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ADELA MICHA: Eligió al PODER y las Mujeres de México Pagaron el Precio

Segundo, los mensajes de WhatsApp donde 8 años después ya fuera de Televisa, le rogó dinero al presidente nacional del PRI durante la pandemia. Las palabras exactas, ¿cómo le llamaba en privado? y la fecha exacta en que él dejó de contestarle. Tercero, el nombre del colaborador que la propia Adela despidió por atreverse a criticar a Peña Nieto en el peor momento de su gobierno.

Y cuarto, ¿quién pagó realmente el precio de toda esa trayectoria? Porque en agosto de 2025, una madre argentina que cría sola a una bebé  es solo el último nombre de una lista que arranca en 1980 y nunca se cerró. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que todo esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer.

Porque esta historia no empieza con un cheque del Valle de Chalco en 2012. Empieza mucho antes. Empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión, en tu sala, cuando regresabas del trabajo y prendías el aparato para acompañarte mientras hacías la cena. Hay una frase que va a regresar en este video varias veces.

 Quiero que la guardes, que la dejes anclada en algún lugar de tu cabeza, porque la vas a necesitar para entender el final. La frase es esta. El acceso al poder cuesta y lo paga siempre alguien. Adela Michazaga nació en la ciudad de México el 25 de mayo de 1963. Hija de una familia con una madre, según ella misma ha contado en entrevistas.

Lectora voraz, mujer adelantada a su tiempo. Una niña que, según su propio relato a El Universal en enero de 2025 no tuvo muñecas. que crecía mirando hacia afuera, que entró a estudiar ciencias de la información en la Universidad del Nuevo Mundo, una institución que años después la Secretaría de Educación Pública terminaría cerrando.

Hasta ahí una historia común, una más entre miles de jóvenes que querían dedicarse a los medios en el México de finales de los 70. El giro llegó en 1980. Adela tenía 17 años. Hacía su servicio social en Televisa y un día caminando por los pasillos de la empresa se encontró de frente con el hombre más poderoso del periodismo televisivo mexicano.

Jacobo Sabludowski, el titular del noticiero 24 horas, la voz oficial del país durante décadas. El periodista, cuya frase de cierre y para muchos mexicanos, hasta aquí las noticias,  se metió en la cabeza de generaciones enteras. Sabludowski la miró, le preguntó quién era, le preguntó si quería participar en un noticiero juvenil.

Dos días después, Adela Micha estaba haciendo casting y poco después estaba al aire. Si tú tienes más de 60 años hoy, quiero que te detengas un segundo en ese 1980. Acuérdate, era un México donde había dos canales que importaban, los dos de Televisa, donde una sola empresa decidía qué era noticia y qué no, donde el noticiero 24 horas era literalmente el único noticiero que veía la mayoría del país y donde Jacobo Sabludowski tenía línea directa con los pinos.

Ese era el mundo, ese era el escenario y ese fue el primer salón donde Adela Micha aprendió cómo se hacía periodismo en México. No era periodismo como lo entendía Walter Kronkite en Estados Unidos, donde el periodista enfrentaba al presidente, lo interrumpía, lo contradecía. Aquí era distinto.

 Aquí el periodismo televisivo se hacía con una lealtad implícita al poder. Se hacía a cambio de algo, pauta publicitaria, concesiones, acceso, cenas, información que les daban antes que a nadie. Y a cambio los periodistas estrella protegían al sistema que los hacía estrellas. Recuerda esa palabra, acceso. La vas a necesitar varias veces hoy.

Durante los primeros años, Adela aprendió las reglas. Conducía, producía, reporteaba, estuvo en Eco México junto al propio Sabludowski. Cubrió giras presidenciales, cubrió desastres, cubrió ceremonias. Cuando había un sismo, ahí estaba. Cuando había un cambio de gabinete, ahí estaba.

 Cuando había una entrevista con un mandatario, ahí estaba. Para 1999 ya había ganado el Premio Nacional de Periodismo Rosario Castellanos por su programa Cuidado mujeres trabajando. Para 2001 le habían entregado el laurel de oro. Estaba en el panel de tercer grado junto a Joaquín López Dóriga, Carlos Loret de Mola, Denise Merker, Ciro Gómez Leiva y Carlos Marín.

 Los seis periodistas más vistos del país sentados alrededor de una mesa para opinar sobre lo que pasaba en México. Y entre tanto fue casándose. Su primer matrimonio fue con Enrique Novi. Después se casó con Sergio Gotlip, productor de televisión. Con él tuvo dos hijos, Carlos y Terese. Carlos Gotlip Micha, su hijo, terminaría siendo aviador trabajando para la Secretaría de Gobernación.

 Un dato que años más tarde aparecería en columnas de investigación cuando hablaran de los contratos millonarios que algunos prestadores de servicios recibían de gobiernos del PRI. Pero todo eso en el momento parecía una vida normal de una mujer exitosa. Lo era. Era una vida exitosa y era el resultado natural de haber aprendido las reglas del juego desde los 17 años.

Y acá entra el primer nombre que quiero que guardes en tu memoria durante todo este video. Su nombre es Mauricio Castillo. Quizá nunca has oído hablar de él. Es un comunicador mexicano, productor, profesor universitario. Trabajó años en medios. En el 2017 entró a colaborar con Adela Micha en su nueva plataforma, La Saga.

Una vez que ella había salido de Televisa. Su trabajo era hacer videocolumnas de opinión. Le pagaban por opinar justamente. Castillo todavía no aparece en escena en este punto de la historia. Pero quiero que te quedes con su nombre, Mauricio Castillo, porque más adelante en este video va a entrar a contar algo que el público nunca terminó de digerir, algo que cuando él lo dijo en cámara años después dejó al descubierto cómo funcionaba en realidad la empresa de Adela Micha y porque su historia comparada con la de

la conferencia del Valle de Chalco  te va a enseñar dos cosas. La primera, que en este país hay periodistas a los que el sistema les paga 350,000 pesos por una hora. La segunda, que hay periodistas a los que ese mismo sistema, por una sola opinión incómoda sobre el presidente los deja sin trabajo y los dos pueden estar trabajando bajo el mismo techo.

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