Posted in

Cantinflas vio anciana limpiando zapatos SUCIOS en calle—cuando preguntó de quién eran lo DESTRUYÓ

 Los recojo y los limpio. ¿Por qué? Las lágrimas comenzaron a fluir de nuevo porque alguien podría necesitarlos. Y no es correcto que zapatos buenos se desperdicien solo porque están sucios. Mario se arrodilló junto a ella. ¿Puedo sentarme con usted un momento? Ella asintió limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano.

 Mano arrugada, manchada de betún. ¿Cuál es su nombre? Rosa. Rosa Jiménez. Señora Rosa, estos zapatos lucen muy viejos. ¿Estás segura de que alguien los querrá? Todos estos zapatos levantó un zapato particularmente gastado, zapato de hombre consuela casi separada del resto. Pertenecían a alguien, alguien que caminó en ellos, trabajó en ellos, vivió en ellos.

 Y ahora están aquí sucios, rotos, abandonados, pero con un poco de limpieza, un poco de reparación. Alguien más podría usarlos. Alguien que no tiene zapatos. Alguien cuyos pies están sangrando por caminar descalzo. ¿Conoce a alguien así? Conozco a muchos. Vivo en refugio para personas sin hogar en la colonia Morelos.

 Hay 50 personas allí, tal vez 20 no tienen zapatos apropiados. Caminan en sandalias rotas, en zapatos que no les quedan o descalzos. Así que cuando veo zapatos abandonados, los recojo, los limpio, los reparo si puedo. Después los llevo al refugio y los doy a quien los necesite. ¿Hace esto a menudo? Todos los días camino por las calles, busco en basureros, pregunto en tiendas de segunda mano si tienen zapatos que nadie quiere.

 Después paso horas limpiándolos, preparándolos. ¿Por qué? Ella miró los zapatos frente a ella con expresión que mezclaba tristeza y determinación. Porque sé lo que es no tener zapatos. Sé lo que es caminar en invierno con pies descalzos. Sé el dolor, la vergüenza, la desesperación. Rosa continuó. Su voz temblando con emoción de recuerdos enterrados.

 Cuando mis zapatos se desintegraron completamente, intenté envolver mis pies en periódicos, en trapos, en cualquier cosa que pudiera encontrar, pero nada funcionaba. El periódico se mojaba con primera lluvia, los trapos se deslizaban, así que caminaba descalza por calles de concreto en verano, cuando el pavimento estaba tan caliente que quemaba, por calles heladas en invierno, cuando mis pies se entumecían tanto que no podía sentirlos.

Lo peor no era el dolor físico, era la vergüenza, la forma en que la gente me miraba, como si fuera menos que humana porque no tenía zapatos, como si mi valor como persona dependiera de tener calzado. Recuerdo ir a oficinas buscando trabajo. Me paraba tratando de reunir coraje para entrar, pero veía mis pies descalzos, sucios, sangrando y sabía que nadie me contrataría.

 Nadie confía en persona sin zapatos. Una vez un hombre en oficina me gritó, “Sal de aquí”, dijo. No dejamos entrar animales. Me llamó animal porque no tenía zapatos. Esa noche lloré hasta quedarme sin lágrimas, no por insulto, sino porque tenía razón, sin zapatos, sin forma de ganar dinero, sin forma de mejorar mi situación.

 que era yo, sino animal, luchando por sobrevivir. Entonces, dos días después, esa mujer apareció. Nunca supe su nombre. Solo dijo, “Te vi caminando. Pensé que podrías necesitar esto.” Y me dio estos zapatos. No eran hermosos, no eran nuevos, pero estaban limpios y me quedaban. Y cuando me los puse, algo cambió.

 No solo en mis pies, en mi espíritu, me sentí humana de nuevo. Me sentí digna. Ese mismo día, con esos zapatos, fui a buscar trabajo y conseguí empleo limpiando casas, no porque fuera más calificada que día anterior, sino porque tenía zapatos, porque lucía como persona que podía ser confiada. ¿Cuándo fue eso? Hace 60 años. Yo tenía 20 años.

 Mi esposo había muerto. Yo tenía dos hijos pequeños. No teníamos nada, literalmente nada. Vivíamos en la calle. Mis zapatos, los únicos que tenía, finalmente se desintegraron completamente. Durante tres meses caminé descalza, mis pies sangraban, se infectaron. Pensé que los perdería.

 Entonces una mujer, nunca supe su nombre, me dio par de zapatos. No eran nuevos, estaban viejos, remendados. Pero estaban limpios y me quedaban. Esos zapatos me salvaron la vida, me permitieron buscar trabajo, me permitieron caminar sin dolor, me permitieron mantener mi dignidad. Desde ese día, hace 60 años, prometí que si alguna vez tenía oportunidad, ayudaría a otros que no tienen zapatos, igual que esa mujer me ayudó a mí.

 Mario sintió emoción profunda y lo ha estado haciendo durante 60 años. No todos los 60. Durante muchos años estaba demasiado ocupada sobreviviendo, criando a mis hijos, trabajando. Pero hace 10 años, cuando mi esposo murió, me había vuelto a casar y me quedé sola, decidí dedicar mi tiempo restante a esto.

 Cada día salgo, busco zapatos, los limpio, los reparo, los doy. He dado más de 1000 pares en estos 10 años. ¿Vive en el refugio usted misma? Sí, mi pensión es solo 300 pesos al mes. No es suficiente para alquiler, así que vivo en refugio. Pero está bien. Tengo techo, comida, lugar seguro para dormir. Es más de lo que muchos tienen.

 Y el betún, las herramientas para limpiar, ¿cómo las paga? El refugio me da un poco. Algunas personas donan. A veces encuentro latas de betún medio usadas que gente desecha. Hago lo que puedo con lo que tengo. Mario miró la colección de zapatos, tal vez 15 pares, todos en diferentes estados de desgaste, todos siendo meticulosamente limpiados por esta mujer de 80 años.

 Señora Rosa, ¿puedo preguntarle algo? ¿Qué estaba haciendo cuando llegué? ¿Por qué estaba llorando? Ella tocó uno de los zapatos, pequeño zapato de niño, probablemente talla para niño de cco o 6 años. Encontré este zapato esta mañana, solo uno. No pude encontrar el par y eso la hizo llorar. Me hizo llorar porque en algún lugar hay niño que perdió este zapato y ahora está caminando con solo un zapato o tal vez descalzo si el otro zapato también está roto.

 Y tengo este zapato limpio, reparado, listo para usar, pero es solo uno. No puedo darlo a nadie porque ¿quién puede usar solo un zapato? Así que seguiré buscando. Tal vez encuentre el par o tal vez encuentre a niño que solo necesita un zapato porque el otro todavía funciona. Pero mientras tanto este zapato espera y ese niño probablemente camina descalso.

Las lágrimas de Mario ahora fluían libremente. Esta mujer de 80 años, viviendo en refugio con pensión de 300 pesos al mes, dedicaba sus días a buscar zapatos abandonados para limpiarlos y darlos a extraños. Y lloraba porque había encontrado solo un zapato de niño. Señora Rosa, ¿me permite ayudarla? Ayudarme cómo para empezar comprando zapatos nuevos para el refugio, para todos los que necesitan.

Read More