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Arturo Montiel: El Padrino de Peña Nieto… El ASQUEROSO Pacto que lo Salvó de la Cárcel.

 Tercero, el momento en que una investigación abierta en 2006 terminó limpiando a Montiel con una explicación que muchos consideraron una burla, que ya era rico desde adolescente. Y cuarto, la parte más oscura, la que no ocurrió en un despacho, sino frente a tres hijos separados de su madre, en una guerra familiar que cruzó México, Francia y los tribunales.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero antes de entender el pacto que según sus críticos salvó a Montiel de la cárcel, hay que regresar al principio. Cuando Atlacomulco todavía parecía un pueblo pequeño y no la fábrica silenciosa de una maldición política. Todo comenzó lejos de los reflectores nacionales.

 Atlacomulco, Estado de México, 15 de octubre de 1943. Un municipio pequeño, frío por las mañanas, de calles discretas, apellidos repetidos y familias que entendían una regla antes que cualquier otra. En política, el poder no siempre se gana en las urnas. Muchas veces se hereda en la mesa, se negocia en silencio y se protege como si fuera sangre.

 Ahí nació Arturo Montiel Rojas. No nació en cualquier lugar. Nació en una tierra donde la política parecía tener dueños, padrinos, rituales, promesas antiguas. Su padre, Gregorio Montiel Monroy, no era un hombre invisible. Era empresario, tenía relaciones, manejaba intereses comerciales y llegó a ser presidente municipal.

En un pueblo así, eso no significaba solo administrar calles o permisos. Significaba conocer quién compraba, quién vendía, quién debía favores y quién podía abrir una puerta cuando los demás tenían que esperar afuera. Piensa en eso un momento. Antes de que Arturo Montiel fuera gobernador, antes de que su nombre apareciera ligado a mansiones, cuentas, investigaciones y pactos judiciales, ya estaba respirando el aire de una región donde el poder se enseñaba como una lengua materna.

 Los niños no necesitaban que alguien les explicara cómo funcionaban las jerarquías. Lo veían, lo escuchaban, lo aprendían en los saludos largos, en las visitas de políticos, en los silencios de los adultos cuando alguien importante entraba a la habitación y sobre todo estaba la sombra del grupo Atlacomulco. Una sombra enorme.

 Según distintas versiones históricas, ese grupo no era un partido dentro del partido ni una oficina con letrero en la puerta. era algo más difícil de combatir, una red, una familia extendida de políticos, empresarios, compadres, operadores y herederos que durante décadas aprendieron a moverse dentro del PRI como si el Estado de México fuera una casa propia.

Se decía que desde principios del siglo XX aquella región había comenzado a fabricar gobernadores y que en los años 40, bajo figuras como Isidro Fabela, esa maquinaria tomó forma. Pero había algo todavía más inquietante, una leyenda, una profecía atribuida a Francisca Castro Montiel, según la cual Atlacomulco daría varios gobernadores y algún día uno de los suyos llegaría a la presidencia de la República.

Parece una superstición de pueblo, una frase de sobremesa, una historia que los viejos repiten para sentirse importantes. En la política mexicana, las leyendas también sirven para educar ambiciones. Y Arturo Montiel creció escuchando que su tierra no estaba destinada a obedecer, estaba destinada a mandar.

 Ese detalle es importante porque hay hombres que llegan al poder con miedo de perderlo y hay otros que llegan convencidos de que siempre les perteneció. Montiel pertenecía a esa segunda clase cuando finalmente alcanzó la gubernatura del Estado de México. En septiembre de 1999 no llegó como un administrador más, llegó como un heredero, como alguien que sentía detrás de sí el peso de Atlacomulco, de su apellido, de su grupo, de una promesa vieja que exigía cumplimiento.

Su imagen pública fue construida con dureza, mano firme, orden, autoridad, seguridad. En campaña se le atribuyeron frases duras contra quienes eran señalados como criminales, mensajes que buscaban proyectar control absoluto. Y durante un tiempo funcionó. Para muchos, Arturo Montiel representaba al político que no dudaba, el hombre serio, el gobernador fuerte, el priista que podía recuperar la presidencia, pero detrás de esa imagen empezaban a moverse sombras más densas.

Según reportes y señalamientos políticos de la época, en 2001 comenzó a hablarse de una red de espionaje operada desde estructuras vinculadas al gobierno estatal. Más de 200 agentes, presuntamente disfrazados bajo funciones policiacas habrían vigilado opositores, empresarios, activistas, enemigos internos, nombres, llamadas, rutas, debilidades, todo aquello que puede convertir la información en arma.

 Y luego vino Texcoco, el proyecto del nuevo aeropuerto. Miles de hectáreas, contratos millonarios, tierra campesina convertida de pronto en botín político. Según el expediente narrativo de aquella crisis, cerca de 4000 familias de San Salvador, Atenco, Texcoco y Chimaluacán, quedaron amenazadas por la expropiación.

El 11 de julio de 2002, la tensión estalló con policías, campesinos, golpes, detenidos, heridos y un muerto. La promesa de modernidad terminó oliendo a miedo. Ahí empezó a verse el verdadero rostro del sistema. No era solo ambición, era hambre. Y cuando el aeropuerto se cayó, cuando el negocio se esfumó, algo dentro de esa maquinaria quedó herido.

 Porque para un hombre formado en Atlacomulco, perder una obra no era perder cemento, era perder territorio. Y esa herida abriría la puerta al secreto que lo perseguiría para siempre. Y entonces apareció la casa. No una casa cualquiera, no una propiedad comprada con años de ahorro, con una hipoteca común. con recibos claros y una historia simple.

 Una mansión en Soto Grande, Cádiz, al sur de España. Piedra, lujo, jardines, silencio europeo. El tipo de lugar donde el dinero no solo vive, se esconde. Y según las investigaciones periodísticas que estallaron años después, esa casa era apenas una puerta. Detrás venía un mapa entero de propiedades, empresas, cuentas familiares y nombres que iban a perseguir a Arturo Montiel hasta destruir su sueño presidencial.

Porque el poder, cuando se mezcla con la codicia, casi nunca deja manchas visibles al principio. Primero aparecen los discursos, las fotos, las promesas de transparencia, las frases sobre el progreso del Estado de México, los informes cuidadosamente impresos. Las obras públicas, las ceremonias, los aplausos. Montiel hablaba como un gobernador de mano firme, como un hombre que había llegado para ordenar un territorio de más de 15 millones de personas.

 Pero detrás de las luces, detrás del escritorio, detrás de los trajes oscuros y las sonrisas de campaña, había otra contabilidad. Según reportes difundidos en aquel tiempo, la fortuna atribuida al entorno de Montiel llegó a calcularse entre 105 y 110 millones de pesos. Piensa en eso un momento. No estamos hablando de un rancho heredado, ni de una casa familiar, ni de un ahorro discreto.

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