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Asi es la VIDA de ROSITA ARENAS a sus 92 AÑOS en MEXICO

 Para una joven venezolana con ambiciones artísticas y con la fotogenia que Rosa Arenas tenía, el camino era uno solo, México. Y hacia México se fue con la determinación de alguien que no considera la posibilidad del fracaso, porque no se permite considerar opciones que no sean ganar. El México que encontró Rosa Arenas cuando llegó era el país del milagro económico en su máximo esplendor.

 El México de los años 40, donde la época de oro del cine producía año tras año las películas que toda América Latina esperaba con la misma devoción con que el público contemporáneo espera las grandes producciones de Hollywood. Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix y Dolores del Río dominaban las pantallas del continente.

 Los estudios cinematográficos funcionaban como fábricas de sueños que en algunos años producían hasta 100 películas. Y la ciudad de México era la capital cultural más vibrante del mundo hispanohablante. Llegar a ese ecosistema sin apellido conocido ni padrino poderoso era un desafío enorme. Rosa lo superó con la misma arma que todas las grandes actrices de su generación tuvieron que usar como punto de partida.

 Una presencia frente a la cámara que no se enseña ni se aprende y que los productores reconocen al primer vistazo. Caracas y la Ciudad de México de los años 40 eran dos capitales latinoamericanas que vivían procesos de transformación similares, pero con velocidades y características muy diferentes.

 Mientras la capital venezolana empezaba apenas a construir la infraestructura que el petróleo haría posible. La ciudad de México de 1947 o 1948 era ya una metrópoli de más de 2 millones de habitantes con una industria cultural que no tenía equivalente en toda la región. Los teatros del centro histórico, los cines del Paseo de la Reforma, los estudios cinematográficos de Churubusco, los cabarets de la zona rosa y las galerías de arte de San Ángel formaban un ecosistema cultural de una riqueza y una densidad que dejaba sin palabras a quien llegaba de una ciudad

latinoamericana más pequeña y más provinciana. Rosa Arenas llegó a ese ecosistema con los ojos muy abiertos y con la inteligencia suficiente para entender que la manera de sobrevivir en él era observar, aprender y esperar el momento correcto para moverse. Los primeros años en la capital fueron los de la construcción paciente de una carrera que se sostendría en el talento y en el trabajo antes que en los contactos o en la suerte.

 Rosa comenzó haciendo papeles pequeños en producciones del circuito cinematográfico mexicano, acumulando experiencia en cada foro y en cada rodaje, aprendiendo de los directores más exigentes y de los actores más experimentados con la actitud de quien sabe que está en la mejor escuela del mundo y que sería un desperdicio no aprovecharla completamente.

 El salto a la fama, ¿qué te ha dado esa mujer? Y la consagración del cine de oro. El punto de inflexión definitivo en la carrera de Rosa Arenas llegó con ¿Qué te ha dado esa mujer? La producción dirigida por Ismael Rodríguez, que la colocó en el radar del cine mexicano de una manera que ningún papel anterior podría haber logrado.

 La película, donde compartió créditos nada menos que con Pedro Infante y Luis Aguilar era de las producciones más codiciadas de aquella época. Un elenco encabezado por las máximas figuras del momento, una historia que conectaba con el público popular y el respaldo de un director que sabía exactamente cómo construir éxitos de taquilla.

 Aparecer al lado de Pedro Infante, el ídolo absoluto del pueblo mexicano, era un salto cualitativo que marcaba la diferencia entre ser una actriz más del circuito y ser una figura que el público y la industria empezaban a reconocer con el tipo de atención que después se convierte en carrera sostenida. La fotogenia de Rosa Arenas era el tipo de cualidad que las cámaras de aquella época captaban y amplificaban de manera extraordinaria.

 Había en su rostro una combinación de rasgos que la fotografía en blanco y negro, que era el formato dominante del cine mexicano de los años 40 y 50,  convertía en una imagen de una belleza casi arquitectónica, la estructura ósea perfecta, los ojos grandes que comunicaban antes de que los labios dijeran nada, la presencia física que llenaba el encuadre sin necesidad de movimientos exagerados ni recursos técnicos especiales.

 Los directores de fotografía de la época de oro, que eran algunos de los mejores del mundo en aquella época, sabían perfectamente cómo usar una cara como la de Rosa Arenas para construir las imágenes que el público recordaría décadas después. El México cinematográfico de los años 50 era también un México que comenzaba a descubrir la televisión, ese nuevo medio que en Estados Unidos ya había transformado radicalmente los hábitos de consumo cultural de la población.

 En México, Telesistema Mexicano, la empresa que después se convertiría en Televisa, comenzó sus transmisiones regulares en 1950 y durante los primeros años de la década, el cine y la televisión coexistieron sin conflicto aparente, porque la televisión todavía no tenía la penetración masiva que alcanzaría en los años siguientes.

 Para Rosa Arenas, que llegó al cine justo en ese momento de transición, el periodo era perfecto. podía construir su carrera en el formato más prestigioso del entretenimiento mexicano mientras el nuevo medio todavía encontraba su lugar en la vida cotidiana de los mexicanos. Con la consolidación que trajo, ¿qué te ha dado esa mujer? Los contratos comenzaron a llegar con una frecuencia que permitía planear el futuro con una estabilidad que sus primeras apariciones nunca habían ofrecido.

 Rosa participó en varias producciones anuales durante los años de mayor actividad en el cine de la época de oro, acumulando créditos que reforzaban su posición dentro de la jerarquía de una industria muy competitiva, donde el que no trabajaba regularmente quedaba olvidado con una velocidad que el tiempo no suavizaba. Poco después llegaría uno de los desafíos más importantes de su carrera.

Bajo la dirección del legendario Luis Buñuel, interpretó a Meche en el bruto, un papel que tuvo que pelear con uñas y dientes porque el cineasta consideraba que su belleza refinada no encajaba con el de una joven humilde y que ella terminó convirtiendo en una de las actuaciones de las que más orgullosa se sentiría.

 El matrimonio con Abel Salazar fue uno de los capítulos más públicos de su vida personal. Abel Salazar era en aquella época uno de los galanes más reconocidos y más solicitados del cine mexicano. Actor, productor y director, con una carrera sólida y un nombre que los productores buscaban con la certeza de que atraería público.

 La unión de dos figuras del cine en aquella época era un evento mediático que la prensa de espectáculos cubría con la misma intensidad que hoy se cubre una boda real. Y la unión de Rosa Arenas con Abel Salazar no fue la excepción. En 1963, en el momento de mayor brillo de su carrera, Rosa Arenas tomó la decisión que sorprendió a todo el mundo del espectáculo mexicano.

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