Posted in

Cantinflas vio jardinero plantando ÁRBOLES GRATIS en barrios sin verde—quién le pagaba lo PARTIÓ

Solo concreto, casas, calles, ni un solo árbol. ¿Cómo pueden vivir personas así? Sin sombra, sin aire limpio, sin belleza natural. Pero, ¿quién le paga por hacer esto? Nadie. Lo hago gratis. Compro arbolitos con mi dinero, traigo mi carretilla, planto donde veo que hacen falta. ¿Y los residentes están de acuerdo? Algunos sí, algunos no, algunos me agradecen, otros me preguntan por qué pierdo mi tiempo.

 Pero no importa, los árboles no son para ellos específicamente, son para barrio, para futuro. ¿Cuál es su nombre? Tomás. Tomás Herrera. Durante siguientes semanas, Mario siguió a Tomás en su trabajo. Descubrió que Tomás era jardinero profesional. Trabajaba en jardines de casas de clase media y alta. Ganaba bien. Pero cada martes, su día libre, venía a barrios pobres sin áreas verdes y plantaba árboles gratis.

 ¿Cuántos árboles ha plantado? Mario preguntó un día. No llevo cuenta exacta, pero en últimos 3 años probablemente 500 o 600 árboles en 10 colonias diferentes. ¿Y compra todos los arbolitos usted mismo? Sí, los compro en Vivero. Árboles jóvenes son baratos, cinco o 10 pes cada uno, pero con tiempo y cuidado crecen. Y en 10 años ese árbol de 10 pesos proporciona sombra, aire limpio, belleza.

 ¿Por qué comenzó a hacer esto? Tomás se sentó en banqueta invitando a Mario a hacer lo mismo. Crecí en barrio como este, Nesa. De hecho, en los años 50, cuando era niño, esto no era ciudad, era campo. Había árboles por todas partes. Jugábamos bajo sombra, comíamos frutas de árboles, respirábamos aire limpio. Pero en los 60 todo cambió.

 Urbanización llegó rápido. Cortaron todos los árboles para hacer espacio para casas y nadie, nadie pensó en replantar. Construyeron miles de casas, pero cero árboles. Para cuando tenía 15, mi barrio había sido transformado de campo verde a desierto de concreto y podía sentir diferencia. El calor era insoportable en verano, el aire era sucio, no había lugar bonito donde descansar ojos.

 Entonces, cuando me convertí en jardinero, cuando aprendí a cultivar plantas, a entender qué necesitan árboles, me di cuenta de que podía hacer algo. Podía devolver a estos barrios lo que les habían quitado. No es trabajo del gobierno plantar árboles. Debería ser, pero no lo es. Gobierno planta árboles en colonias ricas, en centro de ciudad, en parques, pero en barrios pobres como Nesa, como Ecatepec, como Chalco, nada, cero atención.

Entonces alguien tiene que hacerlo y ese alguien soy yo. Pero, ¿es sostenible? ¿Puede seguir comprando árboles indefinidamente? No, indefinidamente gasto aproximadamente 200 pesos al mes en árboles. Eso es mucho para mí, pero vale la pena porque cada árbol que planto es inversión en futuro de este barrio.

 ¿Puedo contarle algo más? Tomás preguntó su voz bajando. Algo que explica por qué esto es tan importante para mí. Algo que nunca le he contado a nadie. Por favor. Tomás miró hacia árbol que acababa de plantar. Cuando tenía 12 años, era 1947. Mi hermana menor Rosa tenía seis. Era verano, calor brutal. En ese entonces todavía teníamos muchos árboles en barrio y Rosa amaba jugar bajo gran fresno que estaba frente a nuestra casa.

Ese árbol era enorme, debía tener 50 años, tal vez más. Daba sombra a media calle. En días calurosos, todos los niños del barrio jugábamos bajo ese árbol. Era nuestro refugio. Un día llegaron hombres con camiones. Dijeron que iban a ampliar calle, que árbol estaba en camino, que tenían que cortarlo.

 Mi madre suplicó que no lo cortaran. Les dijo que ese árbol era único en barrio, que todos los niños dependían de su sombra, pero hombres dijeron que tenían órdenes, que progreso era más importante que árbol. Lo cortaron en 2 horas, 50 años de crecimiento, destruidos en 2 horas. Las lágrimas comenzaron a correr por mejillas de Tomás.

 Ese verano fue horrible, sin sombra del fresno. Calor era insoportable. Rosa, mi hermana, sufría especialmente. Tenía asma. El calor extremo le dificultaba respirar. Un día de julio, particularmente caluroso, Rosa tuvo ataque de asma severo. Normalmente ella se refugiaba bajo Fresno cuando sentía que ataque venía.

 El aire fresco bajo sombra le ayudaba. Oh, pero Fresno ya no estaba. Tratamos de llevarla adentro, pero nuestra casa era horno. No teníamos ventilador, nada. El calor era peor adentro que afuera. Mi madre corrió con ella a clínica, pero era lejos, 3 km. Para cuando llegaron, Rosa estaba muy mal. Sobrevivió, gracias a Dios, pero estuvo hospitalizada durante semana.

 Y cuando finalmente volvió a casa, lo primero que dijo fue, “¿Dónde está mi árbol? Quiero sentarme bajo mi árbol.” Y tuvimos que decirle que árbol había desaparecido. Rosa lloró durante días, no solo porque amaba árbol, sino porque entendió incluso a sus 6 años que algo irreemplazable había sido destruido, que algo que la había protegido había desaparecido. Ese día hice promesa.

Prometí que cuando fuera grande, cuando tuviera recursos, plantaría árboles, muchos árboles, para que ningún niño tuviera que perder su refugio como Rosa perdió el suyo. ¿Qué pasó con Rosa? Vivió hasta los 42, murió hace 5 años. Asma nunca la dejó completamente. Pero antes de morir, vino conmigo un día cuando estaba plantando árboles en Nesa.

Vio lo que hacía y lloró. me dijo, “Tomás, estás plantando fresnos para otras rosas, para otros niños que necesitan sombra, que necesitan refugio, y me abrazó. Ese fue último día que la vi saludable. Murió dos meses después y en su funeral, en lugar de flores, pedí que plantáramos árbol. Plantamos fresno, igual que el que habíamos perdido hace 40 años en parque cerca de donde crecimos.

 Entonces, cada árbol que planto no es solo árbol, es memoria de rosa. Es promesa cumplida. Es manera de asegurar que lo que le pasó a ella, perder su refugio, a sufrir por calor, no le pase a otros niños. Mario no podía hablar, solo puso mano en hombro de Tomás, ambos parados en silencio frente al arbolito recién plantado.

 Mario observó a Tomás trabajar durante varios meses y notó algo extraordinario. Tomás no solo plantaba árboles, los cuidaba. Volvía cada semana a árboles que había plantado. Los regaba durante meses hasta que estaban establecidos. reemplazaba árboles que habían muerto, protegía árboles jóvenes con cercas pequeñas que hacía de palos y alambre.

 ¿Por qué tanto cuidado? Mario preguntó. Porque plantar árbol es fácil, hacer que sobreviva es difícil, especialmente en ambiente urbano duro como este. Sin cuidado inicial, tal vez solo 20% de árboles sobrevivirían. Con cuidado, 80% sobreviven. ¿Y vale su tiempo? Absolutamente. Ah, porque cada árbol que sobrevive es victoria.

Read More