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Arrastró una carreta destrozada a una cavidad rocosa y selló cada rendija — La ventisca pasó de…

Parte II: La trampa de hielo

El problema de la montaña es que no te avisa con tiempo. Te da diez minutos. Si en esos diez minutos no encuentras refugio, estás jodido. La nieve empezó a caer en copos gordos, pesados, de esos que se te pegan a las pestañas y te impiden ver a más de dos metros de distancia. En menos de una hora, el sendero ya no existía. Era todo un lienzo blanco, uniforme, trampa tras trampa oculta bajo una capa engañosa.

Fue en una curva cerrada, donde el camino se estrechaba al borde de un barranco de quinientos metros, donde todo se fue al garete.

Tizón resbaló. El animal soltó un relincho de puro terror, un sonido agudo que se clavó en los oídos de Mateo como un puñal. La carreta, pesada y mal equilibrada por la fuerza de los bandazos que daba lo que iba dentro, tiró del caballo hacia el abismo. Mateo reaccionó por puro instinto de supervivencia: sacó el cuchillo de monte que llevaba al cinto y, de un tajo certero, cortó los tirantes de cuero del arnés.

El caballo cayó. Mateo cerró los ojos, pero el eco del cuerpo del animal golpeando contra las rocas del fondo del desfiladero resonó durante unos segundos que parecieron una eternidad. Se quedó solo. Solo con una tormenta que arreciaba y una carreta de dos toneladas rota en mitad de ninguna parte.

Ahí es donde se demuestra de qué está hecho un hombre. La mayoría se habría sentado a llorar, esperando que el frío hiciera su trabajo y los durmiera para siempre. Pero Mateo tenía una testarudez asturiana de las antiguas, de esas que no doblan la rodilla fácilmente. Agarró las maderas del frontal de la carreta y, tirando con la fuerza que solo te da el miedo a la muerte, comenzó a arrastrarla hacia la pared de la montaña.

Buscaba una hendidura, una cueva, lo que fuera. La suerte —o la maldición— quiso que encontrara esa cavidad rocosa. Una boca oscura, no muy profunda, pero lo suficientemente ancha como para meter la mitad del carromato y protegerse del viento huracanado.

Y ahí volvemos al principio. Mateo encajó la carreta a presión. Rompió el eje del todo para que bajara el nivel y tapara más hueco. Luego, como un loco, empezó a tapar las rendijas.

—Ayúdame… —dijo una voz desde el interior de la madera.

La voz no era humana. O al menos, no tenía la cadencia de una voz de mujer normal. Era doble. Como si dos personas dijeran la misma palabra al mismo tiempo, una en un tono agudo y otra en un susurro grave, rascando el fondo de la garganta.

Mateo se quedó petrificado, con una piedra de pizarra de cinco kilos entre las manos.

—Te he dicho que te calles —respondió él, intentando mantener la firmeza, aunque los dientes le castañeteaban con tanta fuerza que temía que se le rompieran.

—Tengo frío, Mateo. Mucho frío. Si me dejas salir, te calentaré. Te daré el calor que tu madre no pudo darte cuando te dejó abandonado en el hospicio de Llanes.

A Mateo se le cayó la piedra sobre los pies, pero ni siquiera sintió el dolor. ¿Cómo coño sabía aquella cosa lo de su madre? Era un secreto que él jamás había contado a nadie en Potes. Ni a los curas, ni a sus pocos amigos, ni a las mujeres con las que había compartido cama. Nadie lo sabía. Era una vergüenza que llevaba enterrada en lo más profundo de sus entrañas desde que tenía seis años.

El viento afuera dio un tremendo zarpazo contra la roca. Una ráfaga brutal que hizo saltar algunas de las piedras más pequeñas que Mateo acababa de colocar. El frío se coló como un cuchillo de carnicero.

Sinceramente, en una situación así, cualquiera habría perdido la cabeza. Estás atrapado a mil quinientos metros de altura, tu caballo ha muerto, estás a punto de congelarte y lo que llevas encerrado en el carro sabe tus secretos más oscuros. Yo creo que el miedo tiene un límite: cuando lo superas, te vuelves extrañamente frío. Te transformas en una máquina de sobrevivir. Eso fue lo que le pasó a Mateo. Ignoró la voz. Volvió a coger la piedra, la encajó con furia en el hueco y usó barro helado para sellar la última rendija que quedaba abierta al exterior.

La cueva se quedó en un silencio sepulcral. Un silencio espeso, denso, donde solo se escuchaba la respiración agitada del hombre y el latido desbocado de su propio corazón. El viento seguía rugiendo afuera, pero ahora sonaba lejano, como el lamento de un mar embravecido detrás de un muro de hormigón.

Parte III: El juicio de la noche

Con la cueva sellada, la temperatura empezó a estabilizarse mínimamente, aunque seguía haciendo un frío del demonio. Mateo encendió un pequeño cabo de vela que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. La luz temblorosa dibujó sombras grotescas en las paredes de roca caliza.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la madera de la carreta. Sentía el calor de su propio cuerpo retenido por el abrigo de piel de cordero, pero por dentro era un bloque de hielo. No podía dejar de mirar la puerta trasera de la carga. La trampilla estaba asegurada con un candado de hierro enorme y tres vueltas de esa cadena de plata que brillaba de una forma extraña bajo la luz tenue de la vela.

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