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–71°C: Una abuela de 91 años frente a los lobos para salvar a su caballo

Muchos dirán, desde la comodidad de sus sofás con calefacción central, que fue una estupidez. Que arriesgar la vida humana por un animal, especialmente a esa edad, es una negligencia absoluta, un acto de locura senil. ¿Un caballo viejo por la vida de una abuela? Absurdo. Pero, ¿sabéis qué? No estoy en absoluto de acuerdo con esa visión aséptica y calculadora del mundo. Quien dice eso no entiende lo que es la soledad de la tundra. No entiende que, en un lugar donde la oscuridad dura seis meses y el frío te astilla los huesos, ese caballo no era una mascota. Era su familia. Era el último vínculo vivo que le quedaba con su marido, Grigori, quien lo había criado desde potro antes de que el invierno se lo llevara hace una década. Para Valentina, perder a Boreal era perder a Grigori por segunda vez. Y nadie, absolutamente nadie, deja que le arrebaten el corazón dos veces sin pelear.

Yo mismo he vivido inviernos crueles aquí. Hace unos años, perdí a dos de mis perros pastores por culpa de una grieta en el hielo negro del río. Recuerdo la impotencia, el dolor punzante en el pecho mientras los veía desaparecer, incapaz de llegar a ellos porque el agua me habría matado en un minuto. Esa culpa te persigue. Te come por dentro. Por eso, al ver a Valentina aquella noche, supe que no estaba luchando solo contra lobos; estaba luchando contra la pérdida. Estaba diciendo: “Hoy no. A este no me lo quitáis”.

La batalla en el hielo

Volvamos a la nieve. A ese patio trasero convertido en un coliseo helado.

El líder de la manada retrocedió, sacudiendo la cabeza salvajemente para apagar las brasas que se le habían quedado pegadas al hocico. Sus aullidos de dolor desconcertaron al resto de los lobos. Ese fue el segundo exacto, el único resquicio de duda que Valentina necesitaba.

Avanzó. Una mujer de metro y medio, con osteoporosis y cataratas incipientes, interponiéndose entre cuatro asesinos de cien kilos y un caballo sangrante. Boreal resoplaba detrás de ella, temblando tan violentamente que la valla contra la que se apoyaba crujía.

—¡Atrás, demonios! —gritó Valentina. Su voz no temblaba. Yo estaba allí, la oí. Era una voz forjada en la época donde la gente sobrevivía a base de pan duro y voluntad.

Agitó la horca en un arco amplio. Las puntas de hierro silbaron cortando el aire denso. Uno de los lobos más jóvenes, impulsado por el hambre, intentó flanquearla por la derecha. Valentina ni siquiera lo miró de frente; simplemente giró el mango de la horca y le golpeó el costado con la madera pesada, haciéndolo trastabillar en la nieve profunda.

Pero los lobos aprenden rápido. No son monstruos de película; son tactas brillantes de la naturaleza. Se separaron. Formaron un semicírculo. Iban a atacar a la vez.

Fue en ese momento cuando el frío real, el asesino invisible de –71°C, empezó a reclamar su cuota. Vi a Valentina encogerse un poco. La antorcha titiló, consumiendo el queroseno más rápido de lo normal por el viento cortante. Sus rodillas fallaron por una fracción de segundo. El frío le estaba robando el calor central de los órganos. Es una sensación horrible; lo sé por experiencia. Primero sientes agujas en los dedos, luego un adormecimiento dulce, y finalmente, tu cerebro te engaña diciéndote que estás caliente, que deberías tumbarte a dormir. Si Valentina cerraba los ojos un segundo, estaba muerta.

Por fin, el terror dejó de paralizarme. Rompí el trance. Agarré mi rifle de doble cañón, metí dos cartuchos de posta lobera con las manos tan torpes que casi se me caen, y salí pateando la puerta de mi casa.

El golpe de frío al salir fue como chocar contra un muro de hormigón a cien por hora. Sentí que el líquido de mis ojos se volvía gelatina. Apenas podía respirar sin toser violentamente.

—¡Valentina! —grité, corriendo por la nieve que me llegaba a las rodillas.

Pero antes de que yo pudiera apuntar, los lobos saltaron.

Dos de ellos fueron hacia el caballo, los otros dos hacia la anciana. Valentina, en un acto de pura adrenalina pura, clavó la parte inferior de la horca en el hielo, apoyó su peso en ella, y levantó las puntas como una pica espartana justo cuando uno de los lobos se abalanzaba sobre ella. El animal se empaló en las púas oxidadas por su propio impulso. Un chillido espeluznante rasgó la noche. La fuerza del impacto derribó a Valentina, lanzándola contra el suelo congelado. La antorcha salió volando y se apagó en un siseo al caer en un ventisquero.

Oscuridad. Solo la pálida luz de la luna llena rebotando en la nieve manchada de sangre.

Disparé.

El estruendo del calibre 12 fue ensordecedor. No apunté a darle a ninguno, el riesgo de herir a Valentina o a Boreal en la oscuridad era demasiado alto. Disparé al aire, justo por encima de sus cabezas. El fogonazo y el trueno rompieron la moral de la manada. El líder, con la cara quemada, dio la orden de retirada con un gañido. Los lobos restantes, arrastrando a su compañero malherido, dieron media vuelta y desaparecieron en la línea de árboles negros del bosque.

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