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8 SEGUNDOS que NADIE ESPERABA — ABELARDO y la FRASE sobre MIGUEL URIBE que SACUDIÓ la CAMPAÑA

Colombia tiene una historia larga y dolorosa con esa lógica. Una historia escrita con la sangre de hombres y mujeres que se pararon frente al poder cuando el poder esperaba que se agacharan, que hablaron cuando el poder esperaba que se callaran, que siguieron caminando cuando el poder había decidido que ya era suficiente.

 Algunos de esos hombres y mujeres están en los libros de historia, otros están en la memoria de las familias que todavía los lloran. Muchos nunca tuvieron el reconocimiento que merecían, porque los que los eliminaron también se encargaron de eliminar su recuerdo, de borrar su nombre de los titulares, de reemplazar su historia con la versión que le convenía a quienes los habían silenciado.

 Esta historia es sobre dos de esos hombres. Uno ya no está. El otro todavía camina, todavía habla, todavía incomoda y en 87 días va a pedirle a Colombia que lo envíe a la casa de Nariño. El 7 de junio de 2025 era un sábado como cualquier otro en Bogotá, el tipo de tarde en que los parques se llenan de familias, de niños jugando, de personas mayores sentadas a tomar el sol con esa tranquilidad que la gente busca cuando la semana ha sido larga y el cuerpo pide descanso.

 En el parque del Golfito, en el occidente de la ciudad, había ese día una actividad preelectoral, un evento de campaña donde un senador joven, un hombre que llevaba años hablando en el Congreso con una valentía que pocos políticos colombianos tienen, se había reunido con sus seguidores para seguir construyendo el camino hacia la presidencia, que todo indicaba que iba a ser suya.

 Ese senador se llamaba Miguel Uribe Turbay, tenía 39 años. Era hijo de Miguel Uribe Londoño, un empresario boyacense y nieto de Julio César Turbayayala. Es presidente de Colombia entre 1978 y 1982. Es decir, llevaba el peso de un apellido político importante en un país donde los apellidos pesan, pero llevaba también algo más difícil de heredar y más difícil de fabricar.

 La convicción de quien no necesita el apellido para tener razones propias, la claridad de quien ha mirado a los ojos de los que hacen daño en este país y ha decidido que la cobardía no es una opción. En el Congreso, Miguel Uribe Turbay era el tipo de senador que los grupos criminales aprenden a identificar con rapidez, no porque sea ruidoso, sino porque es efectivo, no porque grite, sino porque los datos que presenta son exactos.

 Los nombres que menciona son verificables y las denuncias que hace tienen la solidez de quien ha hecho la tarea antes de pararse a hablar. Denunciaba el narcotráfico, denunciaba las conexiones entre los grupos armados y el poder político, denunciaba las rutas del dinero ilegal que atraviesa las instituciones colombianas con la naturalidad de quien lleva demasiado tiempo haciéndolo sin consecuencias.

denunciaba con nombre y apellido, con cifras, con documentos, con la fría precisión de quien sabe que en Colombia las denuncias vagas se disuelven en el aire, pero las denuncias concretas dejan huella y eso, esa precisión, esa consecuencia, esa disposición de no callarse, aunque callarse hubiera sido mucho más seguro, lo estaba convirtiendo en algo que en Colombia es al mismo tiempo un honor y una sentencia de muerte, en un hombre que los malos no podían ignorar.

 Su padre lo describió con palabras que cualquier colombiano que haya visto trabajar a su hijo con orgullo entiende de inmediato. Que Miguel estaba incomodando mucho a los malos, que les hablaba donde les tenía que llegar, que no había forma de refutarle lo que decía y que todo pintaba, todo indicaba, que ese joven iba volando de primero hacia la casa de Nariño.

 Ese día, en el parque del Golfito, un adolescente de 15 años sacó un arma y le disparó. El disparo lo alcanzó. Miguel Uribe Turbá y cayó. Lo llevaron al hospital. Colombia contuvo la respiración durante dos meses, esperando, rezando, siguiendo los partes médicos con la angustia de quién sabe que lo que está en juego no es solo la vida de un hombre, sino algo más grande, algo que ese hombre representaba y que con él podría desaparecer.

 El 11 de agosto de 2025, Miguel Uribe Turbay murió. Colombia lloró y mientras lloraba, mientras las flores se acumulaban en los lugares donde él había estado y mientras los colombianos de bien que lo habían escuchado hablar, procesaban el dolor de una pérdida que se sentía personal, aunque muchos nunca lo hubieran conocido en persona.

 Las preguntas empezaron a acumularse con la misma velocidad con que los investigadores empezaban a jalarlos. Hilos de una trama que resultó ser mucho más profunda y mucho más oscura de lo que nadie quería reconocer. ¿Quién mató a Miguel Uribe Turbay? Esa pregunta, la más simple y la más importante, la que el país entero se hizo desde el momento en que el adolescente apretó el gatillo, fue la que la Fiscalía General de la Nación empezó a responder con la paciencia metódica que los procesos de esta magnitud requieren, avanzando

captura por captura, imputación por imputación, hasta que el cuadro empezó a tener una forma reconocible. En agosto de 2025, la fiscalía imputó cargos a la séptima persona involucrada en el crimen, Harold Barragano Valle, un hombre de 25 años señalado de haber actuado como el jefe directo del sicario que disparó.

 El eslabón entre quién apretó el gatillo y quién dio la orden de hacerlo. En octubre de 2025, la fiscala general Luz Adriana Camargo hizo un anuncio que Colombia necesitaba escuchar, que la segunda marquetalia, la disidencia de las FARC, comandada por alias Iván Márquez, era la organización señalada como autora intelectual del magnicidio.

 La captura de Simeón Pérez Marroquín, alias el viejo. Fue el avance que permitió a la fiscalía reforzar esa hipótesis porque él era el articulador, el hombre que conectaba al grupo de sicarios en Bogotá con quienes en el Caquetá habrían ordenado el crimen. Pero hay algo que la investigación todavía no ha podido responder con certeza.

 Algo que el padre de Miguel señaló en la entrevista de Crisis y Poder, con esa mezcla de dolor y determinación que tiene el padre que lleva meses buscando la verdad que el país le debe, quien usó a la segunda marquetalia, quien le dio a esa organización la instrucción de eliminar a ese hombre específico, quien tomó la decisión de que Miguel Uribe Turbay tenía que desaparecer y sobre todo quién puso el dinero para que esa decisión se ejecutara.

Y ahí, en esa última pregunta, en la pregunta del dinero, es donde la historia adquiere la dimensión que los grandes medios han tratado con pinzas, donde la tragedia personal de una familia que perdió a su hijo se convierte en una historia política que Colombia necesita entender antes de decidir su futuro. Porque el padre de Miguel, ese hombre que durante meses ha acompañado la investigación con la determinación de quién sabe que la justicia en Colombia es posible, aunque sea lenta, dijo en cámara lo que había llegado a saber, que

la plata que pagó el aparato que ejecutó el asesinato de su hijo vino de Venezuela, que fue usada a través de la segunda Marquet Italia y que aunque todavía no sabe con certeza quién tomó la decisión desde ese lado, la ruta del dinero apunta hacia ese territorio y hacia ese gobierno, Venezuela.

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