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Asi FUE la LUJOSA VIDA de JOSE ALFREDO JIMENEZ – Mansiones, Carros, Historia

 José Alfredo era un niño que manifestaba vocación por el canto y facilidad asombrosa para componer. Escribía canciones y letras dedicadas al campo y a los animales domésticos. se presentaba vestido de charro en festejos públicos del pueblo interpretando temas populares. Todo parecía indicar que tendría una infancia feliz rodeado de música y cultura en ese pueblo tranquilo de Guanajuato.

 Pero cuando José Alfredo tenía apenas 10 años, en 1936 su padre murió. La botica San Vicente cayó en bancarrota. La familia perdió su fuente de ingresos, su patrimonio, su estabilidad. De la noche a la mañana pasaron de ser una familia acomodada a estar en problemas económicos serios. Su madre Carmen tuvo que tomar la decisión más difícil, abandonar Dolores Hidalgo y mudarse con sus cuatro hijos a la Ciudad de México buscando mejores oportunidades.

 Se establecieron en la colonia Santa María la Rivera un vecindario de clase media que estaba muy lejos del ambiente cultural y familiar que habían dejado en Dolores Hidalgo. José Alfredo tenía 11 años. Había perdido a su padre, su hogar, su pueblo, todo lo que conocía. La Ciudad de México era enorme, abrumadora, indiferente. Su madre Carmen abrió una pequeña tienda tratando de sostener a la familia, pero el negocio no prosperó.

 José Alfredo tuvo que contribuir a la economía familiar desde muy joven. Desempeñó múltiples oficios para ayudar a su madre y sus hermanos. Trabajó en lo que pudo encontrar, pero lo que realmente le apasionaba era la música. A los 14 años, en 1940, compuso su primera canción. No era una canción extraordinaria, pero demostraba que tenía el don para escribir versos que conectaban con las emociones humanas.

 Su juventud transcurrió entre el trabajo y su amor por la música y el deporte. Fue futbolista de primera división, jugando como portero en los equipos Oviedo y después en el Marte. compartía la portería con el legendario arquero Antonio Latvajal, quien después sería una figura del fútbol mexicano. José Alfredo era buen portero, pero su verdadera vocación estaba en otra parte.

Trabajó como camarero en La Sirena, un restaurante de antojitos yucatecos en la Ciudad de México. Ahí atendía mesas, servía comida, limpiaba platos, pero también ahí conoció a gente que cambiaría su vida. Jorge Ponce, hijo del dueño del restaurante, tocaba la guitarra. Se hicieron amigos. Formaron un grupo junto con los hermanos Enrique y Valentín Ferrusca.

 Lo llamaron José Alfredo Jiménez y los Rebeldes. Durante años tocó en el restaurante, en fiestas privadas, en donde le dieran oportunidad. Componía canciones constantemente. Cualquier papel servía para escribir. Servilletas, recibos, hojas arrancadas de libretas. Escribía versos sobre el amor perdido, sobre la traición, sobre el orgullo del hombre que ha sufrido.

 Escribía desde el alma, desde su propia experiencia de haber perdido tanto a tan temprana edad. En 1948, cuando tenía 22 años, José Alfredo y los rebeldes consiguieron cantar por primera vez en la radio en la emisora XX. Fue un momento importante, pero todavía no llegaba el éxito. Siguió trabajando como camarero, siguió componiendo, siguió tocando donde podía.

 El éxito tardó en llegar, pero él nunca dejó de crear. El punto de quiebre llegó en 1950 cuando tenía 24 años. Andrés Huesca, el gran músico veracruzano líder del grupo Los Costeños, frecuentaba el restaurante donde José Alfredo trabajaba. Escuchó sus canciones y quedó impresionado. Le pidió permiso para grabar una de ellas.

José Alfredo le dio yo, una canción que había compuesto desde el corazón. Andrés Huesca y los costeños grabaron yo, y la canción fue un éxito rotundo. De pronto, todo México estaba escuchando una canción de José Alfredo Jiménez. Su nombre comenzó a sonar. Los cantantes más importantes empezaron a buscar sus composiciones.

 Jorge Negrete, el charro cantor y máximo ídolo de la canción mexicana, grabó paloma querida que José Alfredo había compuesto para su novia Paloma Gálvez. La canción fue otro éxito masivo. A partir de 1950, la carrera de José Alfredo despegó meteóricamente. En 1952 se casó con Paloma Gálvez, con quien tuvo dos hijos, José Alfredo y Paloma. Pero el matrimonio no duraría.

Después tuvo una relación con Mary Medell, con quien tuvo cuatro hijos más: Guadalupe, José Antonio, Marta y otro José Alfredo. Y finalmente, en 1966 conoció a Alicia Juárez, una joven cantante que tenía apenas 17 años cuando se conocieron. Se casaron en 1970. Con ella grabó un álbum en 1972 y ella estaría con él hasta el final.

 Durante las décadas de 1950 y 1960, José Alfredo se convirtió en el compositor más importante de México. Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, Miguel Acéz Mejía, Lola Beltrán, Lucha Villa, María Dolores Pradera, todos los grandes cantantes interpretaban sus canciones. Cada canción que escribía se convertía en éxito.

 El rey, la media vuelta, el jinete, camino de Guanajuato, el caballo blanco. Ella, si nos dejan, un mundo raro, amanecí en tus brazos. La lista era interminable. También actuó en más de 20 películas entre 1950 y 1970. Martín Corona en 1950, Pócar de Ases en 1952, Guitarras de Medianoche en 1958, la feria de San Marcos en 1958. No era un gran actor, pero su presencia y su voz bastaban.

 Las películas se construían alrededor de sus canciones. El público iba a escucharlo cantar, a verlo interpretar a ese charro orgulloso que nunca se rinde ante el dolor. José Alfredo viajó por todo México y América Latina. En 1970 se presentó en Bogotá, Colombia, en el famoso escenario de la media torta.

 Durante su estadía en Bogotá, sentado en un restaurante de la ciudad, compuso una canción inédita especialmente para Colombia, que después su esposa Alicia Juárez entregaría años después a su hijo menor para preservarla. Pero toda esta gloria tenía un precio. José Alfredo bebía, bebía mucho, bebía todos los días. El alcohol era parte inseparable de su proceso creativo y de su vida bohemia.

 componía sus mejores canciones con una botella de tequila en la mano. Cada verso parecía destilado del dolor, de la experiencia, del sufrimiento que solo el alcohol podía hacer soportable. Para 1973, su cuerpo estaba destrozado. Décadas de alcohol habían destruido su hígado. Desarrolló cirrosis hepática y hepatitis.

 Los médicos le dijeron que tenía que dejar de beber o moriría, pero José Alfredo no podía dejar de beber. El alcohol era su musa, su consuelo, su forma de vida. El 23 de noviembre de 1973, José Alfredo Jiménez murió en la Ciudad de México. Tenía apenas 47 años. Su cuerpo fue trasladado a Dolores Hidalgo, su pueblo natal, donde fue enterrado en el panteón municipal de Nuestra Señora de los Dolores.

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