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Cuando Clark Gable intentó comprar el amor de María Félix — Su respuesta fue devastadora

Clark Gabel tenía 47 años. Era, sin discusión alguna, el actor más famoso del mundo. Lo llamaban el rey de Hollywood y no era metáfora, era título oficial. En 1938, un millón de fanáticas habían votado en una encuesta de la revista Photoplay y lo habían coronado con ese nombre. Desde entonces, nadie lo llamaba de otra forma.

 Había protagonizado Lo que El viento se llevó en 1939, la película más taquillera de la historia en ese momento. Y su rostro estaba en cada revista, cada periódico, cada marquesina de cine del planeta. Pero Clark Gabel cargaba una herida que nadie veía. En 1942, su esposa Kerel Lombard había muerto en un accidente aéreo cuando regresaba de una gira vendiendo bonos de guerra.

 El avión se estrelló contra una montaña en Nevada. No hubo sobrevivientes. Gabel se alistó en la fuerza aérea al día siguiente, no por patriotismo, sino porque quería morir. Voló cinco misiones de combate sobre Alemania. Su avión recibió fuego antiaéreo en cada misión. Un proyectil le pasó a centímetros de la cabeza, pero no murió.

 Regresó a Hollywood en 1944, destruido por dentro, con una sonrisa perfecta por fuera. Hizo películas, salió con actrices, bebía whisky escocés hasta las 3 de la mañana en el bar del Cható Marmón, pero algo había muerto con Kel, algo que ninguna mujer de Hollywood había podido resucitar hasta que vio a María Félix.

 La primera vez que Clark Gabel vio a María Félix fue en una proyección privada en los estudios MGM. En agosto de 1948, Louwis Bayer, el jefe del estudio, había conseguido una copia de Enamorada, la película que María había filmado con Emilio Fernández en 1946. La proyección era para ejecutivos, pero Gabel se coló porque alguien le dijo que la actriz mexicana de la que todo Europa hablaba aparecía en esa película.

 se sentó en la última fila de la sala de proyección con un vaso de whisky esperando ver otra actriz más del montón. La película comenzó, los primeros minutos pasaron y entonces apareció María. La cámara la encontró de perfil caminando por una calle empedrada con la luz del atardecer cayendo sobre su rostro como si Dios mismo estuviera haciendo la fotografía.

 Gabel dejó de respirar. No era su belleza, o no solo su belleza, era algo más. Era la forma en que caminaba como si el mundo le perteneciera. Era la forma en que miraba como si pudiera ver a través de las paredes, a través de las mentiras, a través de todo lo que los hombres intentaban esconder. Era la forma en que hablaba, con una autoridad que no pedía permiso, que no necesitaba validación, que simplemente existía como la gravedad.

 Cuando la película terminó, Gabel se quedó sentado en la oscuridad. El proyeccionista encendió las luces y lo encontró ahí con el vaso vacío, los ojos húmedos. “Señor Gabel, la sala tiene que cerrarse. Vuelve a ponerla”, dijo Gabel. No entendí que vuelvas a poner la película toda el principio. El proyeccionista obedeció.

 Clark Gabel vio enamorada dos veces seguidas esa noche. Cuando salió del estudio, eran las 11 de la noche. Su chóer lo estaba esperando. A casa, señor Gabel. No, dijo Gabel al despacho de Louis Mayer. Lois Bmer Mayer estaba en su oficina como casi siempre, trabajando hasta tarde. Era un hombre pequeño, calvo, con ojos de tiburón y la sonrisa de un vendedor de autos usados.

Pero era el hombre más poderoso de Hollywood. Controlaba MGM, el estudio más grande del mundo. Tenía bajo contrato a Clark Gabel, Spencer Tracy, Judy Garland, Hen Kelly, Elizabeth Tylor. Lo que Mayer decidía se convertía en realidad. Cuando Gabel entró sin tocar, Mayer levantó la vista sorprendido.

 Clark, son las 11 de la noche. Quiero a María Félix, dijo Gabel sin sentarse. Mayer lo estudió. ¿Quieres a María Félix para una película? Quiero a María Félix. Mayor Intendio. No era un pedido profesional, era personal. Se recostó en su silla. Clark. María Félix no es como las actrices que conoces. No es Lana Tarner, no es Aba Garner.

 No puedes mandarle flores y esperar que caiga rendida. Lo sé, he visto su película. Es diferente. Es más que diferente. Es mexicana. Es orgullosa. Es imposible. Ha rechazado a Hollywood tres veces. Tres veces le hemos ofrecido contratos y tres veces ha dicho que no. Entonces, no le ofrezcas un contrato le dijo Gabel. Ofrecele todo.

 Mayer se quedó callado un momento, luego sonrió. Esa sonrisa de zorro que significaba que estaba calculando. “¿Puedo organizar un encuentro?”, dijo lentamente. “Tenemos un intermediario en México, Gregorio Ballerstein, su productor.” “Pero te advierto, Clark, esa mujer no se compra. No compro mujeres, Louis, las enamoro.

” Mayer lo miró con algo parecido a la compasión. Eso es lo que creen todos los hombres que la han conocido y todos han terminado igual, destruidos. Gabel no escuchó la advertencia. Pasó las siguientes semanas preparándose como si fuera a una misión militar. Investigó todo sobre María. Leyó cada entrevista publicada en inglés y en francés.

 Consiguió traducciones de artículos en español. supo de sus matrimonios, de su divorcio de Agustín Lara, de su personalidad avasallante, de las joyas que coleccionaba, de su amor por Cartier, de su desprecio absoluto por los hombres débiles. Supo que la habían comparado con Marl Dietrich, con Greta Garbo, pero que ella había dicho que no se comparaba con nadie, porque para compararse había que tener iguales y ella no los tenía.

 Gabel quedó fascinado. Cada dato que descubría lo atraía más. No era la belleza física que era innegable, era la actitud, era la arrogancha, era esa seguridad absoluta que él, el rey de Hollywood, nunca había encontrado en ninguna mujer. Las mujeres que conocía querían algo de él: fama, dinero, contactos, sexo, validación.

 María Félix, según todo lo que leía, no quería nada de nadie. Y eso para un hombre que lo tenía todo era irresistible. Mayer hizo las llamadas. Gregorio Bayerstein respondió con cautela. El señor Gabel quiere conocer a María Félix. Personalment. ¿Con qué propósito? Preguntó Gregorio. MGM quiere ofrecerle un contrato especial, un proyecto diseñado específicamente para ella. Gregorio conocía ese lenguaje.

Sabía que contrato especial significaba que alguien poderoso quería algo que no era solo profesional. ¿Cuánto ofrece MGM? Lo que ella pida. Gregorio casi se cae de su silla. Lo que ella pida. Lo que ella pida. El señor Gabel ha sido muy específico. Sin límite. Gregorio Calgo llamó a María.

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