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Antes de morir, PEDRO VARGAS Reveló la mujer que JOSE ALFREDO JIMÉNEZ le quitó a MIGUEL ACEVES MEJÍA

comenzó a soltar en conversaciones privadas, en tertulias con amigos de toda la vida, en momentos de esa lucidez particular que tienen los hombres muy viejos que ya no le temen a nada porque ya lo perdieron todo o casi todo. Fragmentos de una historia que durante décadas había guardado con una disciplina que costaba trabajo mantener, cuando el peso de los años hace que las razones para el silencio se vayan disolviendo una por una.

La historia que Pedro Vargas guardó durante 50 años y que comenzó a dejar escapar antes de morir en 1989 es la historia de una mujer. Una mujer extraordinaria con un talento que los tres hombres reconocieron desde el momento en que la escucharon cantar por primera vez. Una mujer que amaba a Miguel Acéz Mejía con la intensidad de los amores que definen una vida.

Y una mujer que José Alfredo Jiménez, con esa capacidad suya de querer todo y de ir a buscarlo sin importar el costo, decidió que iba a ser suya, aunque para hacerlo tuviera que atravesar la amistad de un hombre que lo había tratado como a un hermano menor, cuando el rey de la música ranchera todavía no era rey de nada.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian completamente la historia de los tres hombres más grandes de la música mexicana del siglo XX. Cuatro revelaciones que Pedro Vargas dejó documentadas en conversaciones, en testimonios y en declaraciones que sus contemporáneos guardaron y que ahora, décadas después de que todos los protagonistas se han ido, están saliendo a la luz con la fuerza de las verdades que esperan demasiado tiempo para ser contadas.

La primera revelación, ¿quién era exactamente la mujer? No solo su nombre, que algunos ya conocen de manera vaga, sino quién era en realidad, qué representaba en la vida de Miguel Acéz Mejía, por qué su pérdida marcó al rey del falsete de una manera que nunca fue completamente visible desde afuera, pero que sus cercanos reconocían en cada interpretación que hacía de ciertas canciones específicas, canciones que cantaba con un dolor que era demasiado real para ser accionado.

Y lo más importante, ¿qué fue lo que Pedro Vargas descubrió sobre cómo José Alfredo se acercó a ella, sobre las estrategias que usé, sobre los momentos que aprovechó y sobre las mentiras que dijo para ganar un terreno que no le correspondía? La segunda revelación, la confrontación que tuvo lugar entre José Alfredo Jiménez y Miguel Acéz Mejía.

Una confrontación que no fue pública, que no fue documentada por ningún periodista, que la industria musical de los años 50 y 60 decidió que no existía porque la narrativa oficial de la gran familia del mariachi no tenía espacio para las confrontaciones reales entre sus figuras más grandes. Pero, ¿qué ocurrió? que tuvo palabras que Pedro Vargas escuchó con sus propios oídos, palabras que llevó consigo durante décadas como quien lleva una piedra que pesa más con los años en lugar de menos y que dejó una herida en Miguel Acéz Mejía que nunca cicatrizó

completamente, que se puede rastrear en entrevistas y en actitudes y en ausencias que antes resultaban incomprensibles y que ahora con esta información tienen una explicación perfectamente coherente. La tercera revelación, el papel real de Pedro Vargas en todo esto, porque Pedro no fue solo el testigo pasivo que lo vio todo desde las graduadas.

Pedro fue, en cierto momento crucial de la historia, el hombre en quien ambos confiaron al mismo tiempo, el hombre al que los dos acudieron en busca de consejo o de complicidad o de simple escucha sin juicio, sin saber que el otro también le había confiado su versión. Pedro quedó atrapado en el centro de una historia que él no había creado y que no podía resolver.

cargando simultáneamente con los secretos de los dos hombres, sabiendo cosas que ninguno de los dos sabía que él sabía, y teniendo que decidir en tiempo real cómo manejar ese conocimiento sin destruir a nadie y sin destruirse a sí mismo. Y la cuarta revelación, lo que Pedro Vargas dijo en sus últimas conversaciones conocidas antes de morir en octubre de 1989 sobre el verdadero legado de todo lo que había pasado, lo que dijo sobre Miguel Acéz Mejía y sobre si alguna vez lo perdonó, lo que dijo sobre José Alfredo y sobre si el remordimiento fue real, o

si fue solo la melancolía conveniente de un hombre que sabe que el tiempo le da razón a todo. y lo que dijo sobre ella, sobre la mujer que estuvo en el centro de todo, sobre lo que le pasó después y sobre si su historia tuvo algo que pueda llamarse justicia o algo que pueda llamarse paz.

Te voy a ir avisando exactamente cuando lleguemos a cada una de estas revelaciones, pero si decides salirte antes del final, vas a perderte la parte donde se explica por qué Miguel Acéz Mejía, el hombre de la voz más reconocible de la música ranchera mexicana, el rey del falsete que llenó escenarios en toda América Latina y en España y en Estados Unidos durante cinco décadas, nunca grabó ni una sola canción de José Alfredo Jiménez en los años inmediatamente posteriores a lo que pasó, cuando todos los grandes del mariachi estaban grabando a José Alfredo

porque sus canciones eran las mejores que existían y negarse a grabarlas era un suicidio comercial. Miguel Acébes Mejía se negó durante años y la razón oficial que circulaba en la industria era que tenían estilos diferentes, que el repertorio de Acebes Mejía era distinto, que era una decisión artística, pero las personas que sabían la historia real conocían la verdad y esa verdad era mucho más simple y mucho más humana y mucho más dolorosa que cualquier diferencia artística.

Antes de llegar a las revelaciones, necesitas entender quiénes eran estos tres hombres cuando el mundo todavía no los conocía. Porque esta no es la historia de tres ídolos con sus egos de famosos chocando por una mujer. Es la historia de tres hombres que se formaron en la misma época, que respiraron el mismo aire de la música mexicana de la primera mitad del siglo XX, que se miraron con los ojos de quienes se reconocen, que construyeron amistades reales antes de que la fama los convirtiera en personajes más grandes que ellos mismos.

Y es la historia de lo que la fama le hace a esas amistades cuando uno de los hombres decide que lo que quiere pesa más que lo que prometió. Pedro Vargas nació el 29 de marzo de 1906 en San Cristóbal Catepec, Estado de México, en esa zona que hoy es parte del área metropolitana de la capital, pero que entonces era provincia pura, pueblo con sus ritmos y sus costumbres y sus formas de entender el mundo, que se transmitían de generación en generación sin que la modernidad los tocara todavía demasiado.

les detuvo una voz que los adultos a su alrededor describían con esa mezcla de asombro y de orgullo que tienen los pueblos pequeños cuando descubren que uno de los suyos tiene algo que va más allá de lo ordinario. Una voz de tenor lírico que no encajaba con los moldes de la música popular mexicana de su época, pero que tenía una calidad y una proyección que hacían que la gente se detuviera a escuchar.

Llegó a la ciudad de México en los años 20 con esa voz y con la ambición tranquila de los hombres, que saben lo que valen y que no necesitan gritarlo. Se formó en la tradición del bolero y del bals mexicano. Géneros que en esa época eran la alta cultura popular, la música que se escuchaba en los salones de la clase media y en los programas de radio que estaban construyendo la identidad sonora de un país que todavía estaba procesando lo que significaba ser moderno y mexicano al mismo tiempo.

Su carrera fue creciendo con esa solidez que tienen las cosas que se construyen sobre bases reales. No el éxito se arrepintió del escándalo ni el fenómeno pasajero del cantante de moda. Pedro Vargas fue construyendo su nombre canción por canción, presentación por presentación, año por año, hasta convertirse en lo que la historia recuerda, el tenor de América, el hombre cuya voz representaba una cierta idea de México que el mundo entero reconocía y admiraba.

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