideraran evolucionar.

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