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TESTIMONIO IMPACTANTE: Protestante despierta de un coma de 17 días tras un susurro de la Virgen

PARTE 1

Hermanos, lo que voy a contarles hoy cambiará para siempre la forma en que ven los milagros. Mi nombre es Miguel Hernández, tengo 24 años y hace apenas 6 meses estaba muriendo en una cama de hospital. Los médicos le habían dicho a mi familia que me prepararan para despedirse, pero hay algo que ellos no sabían.

Mi abuelita Rosa había puesto en las manos de la Virgen de Guadalupe una oración que atravesaría el cielo mismo. Y en el momento más oscuro de mi vida, cuando mi alma se debatía entre la vida y la muerte, ella vino a mí. No como una visión, no como un sueño, sino como la enfermera celestial que literalmente sopló vida nueva en mis oídos.

Y yo, que había sido protestante toda mi vida, que había llamado idólatras a los católicos, que había negado el poder de intercesión de los santos, desperté de 17 días de coma para encontrarme cara a cara con el amor más puro que existe en este universo. Pero permítanme empezar desde el principio, porque este testimonio no es solo un milagro médico, es sobre cómo Dios puede usar nuestro orgullo más grande para llevarnos a la humildad más profunda y como el amor de una abuela devota puede mover montañas en el cielo.

Yo crecí en una familia protestante en la ciudad de León, Guanajuato. Mi padre era pastor de una iglesia evangélica y desde pequeño me enseñaron que solo Cristo era nuestro mediador ante Dios, que los santos eran una invención humana, que la Virgen María, aunque bendita entre las mujeres, no tenía poder para interceder por nosotros, que los católicos estaban equivocados al orarle a imágenes, que eso era idolatría pura.

Yo repetía estas enseñanzas con la convicción del que se siente poseedor de la verdad absoluta. Mi abuelita Rosa vivía con nosotros. Ella había sido católica toda su vida y aunque respetaba nuestras creencias protestantes, nunca abandonó su devoción a la Virgen de Guadalupe. Cada mañana la veía arrodillada ante su pequeño altar con su estampita gastada de la morenita del Tepellac, rezando el rosario con una fe que yo, en mi arrogancia juvenil consideraba mal dirigida.

“Abuela,” le decía yo con la soberbia de mis 23 años. “Tú sabes que solo Jesús puede escucharte, ¿verdad? La Virgen no puede hacer nada por ti. Ella me sonreía con esa paciencia infinita que solo tienen las abuelas, que han vivido mucho y han aprendido que el amor es más fuerte que cualquier argumento teológico.

Mi hijito me respondía, “La Virgen de Guadalupe es la madre de todos los mexicanos. Ella me escucha y ella le dice a su hijo lo que necesitamos. Algún día tú también lo vas a entender.” Yo me reía. Pensaba que mi abuelita era una mujer maravillosa, pero que estaba equivocada en esto tan fundamental.

Estudiaba teología en el seminario protestante. Tenía todas las respuestas bíblicas correctas. Conocía cada versículo que demostraba que solo Cristo era nuestro mediador. Mi futuro estaba atrasado. Seguir los pasos de mi Padre, ser pastor, predicar la verdad del evangelio protestante. Todo estaba perfectamente planeado hasta que en febrero de este año mi mundo se desplomó.

Todo comenzó con lo que parecía una simple gripe. Fiebre, dolor de garganta, cansancio, nada fuera de lo común para alguien de mi edad, pero en cuestión de horas mi temperatura se disparó a 40 gr. Mi familia me llevó al hospital, donde los doctores corrieron análisis tras análisis sin encontrar la causa. Mi estado se deterioraba rápidamente.

Lo que había comenzado como una infección de garganta se había convertido en una septicemia fulminante, una infección generalizada que estaba atacando todos mis órganos vitales. Los médicos trabajaron incansablemente, antibióticos intravenosos, medicamentos para mantener mi presión arterial, soporte respiratorio, pero mi cuerpo no respondía.

En la tercera noche, mi corazón se detuvo por primera vez. Los doctores lograron reanimarme después de 6 minutos de muerte clínica, pero el daño ya estaba hecho. Mi cerebro había sufrido por la falta de oxígeno. Mis riñones comenzaron a fallar y mi hígado mostraba signos de daño irreversible. Fue entonces cuando caí en coma, un coma profundo del tipo que los médicos califican como estado vegetativo.

Los escáneres cerebrales mostraban actividad mínima. El doctor principal, un hombre mayor con décadas de experiencia, llamó a mi familia a una reunión. “Su hijo ha luchado valientemente”, les dijo. “Pero el daño es demasiado extenso. Si llegara a despertar, lo cual es altamente improbable, tendría daño cerebral severo.

Es hora de que consideren desconectar el soporte. vital. Mi padre, ese hombre fuerte que había predicado sobre la fe durante años, se derrumbó. Mi madre lloraba sin consuelo. Mis hermanos menores no entendían por qué su hermano mayor, que siempre había sido tan fuerte, tan seguro de sí mismo, ahora yacía inmóvil conectado a máquinas que respiraban por él.

PARTE 2 

Pero mi abuelita Rosa hizo algo que ninguno de nosotros esperábamos. se puso de pie en esa sala de conferencias del hospital con sus 78 años acuestas y declaró con una autoridad que yo nunca le había escuchado. No van a desconectar a mi nieto. La Virgen de Guadalupe me habló en mis oraciones esta mañana. Ella va a traer de vuelta a Miguel. Den tiempo.

Denle tiempo a nuestra señora para que haga su trabajo. Mi padre en su dolor le gritó por primera vez en su vida, “Mamá, deje de hablar de la Virgen. Solo Dios puede hacer milagros. Miguel se está muriendo y usted sigue con sus supersticiones. Pero mi abuelita no se inmutó. Esa misma noche estableció un horario de oración.

De 12 de la noche a 6 de la mañana estaría en la capilla del hospital rezando el rosario. No uno, sino 15 rosarios completos cada noche. Se había propuesto no levantarse de esas rodillas hasta que yo despertara o hasta que Dios la llamara a ella primero. Mientras tanto, yo vivía una experiencia que ninguna ciencia médica podría explicar jamás.

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