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De Extra a MILLONARIA: El impactante SECRETO de MARIA ELENA VELASCO

 Su casita era de adobe y techo de lámina, comiendo a puro frijolito, tortillita y chile, usando la ropita dejada por los mayores y asistiendo a escuelas de gobierno atascadas con 50 niños por salón. Era el México profundo, ese donde las niñas indígenas entendían a la mala que el sistema estaba amañado para dejarlas pisoteadas hasta el fondo.

Pero a María Elena ninguna carencia económica pudo robarle su magia. Tenía un don actoral que le brotaba por los poros y una agudeza casi de antropóloga para leer las hipocresías que la rodeaban. Desde Chamaca calcaba de memoria a los marchantes del mercado que se desgañitaban regateando los precios, a las señoras estiradas de sociedad que pasaban ninguneando a los menos afortunados como si fueran fantasmas, y a las maestras clasistas que mimaban a los niños ricos regalándoles dieces y haciéndolos sentir superiores por puro

apellido. Esa brutal capacidad de leer a su entorno, mutaría después en una crítica social arrolladora, disfrazada de una comedia que muchos creyeron inofensiva, buscando un respiro. La familia entera emigró al entonces Distrito Federal cuando ella era apenitas una jovencita de 13 o 14 años, rogando por una suerte que en la capital poblana se le negaba a los marginados sin palancas.

 La ciudad de México de los 50 era una bomba de aproximadamente 3 millones de almas, donde el lujo grosero de Lomas de Chapultepecaba de frente con la miseria cruel de las vecindades podridas del centro histórico. Aquí latía el corazón del entretenimiento profesional. Brillaban los imponentes estudios churubusco y clasa junto a los rimbombantes teatros del centro.

 Pero también reinaba un racismo asfixiante que escupía a los fuereños por considerarlos ignorantes y humillaba a las raíces indígenas. Ella continuó sus estudios en primarias de gobierno capitalinas, recibiendo esa instrucción de lo más básica pero salvadora para quienes no tenían ni un peso. Jamás pisó esas pretenciosas escuelas de actuación que cobraban dinerales.

 Un lujo ridículo para un hogar que apenas se juntaba para la renta y el chivo. Su universidad fue la calle misma. aprendió su oficio escaneando a la gente de a pie, robándoles ademanes, mañas y voces, forjando un colmillo actoral insuperable que ninguna academia fifí con profesores extranjeros podría inculcarle jamás, porque a ella se lo dio la vida.

 Corría la década de los 50 y principios de los 60 y nuestro país sufría la dolorosa agonía de esa época de oro del cine nacional. Las productoras que antes fabrican cintas como pan caliente para toda Latinoamérica, ahora sacaban proyectos a cuentagotas y rascando los centavos. Los monstruos sagrados de la pantalla, llámense Pedro Armendaris, Jorge Negrete o el mismísimo Pedro Infante, habían envejecido o ya no estaban, dejando un hueco enorme.

 Para colmo, la caja idiota empezó a comerse al público regalando distracción desde el sofá. Era un panorama terrorífico para cualquiera que soñara con abrirse paso en un medio artístico que se caía a pedazos, pero para una jovencita de barrio con facciones maravillosamente autóctonas, colarse a la gran pantalla era enfrentarse a una pared de concreto.

Los directores y realizadores se babeaban por muchachitas de tes blanca y apellidos rimbombantes, persiguiendo un estándar de belleza hero y plásticamente copiado de Hollywood. María Elena, desde luego, rompía con cualquier molde que ellos exigían. Era morena, chaparrita, rondando el metro y medio, dueña de una belleza de origen que la cúpula clasista tachaba de cero comercial, representaba todo lo que esa industria hipócrita marginaba.

 Se la partió aceptando papeles minúsculos, casi de bulto, en cintas cincoenteras yenteras que ya nadie topa. extras que cruzaban de fondo echando chisme de muchachas de limpieza que servían el café calladitas o personajes de pueblo sin identidad que apenas parpadeabas y ya habían desaparecido por completo de la toma. Le pagaban una miseria entre 50 y 1 y 100 pesitos por jornadas brutales de 12 a 14 horas, unos 600 u 800 pesos actuales.

Una auténtica grosería de sueldo que a duras penas le alcanzaba para pagar los pasajes del camión y echarse un taco al mediodía. Para sobrevivir se fogueó por años en el teatro de carpa, esa trinchera rasposa donde la comedia, los mariachis y las vedetes aliviaban a la raza que no tenía para lujos. Esos jacalones se armaban con puros mecates y lonas en cualquier lote valdío.

 Ahí pagabas un par de moneditas y tenías acceso al espectáculo del pueblo. Era un público salvaje, metiche y sin filtros. Si no dabas el ancho en el escenario, te destrozaban a chiflidos y te bajaban sin piedad. María Elena forjó su genio cómico en las carpas. Ahí el silencio del público era la ruina y sacarles carcajadas era la única forma de asegurar el pan para el día siguiente.

Durante toda la década de los 60 se partió el lomo en papeles minúsculos donde nadie reconocía su rostro ni le importaba su nombre, actuando en cintas baratísimas grabadas en 15 días y asomándose en la tele apenas por unos segundos haciendo comedia ligera y en obras de teatro de barrio que pagaban una miseria, pero le daban unas tablas tremendas.

 Apenas sacaba entre 500 y 1000 pesos mensuales, lo que hoy serían unos 8,000 a 16,000 pesos. Era el sueldo de cualquier hijo de vecina, ganado a base de sudor y jornadas interminables. Sin embargo, ella callaba, observaba con agudeza y moldeaba en secreto a la figura que partiría su destino en dos. Se dio cuenta de que el cine nacional le daba la espalda a millones de mexicanos humildes e indígenas.

 Simplemente no existían en pantalla. Y si acaso salían, era para humillarlos. Borrachines, criadas tontas o delincuentes. Jamás les daban el papel principal de su propia vida. En el año 1969, con apenas 29 años, dio a luz al icono que la volvería leyenda, la India María, una paisana recién llegada a la capital que se topaba de frente con el racismo y la explotación, usando una falsa inocencia para ocultar una mente brillante.

 Con sus trenzas, su vestimenta típica y ese acento del que los riquillos se burlaban, siempre terminaba dándoles una lección. Y así llegó el estrellato. El momento decisivo para esta genio ocurrió en 1972 al producir y protagonizar tonta tonta, pero no tanto. Aquella cinta rompió todos los moldes al poner por primera vez a una mujer indígena como la dueña absoluta de la pantalla grande.

Olvídense de los grandes estudios o de carretadas de billetes. Fue un esfuerzo totalmente independiente y hecho con las uñas, un proyecto austerísimo que ella misma empujó con unas agallas tremendas. y una visión que nadie más tenía. Justo cuando los mandamaces de la industria se reían de que una protagonista indígena pudiera llenar la salas de cine en un largometraje.

 Conseguir la plata fue una guerra sin cuartel contra el clasismo de siempre. Los productores de toda la vida le dieron portazo en la cara sin siquiera leer el guion, cegados por la estupidez de creer que el pueblo de México jamás pagaría un boleto para ver a una mujer con trenzas y reboso como la estrella de la función.

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