El problema de la montaña es que no te avisa con tiempo. Te da diez minutos. Si en esos diez minutos no encuentras refugio, estás jodido. La nieve empezó a caer en copos gordos, pesados, de esos que se te pegan a las pestañas y te impiden ver a más de dos metros de distancia. En menos de una hora, el sendero ya no existía. Era todo un lienzo blanco, uniforme, trampa tras trampa oculta bajo una capa engañosa.
Fue en una curva cerrada, donde el camino se estrechaba al borde de un barranco de quinientos metros, donde todo se fue al garete.
El caballo cayó. Mateo cerró los ojos, pero el eco del cuerpo del animal golpeando contra las rocas del fondo del desfiladero resonó durante unos segundos que parecieron una eternidad. Se quedó solo. Solo con una tormenta que arreciaba y una carreta de dos toneladas rota en mitad de ninguna parte.
Ahí es donde se demuestra de qué está hecho un hombre. La mayoría se habría sentado a llorar, esperando que el frío hiciera su trabajo y los durmiera para siempre. Pero Mateo tenía una testarudez asturiana de las antiguas, de esas que no doblan la rodilla fácilmente. Agarró las maderas del frontal de la carreta y, tirando con la fuerza que solo te da el miedo a la muerte, comenzó a arrastrarla hacia la pared de la montaña.
Buscaba una hendidura, una cueva, lo que fuera. La suerte —o la maldición— quiso que encontrara esa cavidad rocosa. Una boca oscura, no muy profunda, pero lo suficientemente ancha como para meter la mitad del carromato y protegerse del viento huracanado.
Y ahí volvemos al principio. Mateo encajó la carreta a presión. Rompió el eje del todo para que bajara el nivel y tapara más hueco. Luego, como un loco, empezó a tapar las rendijas.
—Ayúdame… —dijo una voz desde el interior de la madera.
La voz no era humana. O al menos, no tenía la cadencia de una voz de mujer normal. Era doble. Como si dos personas dijeran la misma palabra al mismo tiempo, una en un tono agudo y otra en un susurro grave, rascando el fondo de la garganta.
Mateo se quedó petrificado, con una piedra de pizarra de cinco kilos entre las manos.
—Te he dicho que te calles —respondió él, intentando mantener la firmeza, aunque los dientes le castañeteaban con tanta fuerza que temía que se le rompieran.
—Tengo frío, Mateo. Mucho frío. Si me dejas salir, te calentaré. Te daré el calor que tu madre no pudo darte cuando te dejó abandonado en el hospicio de Llanes.
A Mateo se le cayó la piedra sobre los pies, pero ni siquiera sintió el dolor. ¿Cómo coño sabía aquella cosa lo de su madre? Era un secreto que él jamás había contado a nadie en Potes. Ni a los curas, ni a sus pocos amigos, ni a las mujeres con las que había compartido cama. Nadie lo sabía. Era una vergüenza que llevaba enterrada en lo más profundo de sus entrañas desde que tenía seis años.
El viento afuera dio un tremendo zarpazo contra la roca. Una ráfaga brutal que hizo saltar algunas de las piedras más pequeñas que Mateo acababa de colocar. El frío se coló como un cuchillo de carnicero.
Sinceramente, en una situación así, cualquiera habría perdido la cabeza. Estás atrapado a mil quinientos metros de altura, tu caballo ha muerto, estás a punto de congelarte y lo que llevas encerrado en el carro sabe tus secretos más oscuros. Yo creo que el miedo tiene un límite: cuando lo superas, te vuelves extrañamente frío. Te transformas en una máquina de sobrevivir. Eso fue lo que le pasó a Mateo. Ignoró la voz. Volvió a coger la piedra, la encajó con furia en el hueco y usó barro helado para sellar la última rendija que quedaba abierta al exterior.
La cueva se quedó en un silencio sepulcral. Un silencio espeso, denso, donde solo se escuchaba la respiración agitada del hombre y el latido desbocado de su propio corazón. El viento seguía rugiendo afuera, pero ahora sonaba lejano, como el lamento de un mar embravecido detrás de un muro de hormigón.
Con la cueva sellada, la temperatura empezó a estabilizarse mínimamente, aunque seguía haciendo un frío del demonio. Mateo encendió un pequeño cabo de vela que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. La luz temblorosa dibujó sombras grotescas en las paredes de roca caliza.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la madera de la carreta. Sentía el calor de su propio cuerpo retenido por el abrigo de piel de cordero, pero por dentro era un bloque de hielo. No podía dejar de mirar la puerta trasera de la carga. La trampilla estaba asegurada con un candado de hierro enorme y tres vueltas de esa cadena de plata que brillaba de una forma extraña bajo la luz tenue de la vela.
—¿Por qué me tienes miedo? —volvió a hablar la voz. Esta vez sonaba más suave, casi dulce. Una melodía que te invitaba a cerrar los ojos y dejarte llevar.
—No te tengo miedo —mintió Mateo, apretando el cuchillo contra su muslo—. Solo cumplo con mi trabajo. Mañana saldrá el sol, la tormenta parará y te entregaré a los señores del claro.
Una risa seca, como el crujir de las hojas secas en otoño, salió de la carreta.
—¿Los señores del claro? ¿De verdad crees que te van a pagar, Mateo? Eres tan ingenuo… Te han utilizado como cebo. ¿Por qué crees que la Guardia Civil no ha patrullado hoy el camino bajo? Porque sabían que venías tú. Sabían que la tormenta te atraparía. Los del claro solo quieren mi cabeza, y la tuya les importa menos que el estiércol de tu caballo muerto.
Mateo no quería escuchar, pero las palabras se le clavaban en el cerebro. En el fondo, sabía que había algo de verdad en lo que decía. El tipo de la cicatriz no tenía cara de cumplir las promesas. En este negocio del contrabando, los hilos sueltos se cortan rápido, y un transportista muerto en la nieve es el hilo suelto perfecto. No hay que pagarle, no habla y la nieve entierra el cuerpo hasta la primavera.
Yo he conocido a caciques de esa calaña en mis años de juventud por la zona de León. Tipos que te dan la mano con una sonrisa y te están clavando el puñal por la espalda mientras te cuentan un chiste. La gente poderosa de estos valles aislados no tiene moral; tienen intereses. Y si para proteger sus tierras o sus pactos oscuros tienen que sacrificar a un desgraciado del pueblo, lo hacen sin pestañear. Por eso la historia de Mateo me toca la fibra. Me da rabia ver cómo los de abajo siempre terminamos pagando los platos rotos de los de arriba.
—Déjame salir —insistió la voz—. Si abres el candado, te daré más oro del que esos miserables te prometieron. Te daré tierras en el sur, donde el invierno no existe y el sol calienta la piel durante todo el año. Podrás comprarte una casa señorial, tener sirvientes, olvidarte de pasar hambre para siempre. Solo tienes que quitar la cadena.
Mateo miró fijamente el candado. La tentación era enorme. El ser humano es débil por naturaleza cuando se le pone delante la solución a todas sus miserias. Se levantó lentamente, como un sonámbulo atraído por el canto de un abismo. Se acercó a la parte trasera de la carreta. Su mano, temblorosa, se posó sobre la cadena de plata.
Al tocarla, sintió un chispazo de calor. No era el calor del fuego; era una vibración extraña, algo que le recorrió el brazo y le hizo ver, por un breve segundo, imágenes de campos quemados, de hogueras gigantescas en mitad de la noche y de rostros desencajados por el terror.
Dio un paso atrás, asustado, respirando con dificultad.
—No… —murmuró—. El tipo dijo que no tocara la plata. Dijo que si te soltaba…
—El tipo te mintió —interrumpió la voz, que ahora cobró un tono de urgencia airada—. ¿Es que no lo ves? Me tienen miedo porque soy libre. Porque no me arrodillo ante sus santos de madera ni ante sus leyes de hombres viejos. Abre la puerta, Mateo. Hazlo ya. El viento está cambiando afuera. Si no me sueltas, Ellos vendrán a por mí, y destruirán esta cueva contigo dentro.
Mateo se quedó quieto, escuchando.
Fuera, el rugido de la ventisca pareció disminuir. Pero no era una buena señal. No era el alivio de la tormenta que cesa. Era ese silencio denso, pesado, del que hablaba al principio. El aire dentro de la cueva se volvió tan espeso que costaba respirar. Las piedras que sellaban la entrada empezaron a vibrar levemente. No por el viento, sino por una vibración que venía del suelo. De la propia roca de la montaña.
Algo se acercaba. Algo grande. Algo que caminaba sobre la nieve pesada sin hundirse.
Parte IV: Lo que acecha en la blancura
Mucha gente de ciudad se ríe de las leyendas de los pueblos. Dicen que son cuentos de viejos para asustar a los niños junto a la lumbre. Qué atrevida es la ignorancia. Cuando pasas semanas enteras aislado en una cabaña de pastores, escuchando cómo cruje la madera por la noche y oyendo ruidos que no corresponden a ningún animal conocido, te aseguro que dejas de reírte. En el norte tenemos nombres para cosas que la ciencia no puede explicar. Cosas que habitan en los pliegues de la niebla y que llevan aquí desde mucho antes de que el primer hombre pisara estos valles.
Mateo pegó la oreja a la pared de piedras que había construido.
Pum. Pum. Pum.
Eran pisadas. Lentas, pesadas, compasadas. Lo que fuera que estuviese afuera se detuvo justo al otro lado del muro de pizarra. Se oyó un siseo largo, como el de un fuelle de fragua respirando el aire gélido. Luego, un arañazo. Unas uñas largas y duras, como metal sobre piedra, rasparon los bloques exteriores tratando de encontrar un punto débil en el sellado.
—Ya están aquí… —susurró la voz de la carreta, perdiendo por primera vez su tono de superioridad. Ahora había miedo real en sus palabras—. Mateo, por tu madre, abre el candado. Si me dejas luchar, puedo defendernos. Si me dejas aquí encerrada, nos matarán a los dos.
Mateo estaba atrapado entre dos fuegos. Detrás de él, un demonio o una bruja encadenada que le prometía el oro y el moro; delante, una entidad de la tormenta que derribaba muros de piedra con las manos desnudas. ¿Qué haces en una situación así? ¿A quién te alías cuando el mal te rodea por todas partes?
Sinceramente, yo creo que en momentos así lo único que te queda es tu propia dignidad. No puedes confiar en ninguno de los dos bandos. Si sueltas a la mujer, lo más probable es que te degüelle en cuanto esté libre. Si dejas entrar a lo de fuera, serás el daño colateral de una guerra que no te pertenece. Así que Mateo tomó la única decisión lógica para un hombre de campo: aguantar la posición.
—No voy a abrir nada —dijo Mateo con voz firme, plantándose en mitad de la cueva con el cuchillo en una mano y una pesada barra de hierro que usaba para desatascar las ruedas en la otra—. Quien esté afuera, que entre si tiene huevos. Y tú, cállate la boca de una puta vez.
Un golpe brutal sacudió el muro de entrada. Dos de las piedras más grandes salieron despedidas hacia el interior de la cueva, estallando en mil pedazos contra el suelo. El aire de la ventisca entró de golpe, apagando la vela instantáneamente y sumiendo el lugar en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por la débil claridad que reflejaba la nieve del exterior.
A través del hueco abierto, Mateo vio una silueta.
Era inmensa. Medía fácilmente más de dos metros de altura, pero su cuerpo era extrañamente delgado, casi esquelético. No tenía pelaje como un oso, ni la forma de un lobo. Era una figura antropomórfica, cubierta de una costra de hielo y escarcha que parecía formar una armadura natural sobre su piel grisácea. Lo peor eran los ojos. No tenían pupilas; eran dos ranuras de una luz azulada, fosforescente, que congelaba la sangre de solo mirarlas.
La criatura metió un brazo largo por la abertura. Sus dedos terminaban en garras afiladas de un color negro azulado. Buscaba algo. Buscaba la carreta.
La mujer del interior empezó a gritar. Ya no era una voz melodiosa ni seductora; era un chillido agudo, un lamento de puro terror que perforaba los tímpanos. Las cadenas de plata comenzaron a brillar con una intensidad cegadora, emitiendo un humo blanco que olía a carne quemada y a azufre.
La criatura exterior respondió con un rugido que hizo temblar el techo de la cueva. Pequeñas estalactitas de hielo se desprendieron, cayendo como lanzas sobre el suelo de piedra. Con un esfuerzo supremo, el monstruo empujó el resto del muro. Las piedras cedieron con un estrépito espantoso. La entrada estaba libre. El horror de la tormenta había entrado en el refugio.
Parte V: La batalla en la penumbra
Mateo no se lo pensó. Cuando la muerte te mira a la cara, no hay tiempo para la filosofía. Dio un paso adelante y, descargando toda la fuerza de sus hombros cansados, golpeó con la barra de hierro el brazo de la criatura que intentaba alcanzar el carromato.
El impacto sonó como si hubiese golpeado un bloque de granito. La barra de hierro vibró tanto que casi se le escapa de las manos, pero el golpe surtió efecto. La criatura soltó un gruñido sordo y retiró el brazo, dejando caer unas gotas de un fluido espeso y negro que quemaba la nieve al tocarla, levantando un vapor acre.
Los ojos azules del monstruo se fijaron entonces en Mateo. Aquello fue un error. Haber llamado la atención de la bestia era lo último que un hombre sensato querría hacer, pero Mateo ya estaba perdido en esa vorágine de adrenalina donde la vida y la muerte se vuelven la misma cosa.
El ser avanzó hacia él. El frío que desprendía era tan intenso que las cejas y las pestañas de Mateo se cubrieron de escarcha en un segundo. Sintió que los pulmones se le congelaban al respirar, que el aire le quemaba las vías respiratorias como si estuviera tragando cristales rotos. La criatura levantó una de sus garras para descuartizarlo.
Pero la mujer de la carreta no se había quedado quieta. Aprovechando el impacto y el caos, había empezado a golpear las maderas del carromato con una fuerza sobrehumana. Una de las tablas laterales crujió y se rompió, dejando ver un brazo pálido, cubierto de símbolos extraños grabados en la piel, que terminaba en unas uñas pintadas de negro.
La mujer estiró el brazo y tocó la espalda de la criatura del hielo.
El efecto fue inmediato y devastador. Un estallido de fuego negro brotó del punto de contacto. No era fuego normal; no daba luz, sino que parecía absorber la poca claridad que quedaba en la cueva. El monstruo de la tormenta soltó un alarido de agonía tan potente que Mateo cayó de rodillas, tapándose los oídos con las manos mientras la sangre le brotaba de los conductos auditivos.
La criatura de hielo empezó a derretirse a una velocidad pasmosa, transformándose en un charco de agua sucia y humeante que se evaporaba antes de tocar el suelo. En menos de un minuto, el gran peligro del exterior había quedado reducido a nada, a un mal recuerdo flotando en el aire enrarecido de la cavidad.
Mateo se quedó en el suelo, jadeando, con la cabeza dándole vueltas. Miró hacia la carreta. El lateral estaba roto. A través de la brecha, la mujer le miraba.
Sus ojos amarillos brillaban en la penumbra como los de un gato en un callejón oscuro. Las cadenas de plata seguían atadas a sus muñecas, pero la madera que la confinaba ya no era una barrera insalvable. Tenía medio cuerpo fuera. Su rostro, extrañamente hermoso a pesar de la palidez cadavérica y de los rasgos afilados, esbozó una sonrisa que heló a Mateo más que la presencia del monstruo anterior.
—Buen trabajo, transportista —dijo ella, con una voz que ahora arrastraba las palabras como la seda sobre una tumba—. Has sido útil. Ahora, quítame estas cadenas. El trato sigue en pie. El oro, las tierras… todo lo que desees será tuyo si me liberas del todo.
Mateo miró el cuchillo que aún conservaba en la mano izquierda. Luego miró hacia la entrada de la cueva, donde la tormenta parecía haber amainado un poco tras la muerte de la criatura, dejando paso a una claridad grisácea que anunciaba el amanecer.
Sinceramente, yo sé lo que muchos estarían pensando en ese momento: “Coge el dinero y corre”. Es la salida fácil. La salida del cobarde o del tipo pragmático que solo piensa en su pellejo. Pero Mateo vio algo en el fondo de aquellos ojos amarillos. Vio un vacío absoluto. Vio que si soltaba a esa criatura, el mal que desataría sobre los valles asturianos haría que la tormenta de esa noche pareciera un juego de niños. Hay cosas más importantes que el dinero. La conciencia es una carga pesada, sí, pero es lo único que nos diferencia de las bestias que habitan en la oscuridad.
—No —dijo Mateo, levantándose con dificultad, apoyándose en la roca—. El trato era llevarte a la cabaña del claro. Y eso es lo que voy a hacer. Si llego vivo, bien. Si no, nos quedaremos aquí los dos para siempre.
La sonrisa de la mujer se transformó en una mueca de furia demoníaca.
—¡Miserable mortal de barro! —rugió, intentando abalanzarse sobre él, pero las cadenas de plata se tensaron desde el fondo del carro, emitiendo un destello azulado que la hizo retroceder con un grito de dolor—. ¡Te pudrirás en esta montaña! ¡Nadie vendrá a buscarte! ¡Nadie sabe dónde estás!
Mateo no respondió. Se dio la vuelta, dándole la espalda a sus insultos y a sus lamentos. Salió de la cueva a trompicones, respirando el aire puro y helado de la mañana que comenzaba a despuntar sobre las cumbres de los Picos de Europa.
El paisaje era desolador, pero hermoso. El sol, un disco pálido y frío, se asomaba entre dos picos lejanos, tiñendo la nieve de un color rosa viejo. El viento había cesado por completo. La paz de la montaña, esa paz engañosa y terrible, lo envolvía todo.
Parte VI: El descenso y la redención
Mateo sabía que el camino de vuelta a pie, arrastrando lo que quedaba de la carreta o simplemente intentando sobrevivir por su cuenta, era una misión suicida. No tenía caballo, no tenía provisiones y sus manos estaban destrozadas. Pero la terquedad es un motor potente.
Echó un vistazo al barranco donde Tizón había caído la noche anterior. Allá abajo, apenas un punto negro entre la inmensidad blanca, descansaba el fiel animal. Sintió una punzada de dolor en el pecho. Los animales no eligen los caminos de los hombres; sufren nuestras malas decisiones por pura lealtad. Prometió para sus adentros que, si salía vivo de esta, nunca más volvería a poner a un ser vivo en peligro por su codicia.
Regresó al interior de la cueva. La mujer seguía maldiciendo en un idioma antiguo, un lenguaje de consonantes duras que hacía que las piedras vibraran con un eco molesto. Mateo la ignoró olímpicamente. Agarró las maderas frontales del carro que aún quedaban unidas al chasis y, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban en los músculos, empezó a tirar.
Fue un calvario. Cada metro avanzado por la nieve virgen costaba un mundo. El carromato rota, sin una rueda y con el eje destrozado, se clavaba en el manto blanco como un arado en tierra seca. Mateo caminaba de espaldas, tirando con los hombros, sintiendo cómo el cuero de las correas se le clavaba en la carne a través de la ropa.
Pasaron las horas. El sol subió hasta lo alto del cielo gris, aportando una luz cegadora que rebotaba en la nieve y hería los ojos. Mateo avanzaba como un autómata. Un paso. Otro paso. Caída. Levantarse. Volver a tirar.
Detrás, los insultos de la mujer se convirtieron gradualmente en súplicas, y las súplicas en un silencio ominoso. Sabía que ella estaba perdiendo fuerzas; el aire del día y la luz del sol, aunque tenue, parecían debilitar su poder. Las cadenas de plata mantenían su brillo constante, actuando como un candado místico que consumía su energía vital.
A media tarde, cuando las piernas ya no le obedecían y la vista se le nublaba por la fatiga y el reflejo de la nieve, Mateo divisó algo en el fondo del valle. Una columna de humo fino y azulado se elevaba entre los árboles del claro del oso. El destino estaba cerca.
Llegó a las puertas de la cabaña justo cuando el sol se ocultaba detrás de las peñas occidentales. La edificación era de piedra gruesa, vieja, con un tejado de pizarra medio derruido por el tiempo. No había ventanas, solo una puerta pesada de roble con herrajes de hierro negro.
Mateo soltó las correas y cayó de bruces sobre la nieve, exhausto, con el corazón latiéndole en la garganta. La puerta de la cabaña se abrió lentamente con un quejido agudo.
De su interior salieron tres hombres. El del medio era el tipo de la cicatriz en el labio. Los otros dos eran tipos corpulentos, armados con escopetas de caza y vistiendo capotes largos de lana oscura. Miraron a Mateo con una mezcla de sorpresa y desdén.
—Vaya, vaya —dijo el de la cicatriz, dándole una patada suave al cuerpo postrado de Mateo—. Mira quién ha vuelto de entre los muertos. Pensábamos que los lobos ya habrían dado buena cuenta de ti en el paso.
Mateo levantó la cabeza, escupiendo un hilo de saliva con sangre.
—Aquí está… —consiguió articular, señalando con el dedo tembloroso hacia la carreta destrozada—. He cumplido mi parte. Dadme mi dinero.
El tipo de la cicatriz soltó una carcajada limpia, intercambiando una mirada de complicidad con sus secuaces. Uno de ellos se acercó a la parte trasera del carromato y examinó la brecha en la madera y el estado de las cadenas de plata. Se volvió hacia su jefe y asintió con la cabeza, con el rostro serio.
—Está intacta —dijo el secuaz—. La plata aguantó el tipo.
El jefe volvió a mirar a Mateo. Sacó la bolsa de lona del interior de su capote, la sopesó en la mano y la arrojó sobre la nieve, a unos centímetros del rostro del transportista. El sonido del metal al chocar contra el suelo helado fue el mismo que Mateo había escuchado en la taberna de Potes.
—Ahí tienes tu jornal, asturiano —dijo el de la cicatriz, con una sonrisa fría que no auguraba nada bueno—. Has sido un buen perro. Lástima que los buenos perros no vivan mucho tiempo cuando aprenden trucos que no les corresponden.
Mateo vio cómo el segundo secuaz levantaba el cañón de la escopeta, apuntándole directamente a la cabeza.
Yo lo sabía. Te lo dije antes: esta gente no deja cabos sueltos. Entregar un paquete de este calibre y pretender irte a casa a gastarte el dinero como si nada es de una inocencia tremenda. En ese instante, Mateo supo que su vida valía menos que un soplo de viento en la cumbre. Pero la experiencia en la cueva le había enseñado algo: nunca des por muerto a un hombre que ha sobrevivido a la tormenta.
Parte VII: El precio de la verdad
Antes de que el gatillo de la escopeta pudiera ser accionado, un ruido ensordecedor provino del interior de la carreta. La mujer de los ojos amarillos usó el último aliento de energía que le quedaba para propulsar su cuerpo hacia delante. Las maderas podridas del frontal cedieron por completo, estallando en una lluvia de astillas que golpeó a los hombres del claro.
El impacto desvió la atención del ejecutor. El disparo de la escopeta se desvió, impactando en la roca de la cabaña y levantando una nube de polvo calcáreo.
Aprovechando el desconcierto, Mateo rodó sobre la nieve, agarró la bolsa de lona con el dinero y, con una agilidad que ni él mismo sabía que poseía tras el cansancio del viaje, se deslizó por la ladera empinada que caía hacia el bosque de pinos inferior.
Detrás de él, escuchó los gritos de los hombres y los alaridos de la criatura. El de la cicatriz chillaba órdenes desesperadas: “¡No deis fuego! ¡Asegurad las cadenas! ¡Si se suelta por completo, estamos muertos!”. Luego, el sonido de más disparos y el rugido de algo que ya no pertenecía a este mundo llenó el aire de la tarde.
Mateo no miró atrás. Corrió entre los pinos, tropezando con las raíces ocultas, dejándose la piel de las manos en las cortezas de los árboles para no caer por los terraplenes. El eco de la batalla en la cabaña fue disminuyendo a medida que se internaba en la espesura del bosque, hasta que volvió el silencio de la noche montañesa.
Caminó durante horas en la oscuridad, guiándose por el instinto y por el curso de un pequeño riachuelo que sabía que desembocaba en las zonas bajas de la Hermida. La bolsa de lona pesaba en su mano, pero ya no sentía la alegría de la riqueza. Sentía el peso de la culpa. Aquellas monedas estaban manchadas de sangre, de terror y de pactos con entidades que ningún hombre debería conocer.
Cuando las primeras luces del día siguiente iluminaron las calles de piedra de un pequeño pueblo del valle, Mateo llegó a la iglesia parroquial. Estaba vacía, fría, con el olor rancio de la cera quemada y el incienso viejo.
Se acercó al altar mayor, dejó la bolsa de lona sobre los escalones de piedra y se sentó en el primer banco de madera. Las manos le temblaban tanto que apenas pudo juntarlas para intentar rezar una oración que había olvidado hacía años.
No sintió paz. La paz no existe para los hombres que han mirado al abismo y han visto lo que hay al otro lado. Sabía que, aunque había sobrevivido a la ventisca y a los hombres del claro, su vida ya nunca volvería a ser la misma. Cada vez que el viento soplara con fuerza en los tejados de su casa, cada vez que la nieve cubriera los senderos de los Picos de Europa, escucharía la voz doble de la mujer de los ojos amarillos recordándole su nombre y sus secretos.
Parte VIII: El eco de los años (Epílogo)
Treinta años después, un anciano Mateo se sienta junto a la lumbre de una pequeña taberna en Arenas de Cabrales. Sus manos, deformadas por la artrosis y cubiertas de cicatrices blanquecinas que el tiempo no ha podido borrar, sostienen un vaso de vino recio. La gente del pueblo le conoce como “El mudo de la nieve”, porque casi nunca habla, y cuando lo hace, sus palabras son tan cortas y afiladas como trozos de hielo.
Los jóvenes del lugar se ríen a veces a sus espaldas. Hablan de sus excentricidades: de cómo sella cada ventana de su casa con doble masilla antes de que empiece el invierno, de cómo se niega en redondo a tocar cualquier objeto de plata fina y de cómo mira al cielo con un pánico reverencial cada vez que las nubes grises taponan las cumbres del Urriellu.
Sinceramente, yo le miro desde la barra y no puedo evitar sentir un respeto tremendo. Los que no han salido del pueblo no entienden nada. Creen que el mundo se reduce a lo que ven sus ojos durante el día. No saben que la montaña tiene memoria, y que los pactos que se hacen en el hielo tarde o temprano vienen a cobrarse la factura.
Ayer mismo, un grupo de montañeros madrileños llegó a la taberna hablando de un descubrimiento extraño en una cavidad rocosa de las zonas altas. Decían que habían encontrado los restos de un carromato antiguo, carcomido por el tiempo, junto con unos huesos humanos que presentaban signos de haber sido triturados por una fuerza descomunal. Entre los restos, decían, brillaba un trozo de cadena de un metal blanco que no se había oxidado lo más mínimo a pesar de las décadas transcurridas.
Mateo escuchó la conversación desde su rincón oscuro. No dijo nada. Simplemente dejó el vaso de vino sobre la mesa, se levantó con paso cansado y salió a la calle, donde los primeros copos de una nueva tormenta empezaban a caer con suavidad sobre el suelo de piedra.
Se subió el cuello del abrigo de piel de cordero y miró hacia las cumbres, perdiéndose en la inmensidad blanca de la noche que se avecinaba. Sabía que el tiempo de esconderse estaba llegando a su fin. La montaña siempre recupera lo que es suyo, y el invierno, tarde o temprano, vuelve a llamar a la puerta de los que intentaron burlarlo.